Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Los 35 días que acabaron con Cifuentes

Una maraña de vendettas e intereses cruzados en el submundo de la comunicación y la derecha madrileña rescató el turbio pasado de la expresidenta para fulminar su carrera

Cristina Cifuentes, el pasado miércoles tras anunciar su dimisión como presidenta de la Comunidad de Madrid. En vídeo: Cronología del caso máster.

El mirlo Cristina Cifuentes no era blanco. Era común, negro y con un pasado turbio como el de decenas de políticos del PP de Madrid de los últimos 23 años, cuando ese partido se alzó de aquella manera con el poder de las principales instituciones de una de las regiones más importantes y mediáticas de España. En el fulgurante y estrepitoso suicidio político de Cifuentes han tenido mucho que ver sus mentiras y autoengaños, han sido determinantes un máster regalado y un vídeo chusco en las entrañas de un híper en Vallecas donde se la ve destripando de su bolso dos cremas antiarrugas que no había pagado por valor de 43 euros, pero resultan menos evidentes las crudas vendettas de grupos mediáticos y políticos ligados a lo más tenebroso de la derecha madrileña. Hay denuncias de corrupción, escándalos, extorsiones y amenazas muy directas. Un puzle que ha estallado y destruido hasta lo más íntimo de la vida pública y privada de una dirigente llamada hace apenas dos meses a disputar la sucesión de Mariano Rajoy.

Este viernes pasado, a las 14.10 horas, Cifuentes reunió a los miembros de su equipo y colaboradores de estos tres últimos años al frente de la Comunidad de Madrid en la antesala de su antiguo despacho lleno de orquídeas en la Puerta del Sol y se despidió. Era un día caluroso. Fue un último discurso de agradecimiento. Y de cierre de una etapa convulsa y al final demoledora. Por la tarde envió una carta a la secretaria general del PP, su amiga Dolores de Cospedal, en la que le comunicó su renuncia irrevocable también a la presidencia madrileña del partido. Se quedará en el escaño, como una más de los 48 diputados del PP, y será aforada.

Apenas 48 horas antes se había visto forzada al fin a digerir su marcha tras aparecer Cospedal por Sol, sobre las 11.00 horas del miércoles, con un mensaje inequívoco de La Moncloa: “Tienes que dimitir”. Luego ella justificó que ya tenía programada esa salida hacía días para exhibirla justo después de los actos institucionales del 2 de mayo, festividad de la Comunidad. En su equipo esgrimen que ese discurso llevaba una semana redactado. Consejeros de su gobierno e importantes cargos del PP confesaron, sin embargo, que de eso se enteraron ese día y en la rueda de prensa.

Rajoy tenía que llegar ese miércoles una hora más tarde al Congreso para el debate de las enmiendas a la totalidad del presupuesto para 2018 y quería entrar con la cabeza cobrada de Cifuentes. Antes de aparecer en el hemiciclo rescató sus frías maneras de ejecutar antiguos colaboradores que ya no le sirven como hizo con Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Gabriel Elorriaga, Rita Barberá, Francisco Camps o Pedro Antonio Sánchez. “Ha hecho lo que tenía que hacer. Su dimisión era obligada. El PP abre ahora una nueva etapa”, declaró mecánicamente el presidente. El vídeo revelado esa mañana temprano por la web Okdiario del hurto de dos cremas faciales Olay en el super Eroski de Puente de Vallecas había conmocionado el resto de paciencia que aún le quedaba a Rajoy. Que no era mucha.

El presidente del Gobierno y del PP había soportado durante 35 días las diferentes y difusas explicaciones que Cifuentes le había proporcionado, en privado y en varias charlas por teléfono, sobre su máster de Derecho Público del Estado Autonómico en la Universidad Rey Juan Carlos, dependiente precisamente de la Comunidad de Madrid. En esas conversaciones, algunas incluso durante un viaje oficial a Argentina, Rajoy le pedía explicaciones sobre el máster, escuchaba y le aconsejaba: “Vamos a esperar, aguanta y ya hablamos”. No quería que Ciudadanos se cobrase esa pieza tan clave fácilmente, porque además podía resultar otra decapitación política injusta. Pretendía soportar la presión hasta casi el plazo final para la tramitación de la anunciada moción de censura para el 7 de mayo y transmitir alguna responsabilidad de lo que pudiera suceder, y de un gobierno en Madrid del PSOE con “los radicales de Podemos”, al partido de Albert Rivera.

