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Las dos potencias del sur de Europa se dan la espalda

La última cumbre para la inmigración en Malta confirma las dificultades históricas para cooperar entre España e Italia pese a compartir señas culturales y desafíos políticos

La ministra del Interior italina, Luciana Lamorgese, recibe en Roma a su homólogo español, Fernando Grande-Marlaska.
La ministra del Interior italina, Luciana Lamorgese, recibe en Roma a su homólogo español, Fernando Grande-Marlaska. Europa Press

Un hilo común conecta dos desencuentros del pasado reciente entre España e Italia, las dos potencias del sur de Europa. En 1996, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, se apresuró a contar al influyente Financial Times que su homólogo, Romano Prodi, le pidió que España retrasase la entrada en el euro y que lo hiciese junto a Italia, para suavizar los criterios de Maastricht. La anécdota abonaba la imagen de una España avanzada, en disposición de perdonarle la vida a una Italia que no había hecho los deberes para entrar en la unión monetaria. Prodi lo negó con rotundidad. “Aznar me la jugó y contó esa gran mentira”, replicó el italiano a EL PAÍS en octubre de 2018.

Más de 20 años después, la falta de entendimiento entre los dos Estados ha tomado forma de fricción migratoria. La cumbre que celebraron varios países europeos la semana pasada en Malta alumbró un germen de reparto de migrantes rescatados en el Mediterráneo en el que no participa España. El Ejecutivo de Pedro Sánchez considera que la fórmula fue ideada casi exclusivamente para afrontar los problemas italianos.

Ambos episodios ilustran con nitidez la tortuosa convivencia y, sobre todo, la desconfianza que ha caracterizado históricamente la relación hispano-italiana. Pese a la proximidad cultural y la identificación de retos compartidos, Italia sigue considerando impensable tratar como un igual a España y tejer alianzas con sus líderes. En la diplomacia española, por su parte, persiste el convencimiento de que el tantas veces invocado —y nunca materializado— sorpasso económico se acerca y que resulta más rentable pactar con el eje francoalemán que cultivar la relación italiana. “No existen grandes problemas entre los dos países, pero no se ha alimentado la relación entre ambos. Es una lástima porque vamos perdiendo muchas oportunidades. Si Italia y España se juntaran serían un peso en fortísimo en la zona euro”, reflexiona el embajador italiano en España, Stefano Sannino.

El bucle entre Madrid y Roma ha congelado durante años las relaciones sureñas (no se celebra una cumbre bilateral desde 2014) y ha complicado el acercamiento a cuestiones cruciales como la inmigración, que solo puede abordarse conjuntamente. Las relaciones se agriaron en la última etapa del anterior Gobierno italiano, con el protagonismo de Matteo Salvini como cara dominante de la coalición. Tampoco durante el mandato de Matteo Renzi, que mantuvo mala relación con Mariano Rajoy, las relaciones superaron el frío glaciar. En el país transalpino “hay un cierto complejo de ver a un país que antes de 1977 no era democrático y que ahora ha alcanzado a Italia”, opina el diputado del socialdemócrata Partido Democrático (PD) y experto constitucionalista Stefano Ceccanti. “Pero es un error, porque el hecho de que España entrase en el euro empujó a Italia a hacerlo. Y eso ha sucedido con más cosas. No tiene sentido vivir de espaldas esta relación”, apunta Ceccanti, gran conocedor de España.

El nacimiento del nuevo Gobierno italiano y el peso recuperado por el PD en Italia y en Europa, opinan fuentes diplomáticas italianas, abre un nuevo escenario que convendría aprovechar. La semana pasada, el ministro del Interior español, Fernando Grande-Marlaska, se reunió con su homóloga, Luciana Lamorgese. Sucedió solo 10 días después de haber tomado posesión en el cargo y tras 14 meses de incomunicación con su predecesor, Matteo Salvini. Este lunes, el secretario de Estado para la Unión Europea, Marco Aguiriano, mantendrá en Roma un encuentro con el ministro para Asuntos Europeos, Vincenzo Amendola. Entre otros asuntos, abordarán las negociaciones para el próximo presupuesto de la Unión Europea.

Alfonso Dastis, exministro de Exteriores y actual embajador en Roma, cree que este tipo de reuniones abren la puerta a una nueva dinámica de entendimiento. “La relación sigue teniendo margen de mejora. El cambio de Gobierno puede ayudar, pero esperemos que la situación de interinidad no lo frene. Hay que pelear para establecer algo que las condiciones objetivas e intereses comunes dirían que viene dado, pero que no es exactamente así. Ahora veo una oportunidad para que pueda haber otra cumbre bilateral. Dependerá también de cómo vayan las cosas en España”, señala en referencia a las próximas elecciones de noviembre.

Donde más se evidencia esa falta de cooperación, en el tablero europeo, un elemento esencial marca la diferencia. Italia es país fundador del proyecto comunitario (primero en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero; más tarde, en los Tratados de Roma, que aluden de manera elocuente a la capital italiana). España, en cambio, se incorporó en la tercera oleada de ampliaciones, en 1986. Italia no puede dejar de mirar a España como una especie de hermana pequeña, sin trayectoria suficiente para liderar en Bruselas.

Al igual que Dastis, la exministra Ana Palacio aboga por ampliar el espectro de alianzas. “Los intereses de España son variados. Las relaciones con Francia y Alemania son importantes, pero tenemos que cultivar otras. Italia es un caso paradigmático porque tenemos en común el reto del Mediterráneo, aunque en ese ámbito haya también intereses que no son completamente coincidentes”, reflexiona.

Europa no es el único ámbito en el que Italia juega con ventaja. El país mantiene una relación privilegiada con Estados Unidos, en buena medida porque alberga la mayor presencia militar estadounidense en el continente (incluido armamento nuclear). España, por su parte, atesora un vínculo especial con América Latina, aunque le cuesta capitalizarlo en la política comunitaria.

Un diplomático de larga trayectoria se retrotrae a la época de dominación de la Corona de Aragón en el sur de Italia para explicar la rivalidad y el recelo con que los italianos perciben a España. Es la tesis de la historiadora Carmen Iglesias, que cita al también historiador Sverker Arnoldsson para defender que la llamada leyenda negra que persigue a España no germinó en Holanda, sino en Italia. “Son refractarios a cooperar con nosotros. Nos temen y nos empujan hacia abajo”, resume el diplomático español.

El espejismo de la renta por habitante

Antes de los desencuentros más recientes, la relación política entre España e Italia quedó muy marcada por el llamado sorpasso que anunció José Luis Rodríguez Zapatero en 2007. El entonces presidente proclamó este hito en pleno auge del país. Se trató de una ilusión estadística, más tarde corregida por la dureza de la crisis en España, que revisó a la baja las cifras españolas recogidas por Eurostat, la agencia estadística comunitaria. El PIB per cápita, la magnitud que mejor mide la fuerza económica de un país según su peso demográfico, pareció superar en España los niveles italianos.

Vista hoy, la serie solo logró acercar los dos indicadores en ese periodo de bonanza. En la actualidad, la distancia es salvable, pero indiscutible: 25.700 euros anuales per cápita en el caso de España; 29.100 en el de Italia, según cifras de 2018.

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