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Todos engañan

Bastantes de aquellos que acusan a los políticos y banqueros de ser ladrones parecen no darse cuenta de que ellos también lo son, ya que están robando al Estado

El Pico de la Concha, Marbella, el pasado julio
El Pico de la Concha, Marbella, el pasado julio

Manuel Villafaina, dueño del chiringuito Los Manueles, en Torremolinos, tiene la mirada lejana de un veterano sheriff en Dodge City, circa 1880. Se sienta enfrente de mí, acariciando una caña en la terraza del restaurante playero donde trabaja desde hace 44 años, y me recuerda al curtido guardián de la ley que interpreta Tommy Lee Jones en No es país para viejos. Da la impresión de haberlo visto todo, alguien para quien el mundo dejó hace tiempo de ofrecerle sorpresas.

Le pregunto cómo siente la crisis, me contesta que “el turismo no está en crisis” y prosigue enumerando una serie de datos que cualquiera con una visión menos impasible de la vida interpretaría como una advertencia de catástrofe inminente. Al menos para los españoles. Los que veraneaban 15 días, ahora lo hacen 10; la familia que iba 12 días a comer a Los Manueles, ahora va 6; en los hoteles hay más personas que nunca con pensión completa; el turismo residencial se queda más en casa a cenar; los que salen piden más sardinas y menos boquerones; las hamacas en la playa están vacías; se ven menos españoles y más ingleses. “La gente se queja, claro”, dice. “Pero es que no hay dinero”.

Villafaina es el presidente en la provincia de Málaga de la Asociación de Empresarios de Playa. Sabe de lo que habla. La “gente” a la que se refiere son sus compañeros de gremio. El drama que viven —ellos y sus clientes— lo resume así: “Lo típico ahora es que vienen cuatro personas y piden paella para tres. Se lo reparten con mucho cuidado y no queda ni un trocito de arroz en el plato”.

Villafaina, asiduo lector de periódicos, se interesa por hablar con sus clientes alemanes. Les pregunta por qué vienen a España y siempre le dicen lo mismo. “Porque nos encanta cómo sois: la juerga, la alegría”. Es decir, que vienen en búsqueda de algo que no encuentran con tanta facilidad en su país, donde, según le cuentan a Villafaina (que toma nota), el ahorro siempre se impone al despilfarro. Y donde la responsabilidad hacia la sociedad en su conjunto tiene el mismo valor que aquello que en España suele marcar los límites de la solidaridad, el amor al prójimo —al familiar o al amigo—. Villafaina me habla acto seguido, y con un leve atisbo de indignación, de la cantidad de conocidos que tiene últimamente que cobran paro y siguen trabajando en lo mismo que antes. “Llaman a los clientes de siempre y les ofrecen facturar sin IVA. Eso los alemanes no lo hacen”. Nada nuevo bajo el sol, pero quizá aquí exista parte de la explicación de por qué, en el terreno económico, Alemania va bien y España mal.

Bastantes de aquellos que acusan a los políticos y banqueros de ser ladrones parecen no darse cuenta de que ellos también lo son, ya que están robando al Estado. Mucho echar la culpa para afuera y poco mirar para adentro; poco reflexionar que si no cobrasen paro los que trabajan en negro, habría más dinero para pagar a los empleados de los hospitales. Si hay un lado bueno en tanta trampa es que, como dice Villafaina, hasta la fecha no ha habido una explosión social. “¿Cómo se explica si no con casi seis millones de parados?”.

Habría menos parados si los españoles, o una mayor proporción de ellos, tuvieran una relación mejor con el trabajo. Esa es la opinión del director de un hotel de la zona, un extranjero que se tiraba de los pelos al hablarme de la actitud de muchos de sus empleados. “Son deshonestos”, me dijo. “No en el sentido de que roban dinero, sino porque tienen metida en la cabeza la idea de que los jefes siempre los explotan y entonces su respuesta es negarse a dar lo mejor de sí. En vez de entender el trabajo como algo que se debe hacer con orgullo y ambición, lo ven como una pesadez que se tienen que quitar de encima antes de ir a tomarse unas cervezas con los amigos, que es lo que consideran ser el verdadero sentido de la vida”.

He aquí la alegría y la juerga que anhelan los alemanes. El precio que se paga es una cultura del trabajo dañada, algo a lo que creo que se refería Villafaina cuando me dijo: “El problema es que todos intentamos engañar”. El Estado engaña, ergo yo engaño al Estado; el empresario me engaña, pues yo engaño al empresario. Lo que se necesita en España es un sheriff que detenga este círculo vicioso, que le dé una gran sacudida a la sociedad para que la gente deje de engañar y de sentirse engañada. Si no, en un cercano futuro los cuatro clientes del chiringuito Los Manueles pedirán paella no para tres, sino para dos. Y si Villafaina se descuida, se comerán no solo el arroz, sino los platos.