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Miedo, asco y cultura de la violación con las heroínas de los 80

Molly Ringwald y Ally Sheedy fueron los iconos de la edad de oro del cine adolescente. Ahora revisan sus películas y publican ensayos donde alertan de una cultura que normalizó y romantizó el acoso sexual.

El club de los chalados, Aquel excitante curso y Desmadre a la americana. Estas son las tres películas que Brett Kavanaugh confirmó como inspiración personal cuando explicó al comité judicial el porqué de la extraña y absurda narrativa de su polémico anuario. ¿Qué relaciones y cómo se establece el consentimiento sexual en las cintas que alimentaron el acerbo del nuevo juez del Supremo de los EEUU?  Eso es lo que se propusieron varios analistas culturales al revisitar ese cine. Las respuestas no han sido muy favorecedoras para el acusado de participar en fiestas en las que, supuestamente, se violaba en grupo a chicas drogadas con sedantes. The Guardian desmontó Desmadre a la americana («un manual sobre cómo cometer una agresión sexual. Todas estas películas de fraternidades de finales de los 70 e inicios de los 80 cada vez parecen menos una celebración de la torpeza masculina y más una celebración astuta de la cultura de la violación y los privilegios masculinos»). El New Yorker revisitó La venganza de los novatos («la trama es monstruosa, con los nerds, los supuestos chicos buenos, cometiendo una escalada de crímenes sexuales contra sus compañeras de clase para vengarse de los hombres de Alpha Beta»). The Mary Sue puso el foco en la visión misógina de la educación sentimental del juez: «Ha intentado usar estas películas como ejemplos de películas inocentes sobre costumbres de tíos. Pero no lo son. Lo que ha hecho, no obstante, es iluminarlos con las formas en las que él ve a las chicas, a las mujeres y al sexo».

¿Y cómo revisan esas cintas las actrices que participaron en ellas? No las repudian, pero sí han querido resaltar al mundo sus fallos y la toxicidad que rodeó a su carrera. Esto es lo que se percibe en los ensayos que han publicado dos de los iconos del cine de instituto de los 80: Molly Ringwald y Ally Sheedy lamentan haber contribuido con su cine a la cultura de la violación en la que vivimos inmersos. Sus relatos resultan especialmente chocantes para una generación que siempre alzará el puño al escuchar Don’t you forget about me o que ansiaba hacerse con el venerado vinilo (rosa) de La chica de rosa. Una generación que nunca imaginó que hasta el sacrosanto John Hughes, el primer director que decidió hacer cine de instituto narrado desde el punto de vista de una chica, acabaría siendo radiografiado por el #MeToo.

Ringwald y Sheedy junto al resto del elenco de ‘El club de los cinco’ y rodeando a su director, John Hughes.
Ringwald y Sheedy junto al resto del elenco de ‘El club de los cinco’ y rodeando a su director, John Hughes.Cordon Press

Ringwald, que ahora hace de madre en las nuevas rom com adolescentes, escribió el pasado mes de abril ¿Y qué pasa con El Club de los Cinco? en The New Yorker. Una revisión a fondo de la película más querida de sus tres clásicos con Hughes (la épica que rodea a la cinte ha permitido que exista una cadena de restaurantes con su nombre en inglés, The Breakfast Club) pero también echa un vistazo a otras cintas que ahora resultan problemáticas, como la primera cinta que rodó con él y en la que interpreta a una joven cuya familia olvida su cumpleaños.

