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DIARIO DE CAMPAÑA OPINIÓN i

Sánchez y Ximo, amor a segunda vista

Allegados y enfrentados, el presidente y el 'president' se necesitan en las elecciones valencianas

Pedro Sánchez y Ximo Puig, en un mitin del Partido Socialista celebrado en Castellón el pasado 12 de abril. Ampliar foto
Pedro Sánchez y Ximo Puig, en un mitin del Partido Socialista celebrado en Castellón el pasado 12 de abril. EL PAÍS

Puede que Pedro Sánchez no fuera presidente sin la mediación de Ximo Puig. Ni que Ximo Puig pueda revalidar la presidencia valenciana sin la inercia de Pedro Sánchez. Un vínculo orgánico, natural, evidente, si no fuera porque la euforia de la victoria encubre el desprecio recíproco.

Procede ahora relativizarlo porque Puig ha sobrepuesto las elecciones autonómicas a las generales consciente de que los humores de la política nacional ejercen un valor terapéutico, propiciatorio, en el desenlace de la política local. A la baronía levantina le conviene el viento de cola de la Moncloa.

Es la razón por la que Puig formalizó un súper 28 de abril. El sanchismo del que el president abjuraba antaño se ha transformado ahora en energía electoral. Y ha permitido reproducir en Valencia el planteamiento refractario a la fórmula tricéfala y trifálica de las derechas, más allá de la movilización decisiva que implica la afluencia de unas generales.

Sánchez es el mejor argumento y recurso político de Puig. Un desenlace sorprendente a una relación desgarrada y titubeante. No pudieron empezar mejor las cosas cuando Puig estuvo entre los barones que ungieron a Sánchez como candidato a la secretaría general del PSOE. Sucedió en un hotel de Madrid. Y condujo la ceremonia... Susana Díaz, precisamente porque el joven Sánchez fue utilizado entonces para bloquear las aspiraciones de Eduardo Madina.

No quería ella todavía colocarse al frente. Y cuando sí lo hizo, Pedro Sánchez decidió emanciparse del sistema y vencerla con el fervor de la militancia. Ximo Puig permanecía entre los susanistas. Formaba parte de los barones territoriales más reacios al líder. Y no era si quiera el candidato de Sánchez a las elecciones autonómicas, pero el president valenciano se ganó el derecho en las primarias. Sobrevino entonces la tregua de la guerra fría y de la conveniencia política.

Puig necesita a Sánchez tanto como Sánchez necesita a Puig, aunque el escenario valenciano aloja sus peculiaridades. Es un territorio muy sensible a la pujanza de Vox. Representa el cráter de la corrupción del PP. Y es la comunidad extracatalana, acaso junto a Baleares, donde más ha prosperado el fervor nacionalista. No por reclamación de los ciudadanos, sino porque la alianza de los socialistas con Compromís en el Gobierno autonómico ha exigido concesiones extremas en propaganda mediática, ensimismamiento cultural y modelo lingüístico.

El nacionalismo inducido proporciona a Ciudadanos un argumento proverbial para dilatar en Valencia el discurso nacional de Rivera. Lo demuestra la contundencia de Toni Cantó en su aversión al soberanismo y en su rechazo a cualquier acuerdo que involucre a los socialistas.

Las elecciones valencianas son más elecciones que valencianas, paradoja o carambola de una convocatoria electoral que rebasa las inquietudes locales para convertirse en un plebiscito personal de Pedro Sánchez mientras Ximo Puig hace las cuentas en la taquilla.

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