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25N

¿Un crimen conduce a otro crimen? No está acreditado

Los estudios recientes contradicen la extendida idea de que se produce un efecto imitación cuando se difunde la noticia de un asesinato machista

Manifestación en Palma hoy por la eliminación de la violencia machista.
Manifestación en Palma hoy por la eliminación de la violencia machista. EFE

Desde que se implementó la Ley integral contra la violencia de género en 2004, el Estado contabiliza los feminicidios. Casi mil mujeres que no están. Publicar las cifras es una forma simbólica de asumir una responsabilidad: la de una sociedad en la que todavía se cometen de media al año 60 crímenes contra las mujeres. Pero también aportan contexto e información. Por ejemplo, aquellos periodos en los que hay una concentración de feminicidios.

Una de las explicaciones más recurrentes a los clusters o agrupaciones (en este caso, de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o exparejas) es la del efecto contagio. También conocido como efecto llamada o de imitación, esta hipótesis propone que tras la aparición de un asesinato machista en un medio de comunicación (especialmente en televisión) podría aumentar el riesgo de que haya otros a continuación. La agrupación más reciente se produjo el pasado septiembre, cuando cuatro mujeres fueron asesinadas en apenas nueve horas.

Miguel Lorente, médico forense y delegado del Gobierno para la Violencia de Género durante la legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, realizó uno de los informes que más polémica han suscitado hasta el momento. Tras elaborar un modelo estadístico con los feminicidios cometidos entre 2003 y 2010, Lorente concluyó que el riesgo de que un hombre mate a su pareja o ex pareja es un 67% más alto al día siguiente de un primer asesinato.

El estudio fue encargado por el Ministerio de Igualdad y generó un amplio debate, aunque a día de hoy ya no está colgado en la página web del ministerio y, por tanto, no se puede acceder a él. En estos ocho años desde su publicación (2010), las conclusiones estadísticas obtenidas se usan de cuando en cuando a la hora de abordar este asunto. Una de las fuentes más recientes que lo citó fue Ángeles Carmona, presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género. En noviembre del año pasado, Carmona aseveró que este efecto existía porque “tras el asesinato de una mujer, hay un 80% de posibilidades de que en las 24 horas siguientes se produzca otro”. Un porcentaje, el del 80%, que tampoco coincide con el 67% que arrojaba Miguel Lorente en su informe. Preguntada ahora por estas declaraciones, la presidenta del Observatorio asegura que hacían referencia al estudio de Miguel Lorente, “que no ha sido contrastado posteriormente”. Carmona reconoce que “no existe ningún estudio reciente que acredite el efecto contagio de las informaciones sobre asesinatos de violencia de género”.

Lorente, por su parte, defiende la precisión de sus datos, aunque él rechaza llamarlo “efecto contagio” y prefiere denominarlo “efecto paso a la acción”: “El agresor que está muy cerca de cometer el asesinato, al verlo en televisión podría sentirse reforzado y llevarlo a cabo. Aquellos que lo tienen muy meditado pasan a la acción rápidamente cuando ven que otro ya lo ha conseguido”.

Investigar la supuesta existencia de este efecto es una de las tareas recogidas en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Por ello, la delegada del Gobierno en esta materia, Pilar Llop, encargó este estudio a un grupo de investigadoras del Instituto Carlos III de Salud: “Esperamos que arroje luz sobre si hay algún factor que explique la concentración”, anunciaba Llop. Una de las científicas que elaborará el informe es Belén Sanz Barbero, epidemióloga y cuya línea principal de investigación es la prevención de la violencia de género. “Vamos a analizar los datos desde 2003 hasta 2017. Partimos de la hipótesis de que es posible que a raíz de un caso haya otros, pero eso no tiene por qué ser por efecto contagio, sino que puede haber determinadas variables que hacen que esas agrupaciones aparezcan”, apunta. Acaban de comenzar a recabar los datos y entregarán el informe en septiembre de 2019.

 Sanz Barbero también es una de las autoras del estudio que relaciona el aumento de la violencia contra la mujer en el ámbito de la pareja con las olas de calor (Heat wave and the risk of intimate partner violence; Science of the Total Environment, 2018). Las autoras analizaron los asesinatos machistas cometidos durante los meses de mayo a septiembre desde 2008 hasta 2016 en la Comunidad de Madrid. Concluyeron que “tres días después de que se produzca una ola de calor en Madrid, el riesgo de feminicidio aumenta un 40%”.

Sanz Barbero deja claro que “no es el calor lo que mata, quienes matan son los hombres”. Según la epidemióloga, esto sirve “para contextualizar, no para explicar”. Es decir, que en su opinión, es un factor que debe ser tenido en cuenta en ciertos protocolos: “Si el aumento de temperatura puede ser un estresor que incida en el aumento de violencia, y sabemos que las olas de calor se pueden predecir, a mí me parece que es una variable importante a la hora de poner en marcha ciertos recursos o a la hora de dar información a las mujeres. Es decir, si se predice que habrá ola de calor, a las mujeres que llamen al 016 durante esa ola de calor o los días previos habría que darles algún tipo de consejo o alertarlas. También se podría incluir esta variable en los protocolos de valoración policial de riesgo”.

