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La virtud del jurista de Europa

Gil Carlos Rodríguez Iglesias fue el primer juez español del Tribunal de Justicia de la UE

Rodríguez Iglesias, tras participar en un seminario en Asturias en 2008.
Rodríguez Iglesias, tras participar en un seminario en Asturias en 2008. EFE

En silencio, sin otra forma de comunicación ya que la ocasional de su inteligente y entrañable mirada, tras una prolongada y dolorosa enfermedad, Gil Carlos Rodríguez Iglesias falleció en Madrid el pasado 17 de enero rodeado del amor de Teresa, su esposa, y de sus dos hijas, Bárbara y Elena. Tenía 72 años.

Rodríguez Iglesias fue asturiano. Nacido en Gijón y criado en Sama de Langreo, estudió Derecho en la Universidad de Oviedo, en su excelente Facultad de Derecho de los años sesenta, al mismo tiempo que ponía a prueba su asombrosa facilidad para el aprendizaje de lenguas. Apenas obtenida la licenciatura en Derecho, Joseph H. Kaiser, el carismático catedrático de Derecho Público de la Universidad de Friburgo de Brisgovia, lo incorporó a su brillante equipo de colaboradores en el Instituto de Derecho Público de esa universidad. Allí tuvo ocasión de poner los fundamentos de lo que ha sido el afán de su vida, el Derecho de la Unión Europea. Y allí mismo, en mi condición de becario en el seminario de Konrad Hesse, tuve el privilegio de trabar con él una amistad nunca interrumpida.

Hizo su vuelta a la universidad española de la mano de Manuel Diez de Velasco, maestro en lo académico y compañero en la judicatura europea. Pionero junto a otros pocos en el fomento y la difusión en España del Derecho europeo, ya en 1974 estuvo en la fundación de la entonces Revista de Instituciones Europeas, que más tarde dirigiría. En los cortos años que llegó a ocupar efectivamente la cátedra de Derecho Internacional Público en la Universidad de Granada formó un extraordinario grupo de profesores de esa disciplina, varios de ellos maestros ellos mismos en el Derecho de la Unión. Incorporada España a las Comunidades Europeas, Rodríguez Iglesias es el primer juez español en su Tribunal de Justicia. Apenas ocho años más tarde, por elección de los propios jueces, es nombrado presidente del mismo tribunal, siendo reelegido en dos ocasiones, hasta su salida del tribunal en 2003. En Europa será siempre el presidente Rodríguez Iglesias.

Con esa impresionante hoja de servicios regresó a España, a su quehacer universitario de origen, incorporándose a una de las cátedras de Derecho Internacional Público de la Universidad Complutense de Madrid. Compatibilizó la labor universitaria con el puesto de director en el Real Instituto Elcano. Tomó de las manos de Eduardo García de Enterría la presidencia de la Asociación para el Estudio del Derecho Europeo. Y tuvo muy importantes reconocimientos, tanto académicos como cívicos. Dicho todo esto, queda la fundada sospecha de que, a su regreso de Luxemburgo con apenas 57 años, su país pudo haber hecho un uso más inteligente de sus excepcionales capacidades. Ocasiones no faltaron.

Si existiera el título de Jurista de Europa, a Gil Carlos Rodríguez Iglesias le cuadraría como a pocos. Y si hubiera que dar un ejemplo de virtud en su más antigua y noble acepción no dudaría un segundo en citar su nombre. En él han coincidido una indiscutible solvencia profesional, científica y judicial, y una incondicional integridad. Su ejemplo puede guiarnos en la búsqueda de las virtudes del patriotismo constitucional, del patriotismo europeo y desde luego del patriotismo a secas. Dicho simplemente, con Gil Carlos Rodríguez Iglesias hemos perdido a una personalidad europea y española. Descansa en paz, amigo.

Pedro Cruz Villalón ha sido presidente del Tribunal Constitucional y Abogado General en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Es presidente de la Asociación española para el Estudio del Derecho Europeo (AEDeur).

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