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EP Verdad BLOGS Coordinado por José Manuel Abad

Los barcos de apestados que pusieron en jaque a Canarias y diezmaron la población del Pacífico

En 1918, el mismo año en que un trasatlántico en cuarentena puso en un brete a Gran Canaria, la mayor epidemia en la historia moderna causaba estragos en Polinesia

El trasatlántico 'Santa Isabel', en una imagen de época.
El trasatlántico 'Santa Isabel', en una imagen de época.

Por medio mundo la gripe ya había dejado un reguero de jóvenes cadáveres grises con los pulmones inflamados, pero el Talune tenía un salvoconducto para navegar a sus anchas por los mares del Sur: una declaración de sanidad marítima sin una tacha. Cuando atracó frente a las costas limpias de Fiyi y Samoa Occidental aquel octubre de 1918, fue ese documento el que les franqueó los puertos a sus pasajeros y a los cajones de mercancías que traía desde Nueva Zelanda.

Aquella declaración sanitaria no era el único papel que el Talune portaba a bordo. Los mozos desembarcaron también periódicos de Auckland, la ciudad de donde había zarpado. Cuando los leyeron, las autoridades locales se enteraron de que en Nueva Zelanda la enfermedad contagiosa ya había hecho estragos. Así que supieron por la prensa de que la peste, la mayor pandemia de la época moderna, ya se extendía entre las coníferas y las cabañas de sus islas.

El barco neozelandés 'Talune'. ampliar foto
El barco neozelandés 'Talune'.

Y ya era demasiado tarde para hacer nada: la gripe mal llamada española, muy contagiosa, había penetrado en los cuerpos de aquellos polinesios, vírgenes para el virus H1N1. En Fiyi murió algo más del 5% de la población, 9.000 personas. En Samoa fallecieron menos, unas 8.500, pero en proporción el daño fue mayor: perdió al 22% de sus habitantes. Todas esas muertes por culpa de un único barco apestado.

A apenas 100 kilómetros de allí, la historia se desarrolló de otra forma. Al comandante John M. Poyer no le había temblado el pulso para acabar con la vida de cualquiera que intentase llegar desde otras islas. La suya se cerró por completo al contacto exterior, incluidos los barcos. Una cuarentena dura pero impecable que hizo que la Samoa Americana pasara a la historia como un oasis libre de la gripe que mató en todo el mundo a más —quizá el doble— de 50 millones de personas. Los samoanos que estaban bajo mando estadounidense se salvaron todos. 

En Fiyi murió algo más del 5% de la población, 9.000 personas. En Samoa fallecieron unas 8.500, un 22%. Todas las muertes por un único barco apestado

Aquel era un mundo menos globalizado, pero las pandemias llevaban milenios interconectando un lugar del globo con sus antípodas. Y así ocurrió también en 1918. Mientras el Talune dispersaba la enfermedad por la Polinesia, el barco Santa Isabel comenzaba su ruta desde España a Cuba y Puerto Rico. Iba repleto de emigrantes gallegos que desde A Coruña buscaban su suerte en el Nuevo Mundo, parte de los 1.146 pasajeros que viajaban junto a 89 sacas de correspondencia, 50 bueyes, 70 toneladas de vino, 2.000 de carbón. Canarias era solo una etapa en la larga travesía.

El Diario de Las Palmas recogía el ánimo con el que esperaba a aquel imponente trasatlántico la capital grancanaria, muy castigada por el bloqueo de puertos por la Gran Guerra. Llenarían la ciudad de “trabajo, vida y alegría”, mencionaba el periódico. Darían la sensación, detallaba la crónica previa, de “una rica caravana que pasa sembrando dinero”.

Publicidad de Canarias como destino saludable.
Publicidad de Canarias como destino saludable.

A bordo viajaban diplomáticos, destripaterrones y el mismo virus que arrasaba en el resto del mundo. Malas noticias tenía que dar el capitán a las autoridades grancanarias. A solo un día de desembarcar en Las Palmas les envía un radiograma: “Llegamos al amanecer. 75 casos de grippe [sic]. 18 graves. 5 defunciones”. Cuando el barco asomó a las pocas horas ante el puerto de La Luz, en un mástil ondeaba la temida bandera amarilla y negra, signo de cuarentena a bordo.

