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Juan M. López de Letona, médico cabal

Fue un doctor a la antigua usanza, de grandes conocimientos y dedicación plena

Juán Martínez López de Letona falleció ejerciendo su profesión, el 12 de diciembre, cuando viajó a Ginebra para acompañar a un enfermo y sufrió un infarto que acabó con su vida a los 75 años. El doctor Letona (Madrid, 1937) era profesor, catedrático emérito de Medicina Interna en la Universidad Autónoma de Madrid, y antes en Cádiz y Salamanca. Un médico a la antigua usanza que, en vez de abandonar el diagnóstico al ordenador, supo combinar sus muchos conocimientos con una dedicación plena al enfermo, que empezaba con una historia clínica exhaustiva, que incluía personalidad, biografía y ambiente social, a la que seguía un examen corporal que yo llamaría táctil por lo que me contó un paciente suyo, tan sorprendido como admirado, porque por vez primera un médico le había tocado la barriga. Si Pedro Laín estudió desde una perspectiva histórica la relación médico-enfermo, el doctor Letona, como se le conocía, la colocó en el centro de su actividad terapéutica.

Al terminar a finales de los cincuenta sus estudios de Medicina en la Universidad Central, empezó a trabajar con Marañon, pero muy pronto se marchó con Jiménez Díaz. Al despedirse, don Gregorio le felicitó por la decisión que había tomado, sin la menor ironía ni resentimiento. Amplió estudios en Hamburgo y en múltiples estancias en Estados Unidos, manteniéndose toda su vida atento a las últimas publicaciones médicas. Unía el llamado ojo clínico a una enorme inteligencia y sabiduría, amplísimos conocimientos —no solo en medicina— y disponibilidad plena para sus pacientes, parientes y amigos. No pocos colegas acudían a él cuando necesitaban consejo y ayuda para sí o para sus familiares.

En el discurso de recepción, como miembro de la Real Academia de Medicina de Cádiz, el doctor Letona planteó una cuestión crucial que pocas veces se hacen los médicos: cómo se explica el prestigio que durante milenios tuvo una medicina que hasta finales del siglo XIX carecía de los conocimientos científicos más elementales. La vis curativa en muchos casos consigue el restablecimiento, y la experiencia clínica permite al médico un pronóstico acertado sobre las expectativas letales o de recuperación del enfermo.

Reconociendo los enormes progresos de la medicina, el doctor Letona, sin embargo, se mostró siempre escéptico de las últimas modas terapéuticas. Terminó la lección de despedida de la universidad, haciendo suyas las palabras de un decano de Harvard que se marchó afirmando que es falso la mitad de lo que os han enseñado en la facultad de Medicina. Claro que a todos nos gustaría saber, comentaba Letona, que mitad es la falsa.

No hizo nunca el menor intento por recibir honores, todo lo contrario, se lo ponía difícil al que lo intentara, quedando en una débil penumbra en una España que, al brillar los oropeles y oírse tan solo los ecos, en vez de las voces, ha terminado por ignorar a los mejores.