Una vergüenza nacional, por Ana María Moix
Incluso las protestas antitaurinas han tenido más adeptos que el rechazo a la violencia de género.

Eso que se ha dado en llamar violencia de género arrojó en 2011 un balance de 60 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, ya fueran maridos, amantes o novios nada viriles para soportar el hecho de que ellas quisieran separarse, abandonarlos o simplemente dejar de doblegarse a la docilidad que de ellas se esperaba; pero eso sí, muy hombres, en el sentido tradicional e hispano de la palabra, para coger un cuchillo o una pistola y matar. Sesenta actos de violencia que ya se denomine de género o doméstica son lo que son: crímenes. Sesenta. Y en la primera semana del año (al cierre de esta edición) ya van tres en Cataluña. Tanto el Gobierno central como los autonómicos hacen lo que pueden para disminuir esa lacra nacional. Pero ni ministerios de la Igualdad, ni teléfonos para atender denuncias de malos tratos, ni órdenes de alejamiento pueden frenar esa ignominia.
Cabe pensar que, sin las medidas institucionales puestas en práctica, el número de víctimas sería mayor. No obstante, el resultado sigue clamando al cielo. Y también clama al cielo la casi indiferencia con la que los ciudadanos toleramos semejante vergüenza. Algunos medios de comunicación o comentarios de creadores de opinión pública tienden a enmascarar la realidad con datos falsos y propensos a hacernos creer que la mayor parte de criminales pertenecen a clases sociales bajas que actúan bajo los efectos del alcohol y son inmigrantes. No es cierto: las estadísticas oficiales lo desmienten.
El problema es complejo y sin duda tardaremos años en asistir a su solución. Entre otras razones, creo que la principal, porque por muchas medidas administrativas que se adopten –y que deben seguir adoptándose– la salvación debe proceder de la escuela. De la escuela y –¡ay!– de las familias. El problema, del que la víctima es la mujer, es de los hombres, que son quienes asesinan. Y es ya en la escuela, desde las guarderías hasta la universidad pasando por la enseñanza media, donde los varones deben aprender ese valor del que no hay modo de que se impregnen llamado igualdad. En las guarderías, en las escuelas y en las familias. Se trata de implantar programas educativos y modelos de comportamiento que tardarían años en dar fruto. Pero no podemos esperar 20, 30 o 50 años para cambiar la mentalidad de los ciudadanos de este país. Mientras, hay que coger el toro por los cuernos, empezando por avergonzarnos, todos, de esa terrible realidad a la que, por desgracia, parece que nos vamos acostumbrando. La ciudadanía parece volver la espalda a semejante degradación.
La respuesta social, cívica, ante el maltrato y el crimen machista es escandalosamente escasa y solo está protagonizada por grupos formados mayoritariamente por mujeres y por los movimientos feministas. ¿Dónde están las plataformas ciudadanas que movilizaron, y con magnífica efectividad, a la población contra la guerra de Irak o contra el terrorismo de ETA? Incluso las protestas y manifiestos contra las corridas de toros han tenido más adeptos que el rechazo público, callejero, a la violencia de género.
Solo mujeres –y una minoría de hombres– han salido a la calle para clamar justicia. Hace años, durante el cerco de Sarajevo, los ayuntamientos convocaban semanalmente un minuto de silencio en sus plazas, al menos en Cataluña. Habría que organizar acciones semejantes, asiduamente, para protestar contra este mal que amenaza con cronificarse. Acciones protagonizadas por mujeres y por hombres acompañados por sus hijos. ¿Vamos a ocultar a los niños hechos que, por horribles que sean, ellos pueden protagonizar mañana, ya sea como víctimas o como verdugos?
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