INVESTIDURA pedro sánchez
Opinión
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El odio a Sánchez provoca dos tragedias: que ese odio sea lo más sincero de la oposición y que la izquierda neutralice la autocrítica como si el odio de tus enemigos te hiciese bueno 'per se'

Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo, durante el discurso de Pedro Sánchez.
Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo, durante el discurso de Pedro Sánchez.Juan Carlos Hidalgo (EFE)

Cuando sube a la tribuna, Pedro Sánchez ordena su taco de folios de tal forma que parece que tiene uno solo. Todos los folios obsesivamente alineados, perfectos. Es un trabajo delicadísimo que Sánchez, con las dos manos, como si fuese un alfarero, hace una y otra vez: las dos palmas agarrando lo alto de los folios para ajustarlos, las dos palmas ajustando lo ancho. Ya puede leer. Lee uno —impreso a una carilla, interlineado de dos puntos: se va Greta Thunberg de Madrid y esto es jauja— y lo coloca junto a los otros que ya leyó, cuyo montón también es perfecto. Eso le lleva unos segundos, ordenar los ya leídos. Siempre hay un folio de los de abajo que asoma un milímetro de los demás y eso es una desgracia; Sánchez lo corrige espantado. “Hasta que no se coloque la gomita del pantalón no saca”, le digo a mi vecina de tribuna, la periodista Ángeles Caballero. Vuelve a leer. Así dos horas. Si la oposición quiere destruir a Sánchez, lo único que tiene que hacer es colarle un folio A5 entre sus A4; enloquecerá.

Es cierto que, como denunció buceando en su hemeroteca (las maniobras que habrá hecho para esquivarse a sí mismo), la derecha ha considerado siempre y por orden de aparición a cada presidente socialista como una plaga. Por la forma de decirlo parecía dar a entender que la izquierda les ha tenido a los presidentes de derechas un cariño loco, pero es verdad que hacia Sánchez el odio deslegitimador es algo menos sofisticado, menos elaborado, mucho más primario. Es un odio que provoca dos tragedias: que ese odio sea lo más sincero del discurso de la oposición y que la izquierda —¡esos barones revoltosos!— neutralice cualquier crítica a Sánchez bajo la argumentación infantil de que el odio de tus enemigos te hace bueno per se. Cuando la realidad es que Sánchez deja los folios leídos boca arriba por si hay que volver a leerlos pero al revés, de derecha a izquierda. Y esas líneas amarillas sobre el folio que se adivinan desde la tribuna de prensa no se sabe si son tachones o subrayados porque, efectivamente, pueden ser las dos cosas dependiendo del momento, del lugar y de los socios.

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La vida es muy compleja. Pablo Iglesias, por ejemplo. Aplausos y ovaciones en pie a Sánchez, le dijo “adelante, presidente” y fue a chocarle la mano al bajar de la tribuna. Más que el insomnio, el principal enemigo de este Gobierno es el pasado. Se necesitan expertos en gestión, pero también en olvido. Aunque qué otra cosa es la política sino la capacidad de olvidar, y quiénes alcanzan el poder en sus partidos sino los imperturbables como Sánchez, aquellos que estrechan el tiempo entre una cosa dicha y la contraria como si buscasen un récord. Por qué Casado, por ejemplo, está dónde está. Su discurso de años 30 amenazaba con dejarle con 30 escaños y cuando adoptó un discurso de años 80, moderado ma non troppo, definió como extrema derecha a Vox y se dedicó a hacer la estatua dejándole la sobreactuación a Rivera, subió a los 88; ahora, poniendo a prueba a su electorado retornado, se dedica a dar un discurso que no hace falta ni escucharle: basta ver a Santiago Abascal rehaciendo el suyo a toda prisa.

A Abascal sí hubo que escucharlo para entenderle mejor. Vox se resume en esta frase dirigida al diputado de Teruel Existe, Tomás Guitarte: “España también existe”. La extrema derecha española está formada por esa clase de patriotas que, en caso de invasión, se suben los primeros a los tanques enemigos y les dicen a los soldados que los españoles primero si mandan los españoles, pero, si hace falta, ellos son americanos o chinos: “Los fuertes, primero”. Abascal, como la mitad de los diputados de primera fila, mascaba. La ministra Delgado repartía chicles (o caramelitos, o ácidos, lo que fuese) al resto de ministros. Los independentistas suministraban a los diputados de Unidas Podemos, hecho en el que no reparó Ortega Smith, sumido en la lectura de un libro. Ortega Smith, al lado de Ignacio Garriga, el diputado negro de Vox, y concentrado apaciblemente en la lectura era como si en lugar de en el Congreso estuviese en casa esperando a un evaluador social.

El resumen es que unas 400 personas siguen celebrando una fiesta de Nochevieja en Castellón y unas 400 siguen celebrando una fiesta de 2018 en el centro de Madrid. Rodeada de policía que, en lugar de disolverla, está allí para protegerla. Este país lleva una actividad tan loca que para soportarla abre 24 horas, no cierra los domingos, decide presidentes en la víspera de Reyes, negocia en Nochevieja; no hay días para tanta movida. Se ha perdido la cuenta de algo que antes se celebraba cada cuatro años y ahora es un no parar, como si a la fiesta de la democracia le siguiese un after que no cierra nunca; no cierra, en España, desde hace dos años, si bien los más veteranos sitúan el inicio del carrusel de sesiones de investidura en 2015, lo que convierte el Congreso de los Diputados en un lugar de culto. Uno de esos sitios en los que, para ser presidente, el candidato ha de hilar tan fino con el resto de grupos que ni la esquina de un folio puede salirse del taco; ni la esquina de un folio ni la esquina de un país.

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Sobre la firma

Manuel Jabois

Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.

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