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La nueva edad de oro: cómo los consumidores volvieron a su inversión segura

El actual clima de incertidumbre económica es otra excusa que da alas a una tendencia que viene pegando muy fuerte. Valor refugio donde los haya, el oro está de nuevo en el punto de mira de los compradores.

Uno de los surrealistas y juguetones 'looks' del desfile de Moschino de otoño-invierno 2022-2023.
Uno de los surrealistas y juguetones 'looks' del desfile de Moschino de otoño-invierno 2022-2023.IMAXTREE

Oro parece y, en efecto, lo es a pesar del aspecto extravagante, chillón y hasta vulgar de las piezas joyeras que hacen alarde de él esta temporada. La joyería brutal es la nueva bisutería fina, podría aventurarse a la vista de tanta cadena tosca amarilla, tanto brazalete de dorada pesadez, tanto anillo descomunal con el brillo de 100 soles que, sobre todo, hace las delicias de quienes se acercan a la creación orfebre por primera vez y que, de alguna manera, han contagiado a sus usuarios más habituales. Tras varias temporadas relegado al ostracismo de la discreción en favor de las piedras preciosas, el metal noble por excelencia vuelve puesto al día en olor de multitudes centenial y esa inevitable nostalgia Y2K, que también vive de los collares de eslabones kilométricos enrollados a la cintura de Christina Aguilera, las pulseras en formación muñeca adelante de Paris Hilton, las ristras de colgantes de Lindsay Lohan o los aros en escala a la oreja de Beyoncé cuando comandaba Destiny’s Child (todo de supuesto alcance mucho más sostenible que las fantasías de plástico, resina y esmalte de la época, además). Un repaso rápido a los accesorios que acompañan las colecciones del actual otoño-invierno dará fe de semejante oleada de 24 quilates: los pulserones y brazaletes XXL de Balmain, Loewe, Halpern, Hermès y Louis Vuitton; las gargantillas de Versace, Patou y Stella McCartney; los pendientes sobresalientes de Proenza Schouler, Vivienne Westwood y Schiaparelli; los candados colgantes de Fendi y Chloé; la maraña de cadenas de Chanel y Marine Serre; cualquiera de los artefactos surrealistas imaginados por Jeremy Scott en Moschino. Todos como locos a por el oro.

“Se trata de diseños muy llamativos, particularmente únicos y capaces de transformar por completo un look”, confirma Tanika Wisdom, encargada de joyería para la tienda de moda online Matchesfachion.com, que data el comienzo de esta nueva fiebre del oro el pasado verano. “La gente se siente cada vez más cómoda adquiriendo joyas por internet, en especial anillos de cóctel y cadenas de estilo maximalista que evidencian las ganas de expresarse sin complejos”, continúa la compradora. La imagen viral de Rihanna exhibiendo un enorme crucifijo dorado vintage de Christian Lacroix y un surtido de cadenas Chanel sobre su embarazadísimo vientre desnudo, durante la Semana de la Moda parisina de febrero, tendría bastante que ver con el regreso del descaro bling. “Después de este par de años, este renovado gusto por lo ostentoso significa la voluntad de destacar entre la multitud, con piezas que expresan tu identidad”, concede Marisa Horden, directora creativa y ejecutiva de Missoma, la popular firma joyera británica de gama media que este verano lanzaba una dorada cápsula de género fluido en colaboración con el joven diseñador Harris Reed (nueva propiedad caliente del negocio con su reciente fichaje por Nina Ricci), inspirada en el estilo flapper de los años veinte, y acaba de renovar compromiso con otra colección junto a la influencer Lucy Williams a mayor gloria de los colgantes de monedas de oro romanas y los pendientes de aro retro.

Aunque quizá la mejor prueba de esta nueva gilded age sea la línea con la que Prada acaba de estrenarse en las lides de la alta joyería. Eternal Gold se titula el debut de la firma italiana, y su nombre no es en vano: se trata de un elogio a la larga historia del oro como metal proverbialmente reciclable. Del deslumbrante hype también participa el bolso-joya presentado por Coperni esta última semana del prêtà-porter parisién consagrada a la primavera-verano que viene: una versión en oro de 18 quilates del escultural modelo Swipe que la marca francesa lanzó en 2019 y que se ha convertido en su santo y seña (tanto que representa el 40% de las ventas). Concebido de forma efímera para la pasarela, su destino es volver al crisol para su fundición y posterior reventa al proveedor italiano del metal. Solo resurgirá por petición expresa (alguna celebridad caerá, esperan sus creadores), al módico precio de 10.000 euros. Quién dijo superinflación.

Brazalete en el desfile otoño-invierno de LOEWE.
Brazalete en el desfile otoño-invierno de LOEWE.Getty Images
Gargantilla Símbolos de cambio Harris Reed para MISSOMA.
Gargantilla Símbolos de cambio Harris Reed para MISSOMA.Cortesía de la firma

El actual clima de incertidumbre económica, claro, es otra excusa que da alas a la tendencia. Valor refugio donde los haya, el oro está de nuevo en el punto de mira de los consumidores como inversión segura. Diana Widmaier Picasso, hija de Maya Ruiz Picasso y nieta de Pablo Picasso, lanzó su firma orfebre, Menē, con tal premisa en 2017. “Siempre me ha atraído la joyería, igual que a mi abuelo, en parte por mi formación como historiadora del arte. Por eso cuando conocí a Roy Sebag, fundador del Gold Money Bank (entidad para activos en oro), se me ocurrió crear una colección realizada en la forma más pura del metal, de 24 quilates, que respondiera a la demanda con transparencia, también en su precio”, cuenta a S Moda. Con Sunjoo Moon en calidad de directora creativa, las piezas de cada colección, estudios del movimiento y el volumen de modernas líneas funcionales, se tasan de acuerdo al valor del metal establecido diariamente. “La intención es que las piezas puedan pasar de generación en generación por su atemporalidad”, explica la historiadora. “Pero si alguien se cansa, puede devolvernos las suyas para ser transformadas en unas nuevas”

De momento, la fiebre del oro joyera tiene garantizado el subidón hasta la temporada que viene, prolongada por el despliegue quincallero de Marine Serre, en otra de sus vueltas de tuerca al objet trouvé orfebre que definiera en la década de los ochenta Judy Blame, o las extravagancias de Alexis Bittar. Aunque, en honor a los tiempos extraños que corren, hay que prepararse para una inyección extra de surrealismo, aplicada en materiales tan poco ortodoxos para el sector como las lentejuelas (esos descomunales aros de estilo disco de Tom Ford) o los polímeros de la impresión 3D (véanse los maxibrazaletes traslúcidos de LaQuan Smith). Cuando falta el material noble es el poder de la marca y el diseño la veta que se explota.

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