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ANÁLISIS i

De vuelta a la estrategia de la crispación

Todo apunta a que el regreso a la crispación no dará los frutos electorales que la derecha espera

La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, conversa con el presidente popular, Pablo Casado, en el hemiciclo.
La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, conversa con el presidente popular, Pablo Casado, en el hemiciclo.

La mayoría de los ciudadanos creen que la crispación aumentará en esta legislatura y culpan, sobre todo, a los dos partidos de derecha, más a Vox que al PP, de generar el clima de enfurecimiento que estamos presenciando. En 2007, en el primer Informe sobre la Democracia que publicó la Fundación Alternativas, tuve la oportunidad de ser la coautora del capítulo que desarrolló la teoría y práctica de "la estrategia de la crispación", de la que luego tanto se ha escrito: por qué, cómo y cuándo el PP se agarraba a este modo de actuación para hacer política.

Habiendo en España más personas progresistas que conservadoras, la crispación se producía en asuntos divisivos para la izquierda, como el debate territorial y el terrorismo. Se utilizaba un tono tremendista y exagerado para deslegitimar al Gobierno con el fin último de desmovilizar al electorado moderado y de izquierdas. Ahora bien, por debajo de aquel ruido se mantuvieron los patrones de cooperación entre el PSOE y el PP: en la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, los populares aprobaron más de la mitad de las leyes orgánicas, presentaron un número de enmiendas a la totalidad en los proyectos de ley no superior a otras legislaturas y, en las distintas conferencias políticas que celebró el partido en aquellos años, hicieron propuestas sobre asuntos muy variados que no mostraban tintes radicales. En realidad, la crispación no afectaba a cuestiones propias del eje izquierda-derecha, como la ley de dependencia, en las que la política funcionó como es habitual. Fue en los temas que escapaban a la confrontación izquierda-derecha donde la crispación reinó.

¿Produce la crispación beneficios electorales? La historia nos muestra que no siempre. La estrategia de la crispación funciona cuando hay una base real para que así sea, es decir, cuando lo que dice el partido crispador encuentra eco en la opinión pública. En 1996, el PP ganó las elecciones crispando, pero su discurso sobre el fin del ciclo del periodo socialista coincidía con la visión de los propios electores. En cambio, en 2008 fue el PSOE el que amplió su mayoría electoral porque los ciudadanos no creyeron que España se rompiese o que el Estado cediera ante ETA. Ahora, en 2020, el temor a la ruptura de España sigue siendo menor. Los ciudadanos están preocupados por las pensiones, el cambio climático, las desigualdades sociales o la posibilidad de que haya una nueva recesión. Todo apunta a que la vuelta a la crispación no dará los frutos electorales que la derecha espera, aunque deteriorará las instituciones y generará un clima divisivo en la ciudadanía.

Belén Barreiro es presidenta de 40dB.

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