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Me toca invitar

Entre política y periodismo fluyen intereses solo a veces coincidentes y se producen choques, pero el afecto y 'fair play' permanecían en Rubalcaba siempre en pie

Desde hace no mucho, revisar los whatsapps de un ser querido que no te volverá a escribir se ha convertido en algo menos inusual de lo que uno podría desear ni a un enemigo. Por ello abrir a estas horas el canal con Alfredo, que sigue recibiendo con dos rayitas grises mis mensajes inútiles de ánimo sin que ya nunca se vayan a transformar en azules, es un doloroso ejercicio de pena a quien se ha ido demasiado pronto, demasiado rápido, demasiado sin avisar. “Me toca invitar”, fue uno de los penúltimos mensajes que le escribí para quedar antes de otra ristra de intercambios constantes con los que seguíamos casi al día la política, la amistad y la novela negra.

Rubalcaba era un gran estratega y un gran político, como otros contarán con mucho mejor detalle y profundidad, pero era muchas otras cosas: era una especie de padre espiritual no solo del socialismo, sino de la política en mayúsculas, la que incluye la capacidad de priorizar el sentido de Estado sobre los intereses de partido; era referente de una izquierda sensata, moderada, responsable, de pulsiones de largo alcance y ambiciones solo comparables a las de la población en sentido amplio y global: democracia, educación, feminismo, igualdad, Constitución y Europa eran sus prioridades. Nada había por encima de esto. Pero sobre todo, y por si esto fuera poco, era un amigo que cuidaba estrechamente a sus amigos. Y era un devoto lector.

Es evidente que entre la política y el periodismo fluyen intereses la mayor parte de las veces opuestos y solo a veces coincidentes: la labor del político suele ser actuar e intervenir en la vida pública y eso incluye un manejo de los tiempos y comunicación que no coincide con el de los medios. Nosotros queremos informar, lo mejor posible y pronto. Ellos quieren manejar esos tiempos. Por ello los choques estaban comúnmente servidos, leales cada cual a su oficio, pero tan habituales como la lealtad, la honestidad y, una y otra vez, la amistad. El afecto mutuo y el fair play —él mismo deportista y amante del deporte— permanecían en él como un tentetieso imbatible, tan capaz de tumbarse una y otra vez como de recuperar la forma. Lector compulsivo, informado e informante, pero siempre leal. Leal a los suyos. Leal a la amistad. Irreemplazable, sin duda.

En la última jornada electoral, el 28-A, acertó en todo. No siempre lo logró, pero sí casi siempre; y su opinión y su análisis, siempre, siempre, contenían lo más parecido a la racionalidad, la sensatez y la dimensión poliédrica, pero con norte, que necesitamos. No siempre estábamos de acuerdo, claro, pero en lo importante, en los valores y la corriente de fondo que conectaba toda su actuación, todas sus opiniones, sí. Todos los españoles podíamos estarlo en realidad.

Reviso nuestro chat y hoy solo encuentro afecto, compañía y perlas rápidas e improvisadas que ahora ya son sabiduría. “Me toca invitar”, le dije junto a un icono de sonrisa mientras quedábamos para una cita que ya nunca se cumplirá. Ahora le debo, no una cita, sino un homenaje infinito a su afecto. Y un respeto a su sabiduría.

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