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Un cataclismo, tras el origen de la vida en la Tierra

Un gran bombardeo tardío hace 3.900 millones de años marcó el enriquecimiento en agua y materia orgánica de la Tierra y promovió el surgimiento de la vida

Innumerables cuerpos helados alcanzaron hace 3.900 millones de años la Tierra y la Luna como consecuencia de la migración interior de los planetas gigantes Júpiter y Saturno
Innumerables cuerpos helados alcanzaron hace 3.900 millones de años la Tierra y la Luna como consecuencia de la migración interior de los planetas gigantes Júpiter y Saturno

No me entiendan mal por el título, este artículo no tiene connotaciones apocalípticas, lo cual ciertamente me agradecerán en las circunstancias actuales. Lo cierto es que deseo hacerles partícipes de un aspecto poco conocido de los estudios actuales sobre la evolución de nuestro planeta y del propio Sistema Solar. Diversas líneas de evidencia, entre ellas la composición química e isotópica terrestre, muestran que nuestro planeta se consolidó hace unos 4.550 millones de años (Ma) a partir de la colisión entre diversos embriones primordiales formados principalmente en las regiones interiores del Sistema Solar.

Aquella etapa primigenia de la proto-Tierra estuvo marcada por la desintegración de los componentes radiactivos unida a colosales impactos. Por ello, los materiales formativos estuvieron sometidos a altas temperaturas, se fundieron y tuvo lugar la segregación química en capas de nuestro mundo. Entre los meteoritos cuya química se parece más a la Tierra y que, por tanto, mejor representan a esos bloques primigenios encontramos a las llamadas condritas formadas básicamente por el mineral denominado enstatita y que, además, poseen el cociente de isótopos de oxígeno más parecido al terrestre.

Aquella Tierra sospechamos que fue enormemente diferente a la que conocemos. Sin embargo, hace 3.900 Ma tuvo lugar un memorable y enorme cataclismo a escala del sistema solar. Tal acontecimiento quedó esculpido en gigantescas cuencas y cráteres lunares cuya edad fue datada de manera precisa por las rocas recogidas por los astronautas que visitaron la Luna en las misiones Apolo. Hoy en día se acaban de sentar las bases para comprender ese acontecimiento denominado Gran Bombardeo Tardío. Resulta que los planetas gigantes Júpiter y Saturno se formaron mucho más alejados del Sol que su ubicación actual pero en aquel instante migraron hacia el interior del sistema planetario tal y como predicen ciertos modelos dinámicos que explican a la perfección la formación de los planetas del Sistema Solar. Tal suceso acarrearía consecuencias fundamentales para nuestra propia existencia.

Sección de un milímetro cuadrado de la condrita carbonácea MET 01070, vista al microscopio electrónico, donde se aprecia una vena de precipitación de los minerales disueltos en un fluido
Sección de un milímetro cuadrado de la condrita carbonácea MET 01070, vista al microscopio electrónico, donde se aprecia una vena de precipitación de los minerales disueltos en un fluido

En su deriva hacia regiones internas en busca de su configuración actual mucho más próxima al Sol Júpiter iría desestabilizando gravitatoriamente a millones de objetos ricos en hielos y materia orgánica, generalmente conocidos como cometas, que se habían consolidado en regiones externas del actualmente llamado cinturón principal. Debido a los relativamente pequeños diámetros de la mayoría de tales objetos (de pocos cientos de kilómetros) las consecuencias ya no fueron devastadoras sino, por el contrario, enormemente enriquecedoras.

Cuando millones de esos objetos fueron dispersados gravitatoriamente, algunos fueron directamente absorbidos por Júpiter y Saturno, otros lanzados a los confines del Sistema Solar para formar la llamada Nube de Oort y unos cuantos fueron caramboleados hacia los planetas terrestres. Aquellos objetos que llegaron al sistema Tierra-Luna trajeron buena parte del agua y la materia orgánica que hoy en día forma la hidrosfera y biosfera terrestre. La evidencia científica obtenida en las últimas décadas así lo demuestra.

El estudio de ciertos meteoritos que proceden de esos primitivos objetos de pequeño tamaño, ricos en materia orgánica y hielos, indica que en ellos tuvo lugar en el principio de los tiempos, mucho antes de la formación de nuestro planeta, una fascinante química prebiótica. En un principio la desintegración de sus componentes radiactivos hizo que los hielos se fundiesen y el agua empapó y fluyó por su interior. Millones de años después, tales objetos colisionarían sobre nuestro planeta y sobre la Luna pero también se desintegrarían como consecuencia de tirones gravitacionales con los planetas terrestres. Producirían así una lluvia continua de diminutos fragmentos ricos en materia orgánica y volátiles. Tales procesos pudieron marcar un gran diluvio de agua y materia orgánica que a la postre resultó fundamental para el enriquecimiento químico de la Tierra y para que surgiese la vida hace unos 3.800 Ma.

En diversas condritas carbonáceas recientemente descubiertas se han descubierto complejas moléculas orgánicas: aminoácidos, bases nitrogenadas, etc… que parecen haber surgido de la alteración que el agua ejerció sobre los materiales constitutivos de sus cuerpos progenitores. Esta pueden pensar que es una historia difícil de creer pero es lo que estamos convencidos que pasó con la evidencia actual. Para conocer qué evidencia científica corrobora estos argumentos, en mi nuevo libro divulgativo “Las raíces cósmicas de la vida” de Ediciones UAB encontrarán todos los detalles para contestar a estas y a otras preguntas que quizás se hayan planteado y que corroboran nuestra íntima conexión con el Cosmos. Juzguen ustedes mismos.

Josep M. Trigo Rodríguez es científico titular del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC) en Barcelona y miembro de la Sociedad Española de Astronomía.

Más información: Las raíces cósmicas de la vida (Ediciones UAB, Barcelona)

Presentación del libro

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