“Las condiciones de viaje habían sido escalofriantes, con parte de la tripulación con gripe, los enfermos, en su mayoría inmigrantes gallegos, abandonados a su suerte, hacinados en las salas comunes del barco donde nadie se ocupaba de mantener la mínima higiene”, recoge en su libro La Gripe Española: la pandemia de 1918-1919 la profesora de la Universidad Complutense Beatriz Echeverri.

El lazareto, a finales del siglo XIX.
El lazareto, a finales del siglo XIX.

Asomaba a puerto la misma pandemia que en la Península había puesto fin a los grandes velatorios de hasta tres días por la urgencia en sepultar los cadáveres y que había acabado, en algunos pueblos, con el toque a difuntos, por tal de no desmoralizar a los paisanos. La misma pandemia que había llevado al alcalde de Barcelona a pedir una mano al Ejército para transportar y enterrar a los muertos.

Las Canarias habían esquivado en gran medida los estragos de la gripe en su segunda ola, la más mortífera en España. Si en la Península la tasa de mortalidad era de 127 por cada 100.000 habitantes, en el territorio insular no llegaba a 5,4. “A pesar de la desnutrición, el hacinamiento y la poca calidad del agua de Las Palmas, su población en general estaba sana”, detalla Francisco Javier Castro, profesor de la Escuela de Enfermería de la Universidad de La Laguna (Tenerife), que ha estudiado cómo hizo el archipiélago para enfrentarse a las epidemias. Canarias se había consolidado para entonces como un destino de turismo sanitario por la bondad de su clima para los enfermos de tuberculosis de toda Europa.

Baile de cifras

El lazareto en una imagen de mediados del siglo XX.
El lazareto en una imagen de mediados del siglo XX.

¿Cuántos son de verdad los infectados?, dudan las autoridades ante el problema que se les viene encima en forma de barco de atacados, como también se les llama a los enfermos. El Ayuntamiento de Las Palmas recoge en sus actas una cifra mayor que la anunciada por el capitán: 170 contagiados y 9 muertos trae el Santa Isabel. ¿Qué hacer con ellos? ¿Alojarlos en la sede de la naviera? ¿Y las personas aún sanas que pueden estar contagiadas? Son demasiadas y la ciudad y sus más de 60.000 habitantes están demasiado cerca. ¿Llevarlos quizá a la apartada isla de La Graciosa, allende Lanzarote? ¿Y a la recóndita playa de Los Cristianos, en Tenerife?

A la mente de las autoridades viene entonces el lazareto de Gando, una instalación para aislar a infectados y sospechosos de serlo, en el este de Gran Canaria. “Se concibió para las cuarentenas de los barcos en una zona sin carretera, teléfono ni agua corriente", ilustra Francisco Javier Castro. El lugar estaba desde hacía mucho abandonado a su suerte. "Ni siquiera estaba cerrado; solamente se ponía en funcionamiento cuando se necesitaba, de buenas a primeras". 

Con todo, aquel lazareto era mejor que el de Santa Cruz, un simple secadero de pescado. En 1893, influido por las corrientes higienistas, el ingeniero Juan de León lo había construido en la península de Gando, aprovechando que la pendiente del terreno facilitaba el desagüe. El lugar, de manera innovadora, había previsto cuatro departamentos bien definidos y separados en varios pabellones. El llamado "limpio" servía de residencia del personal, el "sucio" para los buques de patente sucia —que no hubieran tocado puerto en una zona de contagio—, el de "observación" para las cuarentenas. Y el de "apestados" servía para los buques con enfermedades contagiosas a bordo.

Plano del lazareto de Gando de finales del siglo XIX.
Plano del lazareto de Gando de finales del siglo XIX.

En Gando no se hicieron distingos. De nada servía que los pasajeros de primera hubieran pagado 1.777 pesetas por su pasaje y los de tercera solo una quinta parte de esa cantidad. “Durmiendo en el suelo, se reunieron allí, igualados por la enfermedad, humildes inmigrantes, ilustres personajes e individuos pintorescos”, recoge el libro de Beatriz Echeverri.