Ringwald confirma que se siente «avergonzada» por haber tardado en comprender el significado de una de las últimas escenas de Dieciséis velas. Esa que la web Vox define como «la secuencia que ejemplifica la cultura de la violación» y que pasa cuando el galán, Jake cambia a su novia borracha, Caroline, con el geek, para satisfacer las demandas sexuales de éste. Lo hace para que le devuelva la ropa interior de Samantha –el personaje que ella interpretaba– y así dar carpetazo a su novia beoda y correr hacia la buena heroína. El Geek se hace unas polaroids con la ex de Jake borracha para probar su conquista y cuando se despierta por la mañana con alguien a que no conoce, él le pregunta si «lo ha disfrutado». Caroline, extrañada, contesta «tiene una sensación» de que sí lo hizo. La secuencia una especie de gag que convierte en broma cómo un tío se aprovecha de una chica inconsciente para acostarse con ella. «Ella dice que tiene una sensación de haberlo sentido, no lo cree. Porque lo que crees son cosas que pasan en el consciente, y ella no lo estaba», defiende Ringwald, que llegó a telefonear a la actriz que interpreta la escena, Haviland Morris, para que le explicara qué siente ahora al verla. Morris, en un principio, le dijo que no veía claro el abuso, pero cuando Ringwald le dijo que si eso le pasase a una de sus hijas, que estando borracha se hubiesen aprovechado de su estado para practicar sexo, la actriz contestó: «No. Por supuesto que no, tus pantalones tienen que seguir puestos hasta que alguien te invite de forma consensuado a que se los quites». La propia Ringwald cuenta en el texto como en una fiesta con veintipocos le pasó una situación similar con un productor –»había bebido mucho y acabé sentada en el borde de una cama con él, bastante mareada»– pero que un amigo que vio la escena decidió salvarla y sacarla de allí.

Fotograma de la secuencia polémica de ‘Dieciséis velas’.
Fotograma de la secuencia polémica de ‘Dieciséis velas’.Cordon Press

La intérprete asegura que comprendió lo problemáticas que podían ser sus películas cuando las volvió a ver con su hija adolescente, pero no desmerece a Hugues. Ringwald destaca que el creador ayudó a definir los miedos e inseguridades de la adolescencia estadounidense de los 80, pero no por ello lo exime de un revisionismo progresista. «¿Qué pasa cuando estamos en la posición inusual de haber ayudado a este arte? Borrar la historia es un camino peligroso cuando se refiere al arte. El cambio es esencial, pero también lo es recordar el pasado, con toda su transgresión y barbarie, para que así podamos ver hacía dónde hemos llegado y hacia donde necesitamos ir», defiende.

Foto promocional de ‘La chica de rosa’.
Foto promocional de ‘La chica de rosa’.Cordon Press

Ally Sheedy, actriz fetiche de los 80 por Juegos de Guerra, St. Elmo punto de Encuentro o Oxford Blues, compartió con ella El club de los cinco –Sheedy era la rara que se vuelve guapa para agradar al atleta incomprendido, interpretador por Emilio Estévez–, forma parte del libro de ensayos recopilados por Roxane Gay –No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación (Capitán Swing, 2018)– y en Estasis (se puede leer completo aquí) lamenta la cosificación de las actrices y desvela cómo su carrera no prosperó más allá de los 80 –uno de sus últimos éxitos fue Cortocircuito en 1988 o High Art en 1996–por haberse negado a satisfacer los favores de otros Weinsteins de la industria.

«Tomé la decisión consciente de no venderme de manera sexual, y pagué un precio por ello. Es muy muy difícil forjarse una carrera como actriz sin convertirse en un objeto sexual; yo he sorteado este terreno minado durante treinta años con distintos grados de éxito», cuenta en el texto, y añade: «Sencillamente había cosas que no estaba dispuesta a hacer, como una película con un (gran) director en la que tenía que rodar una escena con camisa y sin bragas, por ejemplo. (Supongo que intentaba hacer algún tipo de alegato). Rechacé el consejo de «quedar» con hombres que podían ayudarme a progresar en mi carrera. No me presenté a audiciones que me parecía que ensalzaban el trabajo sexual, que retrataban abusos sexuales a mujeres de manera gratuita o que me obligaban a dejar mi identidad en la puerta. (Y todas esas películas se convirtieron en éxitos sensacionales)».

Hadley Freeman, que escribió sobre todas estas películas en The Time of my life (Blackie Books), aplaude la decisión de revisar la propia obra que han tomado estas actrices, algo por lo que no están muy por la labor los artistas en España. «Que veas los fallos no significa que quieras desterrarlas. Forma parte del crecimiento. Por mucho que veas los fallos de tus padres, los sigues queriendo. Amas las cosas del pasado con el corazón de una cría, pero no puedes evitarlas ver a través de los ojo de un adulto».

Ally Sheedy y Sean Penn en ‘Bad Boys’.
Ally Sheedy y Sean Penn en ‘Bad Boys’.

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