La jugada era esa pero no salió. El vídeo que revelaba una posible patología cleptómana de la persona que él nombró delegada del Gobierno y jefa de la policía en Madrid en 2011, por consejo de Cospedal, se le atragantó como insoportable. Bajo el dedo y sentenció a Cifuentes.

Pero el hundimiento de Cifuentes es revelador de mucho más que el brutal ocaso de una dirigente a la que se promocionó como la regeneradora de la charca de ranas corruptas que dejó en herencia el demoledor tándem de Esperanza Aguirre e Ignacio González, una era que arrancó en realidad con el tamayazo, aquel verano de 2003.

El socialista Rafael Simancas sumó tras aquellas elecciones autonómicas 56 diputados de la izquierda frente a los 55 de Aguirre pero el día de la constitución de la mesa que debía regular las votaciones en la Asamblea de Madrid le florecieron dos tránsfugas y ya luego lo perdió todo. Cifuentes ya era entonces una diputada del grupo popular a la que tanto Alberto Ruiz Gallardón, Aguirre como luego González siempre relegaron a puestos decorativos en la mesa del parlamento regional o en el aparato del partido. Vistosa pero irrelevante. La despreciaban.

Fue en esos años cuando Aguirre depuró todo el pasado que oliese a Gallardón y delegó su mano derecha y la izquierda en sus dos controvertidos vicepresidentes, Ignacio González y Francisco Granados, y se rodeó por un reducido grupo de consejeros de su confianza que salieron prácticamente todos escaldados: Manuel Lamela, Juan José Güemes, Alberto López Viejo, Lucía Figar, Salvador Victoria. La mayoría están imputados por escándalos y Granados y González han pasado ya por la cárcel.

La expresidenta, sin embargo, todavía pretende que quede para la posteridad su famosa exculpación: “Solo dos de los 500 cargos que nombré en mis 33 años en política me han salido rana”.

Fue en esa época cuando Granados auspició la creación de la famosa gestapillo local, como intentó menospreciar Aguirre a esa banda de ex agentes de policía a sueldo de su Consejería de Interior, destapada por EL PAÍS y creada para espiar a compañeros y rivales internos en el partido en vísperas del complicado Congreso Nacional del PP en Valencia en 2008, cuando intentaron fraguar una candidatura alternativa a la de Rajoy. Fue en esos años cuando se gestó y descubrió la Gürtel, más tarde Púnica, luego Lezo, los pelotazos del Canal, el superático de Estepona...

Y mientras, Cifuentes pasaba esos mandatos, perdida, con un buen salario y sin poder ejecutivo alguno hasta el verano de 2011, cuando un antiguo amigo de la Universidad Complutense y del PP, Dionisio Ramos, le recomendó que aprovechase su tiempo libre para sacarse un máster. Ramos, un auténtico conseguidor de profesión en círculos del PP, fue vinculado en su momento al tamayazo y obtuvo el mismo máster de Cifuentes en la Rey Juan Carlos. Cifuentes fue testigo en su boda.

Pero el pasado 21 de marzo eldiario.es tituló su exclusiva: “Cristina Cifuentes obtuvo su título de máster en una universidad pública con notas falsificadas”. A partir de ese momento la ya expresidenta madrileña entró en una dinámica de errores, escondites, embustes, olvidos y explicaciones contradictorias que socavaron a velocidad exprés todo su prestigio y su salud.

El día anterior Cifuentes tuvo que comparecer precisamente ante la comisión que investiga en el Congreso la financiación ilegal del PP. Llegó nerviosa. Tras la complicada sesión se marchó a comer con parte de su equipo. Ya le dolía insoportablemente la cabeza, como le sucede en situaciones de estrés tras el accidente que sufrió cuando iba en moto en el verano de 2013 que la mantuvo en coma y en la UVI del hospital La Paz casi un mes entre la vida y la muerte. Esas migrañas no la han abandonado en estos 35 días de martirio que ha padecido desde entonces. Su responsable de prensa recibió entonces una primera llamada de la redactora de eldiario.es que descubrió el escándalo para contrastar varios datos. Cifuentes ya no estaba disponible para recabar información, porque se había marchado a su casa a recuperarse, y su colaboradora pidió más tiempo. El director de eldiario.es, Ignacio Escolar, asegura que se realizaron hasta cuatro llamadas durante toda esa jornada y que ante la falta de respuestas tiraron para adelante. Tenían suficiente.