Guido Corradi, psicólogo especializado en metodología y profesor de la Universidad Camilo José Cela, opina que “estudiar determinadas variables [como la del efecto contagio o la de las olas de calor] ayuda a conocer las dinámicas de la conducta” y, por tanto, “puede ayudar a cambiar problemáticas tan graves como la de la violencia de género al saber dónde radican las posibles debilidades y fortalezas del sistema”. “Pero hay que entender que la conducta humana es compleja y los procesos de normalización y contagio pueden operar a diferentes niveles e intensidades”, añade.

Por eso, Corradi, para este reportaje, ha elaborado un modelo estadístico para analizar la posible existencia de un efecto contagio. Para ello ha recabado las fechas exactas de los feminicidios producidos entre enero de 2017 y octubre de 2018, un periodo en el que la cobertura mediática de los asesinatos machistas es más exhausta que nunca porque se informa de todos y cada uno de ellos, no solo de los más cruentos. “He asumido que todos estos crímenes machistas aparecen en los medios prácticamente en seguida, y he analizado qué ocurre, en términos estadísticos, en los días posteriores a uno de estos asesinatos. La muestra es reducida, ya que cuantos más datos, mayor capacidad habrá de detectar un posible efecto. Aun así, de existir el efecto contagio, se reflejaría en los datos. Sin embargo, estos indican que la probabilidad de que haya un asesinato seguido de otro es casi la misma que cuando han pasado diez días o más”.

La conclusión del psicólogo especializado en metodología es similar a la obtenida en otros estudios realizados anteriormente.

Uno de ellos es el de Javier Fernández Teruelo, catedrático de Derecho Penal en la Universidad de Oviedo, que en 2011 publicaba un extenso informe sobre la evolución de los feminicidios. Teruelo quería comprobar si la distribución de estos crímenes sigue un patrón uniforme y si ciertos agresores “ejecutan o aceleran la ejecución de un feminicidio al tener conocimiento por los medios de comunicación de que otros, en una situación similar a la suya, lo han llevado a cabo”. Tras elaborar un modelo estadístico a partir de datos de entre enero de 2005 y abril de 2010, concluyó que sus resultados no avalaban en absoluto el efecto contagio. La única diferencia significativa que halló fue que 13 días después de un asesinato machista, la probabilidad de que se produjese otro aumentaba, algo que atribuía al azar, O, al menos, descartaba que se produjese por el efecto contagio porque este actuaría en los días siguientes a un feminicidio, no casi una quincena después.

El análisis más reciente es el realizado por Juan José López-Ossorio y José Luis González. Ambos son psicólogos especializados en metodología y en análisis de conducta criminal, y forman parte de un equipo del Ministerio del Interior que supervisa de manera pormenorizada cada feminicidio. Decidieron investigar el efecto contagio de dos formas: una, con un modelo estadístico; otra, entrevistando a los propios agresores.

“Primero aglutinamos los asesinatos producidos entre 2007 y 2017. Partíamos de la hipótesis de que el efecto contagio podía existir o no. Cualquier resultado era bueno en el sentido de que dábamos respuesta a algo. Para hacerlo pedimos apoyo a un equipo de matemáticos de la Universidad Complutense de Madrid y a dos informáticos de la Universidad Autónoma de Madrid. Asumimos que todos los feminicidios se publican en televisión, y analizamos si había una probabilidad mayor de que sucediesen dos o más crímenes antes de cinco días. Hicimos hasta tres modelos estadísticos diferentes y hay una cosa clara: sí hay acumulación de asesinatos a mujeres. Pero ninguno nos mostró que fuese por efecto contagio”, explica López-Ossorio.

Ambos psicólogos han entrevistado también a casi 150 agresores en la cárcel por cometer un feminicidio. De entre las muchas preguntas que les formularon, una de ellas era si justo antes de asesinar a su pareja o expareja recordaban haber visto algo similar en algún medio de comunicación. “Ni uno solo ha dicho que sí”. “Es cierto que es una prueba de memoria, no es infalible, pero también es cierto que las cosas que mejor se recuerdan son aquellas que tienen impacto emocional. Aun así, ninguno de ellos recuerda una noticia especialmente”, añade López-Ossorio.

En lo que están de acuerdo las diferentes fuentes consultadas es en que la manera de informar importa. Miguel Lorente defiende que puede ser un factor que “da ideas a ciertos agresores sobre qué arma usar para cometer un crimen o les pueden reforzar moralmente para hacerlo”.

Juan José López-Ossorio descartaría “el efecto imitación porque no es tan simple como pensar que alguien mataría a una mujer solo porque ha visto algo similar en la tele”. Pero considera que es muy relevante cómo se formula el relato: “Se normalizan aspectos como exculpar al agresor”. Por eso, dice Ángeles Carmona, “no se debe justificar o excusar a los maltratadores”: “No hay que incluir en las noticias motivos como el alcohol o las drogas, el mayor fundamento es el machismo”.

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