Miedo a morir

Brota y cunde el pánico entre el pasaje. El 4 de octubre los pasajeros de primera y segunda que permanecen en el barco se amotinan. Quieren saltar a tierra y escapar de la muerte que se propaga a bordo. Los muertos son 15 a los cinco días del primer desembarco. Ese mismo día, El Progreso publica que ya hay 280 enfermos de gripe. El mismo diario relata brevemente que el capitán del barco había mandado desembarcar a una decena de marineros armados para poner fin a la sublevación.

Hay que evitar que entre en el lazareto nadie que no sea imprescindible, tanto como que escape ninguno de los enfermos y disemine así la enfermedad fuera de aquel erial abandonado. Las autoridades ciñen un cordón sanitario. Interviene la guardia municipal y la Guardia Civil. La primera se encarga de supervisar el muro perimetral de Gando y los segundos, de los exteriores próximos a las instalaciones del lazareto.

Un músico ofreció 40.000 pesetas, una verdadera fortuna, a los médicos para que salvaran a su compañero, que finalmente murió

Entre las cifras, aquel 1918 y este 2020, asoman las historias personales. Estas son las que aboceta Beatriz Echeverri: había un ministro plenipotenciario de Colombia y una familia “muy cristiana” también del país. Había un doctor que se daba inyecciones de morfina para “matar las penas”, un concertista de violín y su amigo, y para que “no faltara de nada”, una bailarina. "Parece que el compañero del violinista murió a pesar de que el músico les hubiera ofrecido 40.000 pesetas, una verdadera fortuna, a los médicos para que lo salvaran", recoge la investigadora.

Hacen falta médicos y se piden voluntarios: tres doctores de Las Palmas se personan, junto a diez hermanas de la Caridad como enfermeras, y dos religiosos. El director del hospital de San Martín baja cada día desde Las Palmas a Gando para atender a los enfermos. El arsenal con que cuenta la medicina de la época, sin antibióticos ni retrovirales, es limitado: quinina y codeína, inyecciones intravenosas de coloides de plata o platino, aceite de alcanfor, adrenalina.

Los 49 días de cuarentena dejan un balance de 507 hospitalizados, 463 curados, 44 muertos y 21 operaciones quirúrgicas. El barco vuelve a Galicia, donde le espera una desinfección a base de lejía y Zotal negro. Los fallecidos se quedarán para siempre en Gando, enterrados a miles de kilómetros de sus familias. 

Hombre-anuncio con un cartel del desinfectante Zotal, a principios del siglo XX.
Hombre-anuncio con un cartel del desinfectante Zotal, a principios del siglo XX.

El final de la cuarentena y de aquel viaje maldito que tenía que llegar a La Habana, Cienfuegos, Santiago de Cuba o San Juan de Puerto Rico y que terminó en un lazareto fantasmal se celebra con una misa de acción de gracias. Con una Virgen del Pilar que llevaba consigo, la bailarina improvisa un altar entre los muros, hoy apenas unas ruinas de fachadas desportilladas por el mar y el tiempo junto al aeropuerto de Gran Canaria.

Agradecen a Dios que la pesadilla haya acabado. Sobre todo para ellos. “Cayeron enfermos casi todos los cocineros, guardias de seguridad y los médicos, pero ni el capellán ni ninguna de las monjas enfermeras contrajo la enfermedad”, detalla Beatriz Echeverri. La mayor parte de la población canaria, gracias a un doble aislamiento, también se salvó.

La epidemia que impidió a Darwin pisar Tenerife

Los canarios sabían que la alegría y el mal solían arribar por mar. En 1832, el Beagle fondeó cerca del puerto de Santa Cruz de Tenerife. Llevaba a bordo a un joven naturalista, Charles Darwin, deseoso de desembarcar para conocer aquella isla que Alexander von Humboldt había pisado en 1779. El británico tenía delante el imponente pico del Teide, que el sabio alemán había recorrido en sus seis días en la isla, pero las autoridades pusieron al Beagle en cuarentena. Temían que el cólera que asolaba Inglaterra infectara la isla. El capitán no quiso esperar el tiempo dictado. Darwin partió sin ver cumplido su sueño.

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