Ausencias y jaquecas

Al día siguiente, en Sol, se montó un minigabinete de crisis sin Cifuentes en el que se encargó al consejero de Educación, Rafael van Grieken, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad Rey Juan Carlos, las primeras gestiones ante ese centro. Llamó y pidió las notas de la alumna Cifuentes. En la Comunidad tardaron en reaccionar hasta tener todos los papeles que mandó el rector, Javier Ramos, y se plantearon citar a toda la prensa. Pero no lo hicieron. Cifuentes seguía desaparecida, con jaquecas y optaron por enviar un comunicado, los citados documentos y dar dos entrevistas muy seleccionadas (Onda Cero y 13TV). Esa noche la expresidenta colgó desde su despacho un vídeo en el que con un tono cantarín vaticinó en sus redes sociales: “¡No me voy, me quedo, voy a seguir siendo vuestra presidenta!”.

Las siguientes investigaciones periodísticas, de la propia universidad y las declaraciones de varios afectados ante la policía acabaron destrozando todas las excusas. Cifuentes aseguró a su entorno que había buscado en casa y en su despacho, que no encontraba su trabajo de fin de máster y que tenía muchas lagunas sobre ese curso universitario. Rechazó desde el principio el consejo que le dieron de dimitir. Se atrincheró y evitó a los medios.

Con la estrategia del ventilador se empezó a filtrar que otros políticos, locales y nacionales, de distintos partidos, también habían manipulado sus currículos. Que el jefe del maldito máster tenía montado allí su chiringuito, que el rector pretendía salvar su achicharrada espalda. En la obsesión por buscar fuego amigo hasta en los estertores del CNI y de La Moncloa se sospechó de la insistencia de una funcionaria de la universidad que llamaba mucho para que Cifuentes fuera a recoger en persona y con su estampa en noviembre pasado su título del máster, con las notas ya corregidas dos años más tarde. Y durante la Convención Nacional del PP, allí en Sevilla y quitando el foco a Rajoy, se propagó una información de El Mundo que achacaba todo el caso al despecho de un profesor socialista de ese centro, Salvador Perelló, cabreado con varias tropelías universitarias. El propio Perelló y también Ignacio Escolar desmintieron más tarde que esa fuera la única fuente de su investigación.

Rajoy, animado por Cospedal, intentó creer a Cifuentes y usó algunos de sus argumentos. Así durante 35 días. Así hasta la madrugada del pasado miércoles. A las 2.30 un periodista de Okdiario llamó a su amiga la viceconsejera de Presidencia de la Comunidad de Madrid y la alertó. Esta avisó a su jefe, el consejero Ángel Garrido, que acabó localizando a las 3.30 a la jefa de gabinete de Cifuentes. No hubo antes ningún contacto directo.

En el vídeo se ve nítidamente a Cifuentes ese 4 de mayo de 2011, en plena campaña electoral de unas elecciones autonómicas, retenida 45 minutos en una salita de seguridad del Eroski que hay a 100 metros de la Asamblea, negando varias veces al empleado que la descubrió que ella se hubiera metido dos cremas en su bolso sin pagar. Luego llegó a un acuerdo, rebuscó monedas en el bolso y saldó su deuda. Creyó el tema un problema menor, olvidado y superado, como dijo este miércoles al anunciar su renuncia.

En esa su primera despedida afirmó que no le extrañaba lo que le había pasado porque ya había sufrido extorsiones en el pasado. No quiso señalar a ningún fuego amigo culpable de todo dentro del PP, pero sí concluyó que nada de lo que le ha sucedido puede ser casual y que su cruzada anticorrupción para limpiar las etapas de Aguirre, González y Granados, sus denuncias a la fiscalía por el caso Inassa, Canal de Isabel II y Campus de la Justicia y sus enfrentamientos con grandes empresas constructoras (OHL y Ferrovial) le habían pasado factura. Demasiados frentes cruzados.

