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El futuro aterriza en el pasado

Rivera se descara en un debate de factura moderna y contenido antiguo que apenas alude a Vox

Los candidatos de PP, Pablo Casado; PSOE, Pedro Sánchez; Cs, Albert Rivera; y Podemos, Pablo Iglesias. En vídeo, los momentos más destacados del debate.

No terminaba de encajar la escenografía futurista del plató de TVE con la indumentaria y discurso trasnochado de los pasajeros del Enterprise. Rivera abjuraba del viejo bipartidismo. Sánchez desenterraba la corrupción. Casado hablaba de ETA. E Iglesias, atribuyéndose a su antojo la representación de la gente, estuvo a punto de leernos entera la Constitución del 78.

El líder de Unidas Podemos tanto renegó antaño de ella como ahora la ha convertido en un misal. Y en la hoja de ruta de un debate trepidante no por la pasión ni por las ideas, sino por la compulsividad con que se expresaron los contendientes, como si la referencia del reloj los constriñera a hablar en vertical, incluso a atropellarse con las respectivas propuestas y con todos los recursos del inventario de tertuliaje: el chalé, el Falcon, Bárcenas, la veleta naranja...

No hubo exactamente dos bloques. Sánchez e Iglesias se acaramelaron, expusieron preventivamente el pacto del 29-A, pero fue evidente el esfuerzo con que Rivera, agresivo, faltón, contundente, "presidenciable", quiso distanciarse de un pusilánime Casado. Subordinarlo, reducirlo a un escudero. No solo mostrando la imagen de la detención de Rodrigo Rato a semejanza de un exorcismo, sino relacionando al PP con la política antigua y el liberalismo cobardón.

Caladero conservador

Necesita Ciudadanos pescar en el caladero conservador, sustraerse la ambigüedad de la bisagra, aunque la estrategia de Sánchez, nervioso al principio, incómodo casi siempre en un traje holgado, pero indemne respecto a los peligros que suponía el debate, consistió en desenmascarar "al trío de Colón" y erigirse en el dique del oscurantismo.

Sobrevenía así el esquema megalómano del bien contra el mal, la justicia social contra el liberalismo depredador, aunque las siglas de Vox no aparecieron explícitamente hasta los 65 minutos. Las mencionó Iglesias sin apenas detenerse en ellas, pero fue el presidente del Gobierno quien alertó de los peligros que supone la coalición de la ultraderecha.

Santiago Abascal no estuvo en el debate, que era la mejor manera de ganarlo. Y fue mencionado una sola vez por su nombre y apellido. Los cuatro candidatos coincidieron en eludirlo, no fuera a aparecerse, como Candyman, en el otro lado del espejo, pero Sánchez relacionó a Casado y Rivera con las extravagancias de Vox, incluidas las pistolas domésticas, el modelo de Estado jacobino, el retroceso de la igualdad de género y hasta el revisionismo del Holocausto.

Reviste interés, mucho, el partido de vuelta en Atresmedia. Porque no se han respondido algunas preguntas relevantes. Iglesias no consiguió saber si Sánchez pactará o no con Ciudadanos, del mismo modo que Rivera y Casado eludieron referirse a las alianzas de Vox. Les preocupaba saber si Sánchez indultará o no a los artífices del procés, pero no resolvieron sus dudas.

Son una lástima los minutos de oro. Habría que llamarlos de incienso. Un ejercicio de pasteleo electoral que los candidatos convirtieron en parodia de un monólogo de Capra, mirando a la cámara como quien no pide tanto el voto como una limosna.

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