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DIARIO DE CAMPAÑA OPINIÓN i

Por qué Vox es un partido peligroso

Eurofobia, antifeminismo, confesionalidad y nacionalismo cuajan la receta de Abascal

Militantes de Vox en un mitin celebrado en Burgos el 14 de abril. Ampliar foto
Militantes de Vox en un mitin celebrado en Burgos el 14 de abril. AFP

¿Y Podemos qué? Impresiona la asiduidad con que los líderes y partidarios de Vox acuden al antagonismo de Pablo Iglesias como criterio de homologación de sus comportamientos cuestionados. Apelaron al antecedente del general Rodríguez para justificar la incorporación de los exoficiales del Ejército, del mismo modo que exhumaron un vídeo propicio de Iglesias para justificar el derecho de custodiar un arma en casa.

Tiene interés el mimetismo porque la sensibilidad de los “voxeadores” se abastece de la necesidad de encontrar un enemigo perfectamente alineado. Criticar sus ideas y comportamientos implica forzosamente votar a Sánchez, amar a Otegi, emprender la yihad, desear la ruptura de España o invocar el comunismo de Iglesias.

Somos muchos los periodistas o los tertulianos que padecimos el acoso exacerbado de Podemos, la intimidación, la exposición pública, el ardor justiciero de la militancia morada. Por eso nos desconcierta que se nos observe ahora como costaleros de Iglesias, aunque el desgaste de aquellas primeras temporadas podemistas ha servido de vacuna para amortiguar la ferocidad de la turbamulta nacional-populista, ultraderechista o como los politólogos quieran llamarla.

El haz populista ha transitado de la extrema izquierda a la extrema derecha. No son movimientos equivalentes, pero proliferan las coincidencias, entre ellas, el mesianismo, la bandera del cabreo, los postulados euroescépticos, la devoción al Estado protector, el recelo a la prensa, la aversión al sistema, aunque el sistema mismo ha domesticado el furor rupturista del que presumía Iglesias antes de ungirse como miembro de honor de la casta.

El escarmiento del providencialismo tendría que haber relativizado el entusiasmo hacia la aparición ecuestre de Abascal, pero la grey ultraconservadora necesitaba un caudillo de resarcimiento, un timonel al que otorgar la misión compensatoria. El péndulo polariza la política española. Expone la sociedad a un vaivén estresante, visceral, milagrero, más todavía cuando el revanchismo de Podemos retroalimenta el ajuste de cuentas de Vox en el terreno inflamable del cainismo ibérico.

Entre el drama y la parodia, Abascal lidera un partido peligroso porque su programa e idiosincrasia dilapidan la convivencia. Primero: combate el nacionalismo catalán desde un nacionalismo español reaccionario, excluyente y hasta folclórico. Segundo: cuestiona el consenso sobre la violencia de género y discute los progresos de igualdad bajo la caricatura del antifeminismo.

Tercero: inculca un modelo confesional invasivo e inspirado en el catecismo que tanto neutraliza el derecho del aborto como discrimina el matrimonio homosexual y abjura de la eutanasia. Cuarto: propaga un discurso eurófobo amparado en el sabotaje de los países del Este y refractario al concepto comunitario de la cesión de soberanía.

Y quinto: la expulsión de 50.000 extranjeros en Andalucía, la erección del muro en Ceuta y Melilla, la dramaturgia tragicómica de la Reconquista, configuran un estado de psicosis que ceba el fantasma de la inmigración e incita una tensión islamófoba y xenófoba.

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