También arguyó que el vídeo no era nuevo y que ya lo habían intentado vender en el pasado a varios medios, aunque en aquel momento sin pruebas. En una entrevista en TVE, hace dos años, la misma Cifuentes negó públicamente enfadada que alguien estuviese chantajeándola con esas imágenes sobre su cleptomanía y lo hizo delante del periodista Manuel Cerdán, que ha firmado ahora la exclusiva del vídeo en Okdiario.

Amenazas desde el Canal

Lo que sí hizo en 2016 fue comentar a uno de los más altos cargos policiales que había conocido en su etapa de delegada del Gobierno en Madrid que el exdirector de seguridad del Canal de Isabel II, Luis Miguel Garrido, había amenazado al consejero Ángel Garrido y presidente de ese organismo cuando éste le despidió: “Vosotros veréis, pero tengo muchas grabaciones privadas de Cifuentes con González”. Nunca presentó una denuncia formal ni pública. Sí anunció una querella y echó en falta apoyos y muestras de solidaridad feministas cuando Granados soltó ante un juez que ella y González habían tenido una relación sentimental.

Asqueada de la charca de Aguirre, distanciada a muerte de Granados que siempre le pareció un golfo y tras la ruptura con González, Cifuentes tomó el mando de la Comunidad en junio de 2015 con 51 años y mucho recorrido, creía que sin ataduras y con dos eslóganes: en su proyecto “no tendrían cabida los corruptos” y había llegado “para cambiar las cosas, no para estar”. Aprovechó la operación limpieza que emprendió en el Canal de Isabel II para presentar una denuncia en la Fiscalía Anticorrupción por algunas actuaciones y en concreto por la compra de empresas filiales infladas en Latinoamérica (Inassa y Emissao), lo que derivó en el caso Lezo y en la imputación, entre otros, de Edmundo Rodríguez Sobrino, hombre de confianza en el Canal de González y luego consejero de La Razón.

Este viernes, ante su equipo y el personal empleado en Sol, la expresidenta Cifuentes se lamentó en su despedida de que todas las horas y noches sin fin gastadas para mejorar en tres años la gestión de la Comunidad de Madrid quedasen empañadas por un “linchamiento mediático sin precedentes” que no han sufrido en España “ni delincuentes como el Dioni ni otros que se han llevado el dinero a Suiza”. No dio nombres e intentó no emocionarse. Al que sí se le saltaron las lágrimas fue a su escudero Ángel Garrido.

Disputa cruenta por los lectores de la derecha

J. C., Madrid

Las investigaciones y denuncias sobre las actividades en el Canal de Isabel II y la labor de Edmundo Rodríguez Sobrino, exconsejero y de La Razón, abrieron a Cristina Cifuentes otro frente de guerra más, que resultó especialmente duro y desagradable. El cese y la imputación de Rodríguez Sobrino la enemistó con parte de la cúpula del grupo Atresmedia, relevantes de sus periodistas y muy en particular con Mauricio Casals, presidente de La Razón, adjunto a la dirección de ese conglomerado mediático y al que se conoce en Madrid como El príncipe de las tinieblas. Ese proceso, en el que se pudieron escuchar grabaciones de amenazas y graves insultos, acabó archivado, por temor de Cifuentes y su equipo a tirar hasta el final de la manta y por el escaso interés investigador en la Audiencia Nacional. Los intentos posteriores para negociar una tregua con representantes de esos medios han resultado peor que infructuosos.

Esa cruenta batalla no ha terminado y se ha mezclado justo ahora, con ocasión del vídeo en el Eroski, con acusaciones en varios medios contra el presidente, propietario y director de La Gaceta y de Intereconomía, Julio Ariza, como responsable de esa filtración por su amistad que él confirma con el director de Okdiario, Eduardo Inda. Ariza niega esa actuación, acepta que le llegó material nunca sustentado de robos relacionados con Cifuentes en colegios mayores y asume su identidad ideológica total y de derechas con Aguirre frente a la más progresista de su sucesora. También argumenta su mala relación con otro de los señalados por esa filtración con criterios empresariales: “Con Ignacio González nos llevamos fatal, a muerte, porque nos bloqueó todos los acuerdos de publicidad institucional y porque en la lucha de lectores de la derecha no se puede facilitar y tener como hizo él una relación especial con Casals y con nosotros”.