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OPINIÓN

Una balada de amor en el rock duro de Podemos

La euforia que irradian Montero e Iglesias ha provocado una subida en la glucosa de sus militantes

Iglesias y Montero, el pasado noviembre en el Congreso.

Ya puede decirse que Irene Montero y Pablo Iglesias son pareja sin incurrir en comportamientos machistas. Ellos mismos autorizan la divulgación del maridaje desde el momento que han anunciado la buena nueva de los mellizos. Se ha formalizado la relación conyugal con la noticia del embarazo. Y ha invadido de gozo a la familia podemista, no ya porque la felicidad de los líderes es la dicha de todos, sino porque la fertilidad implica una alegoría política del porvenir. Cuando Podemos titubea, se desmaya en las encuestas y se aferra a la nostalgia de la calle la procreación, traslada a la feligresía una bocanada de optimismo. Supone un mensaje de Epifanía que acaso aspira a la creación de un linaje, de una república hereditaria, de una familia sagrada.

Es una tradición de los hiperliderazgos relacionar los avatares propios con el bienestar de los proyectos. Susana Díaz hizo de la maternidad un argumento de campaña como Berlusconi hizo de la promiscuidad una metáfora de la capacidad fertilizadora. Si el líder es feliz, el partido está contento, de forma que la euforia que irradian Montero e Iglesias ha provocado una subida en la glucosa de sus militantes y simpatizantes —como Juan Carlos Monedero, al que se le ha puesto "una enorme sonrisa" y se siente "como si fuera tío— y les ha proporcionado una tregua de entusiasmo entre sus rivales políticos, de la que, por cierto, no se han abstenido participar algunos periodistas sentimentales.

Ya dicen los amantes del heavy metal que las mejores baladas las componen los rockeros más duros e iconoclastas. Irene Montero y Pablo Iglesias militan en Extremoduro, pero se edulcoran como Sergio y Estíbaliz en la escisión sentimental de Mocedades. Capitulan de su beligerancia verbal para exponerse achuchables.Y se humanizan como tipos entrañablemente débiles. Porque humanos son. Y porque habrán temblado como monaguillos en el monitor de la primera ecografía. “Van a ser padres, van a tener mellizos”. ¿Qué significa la política delante del misterio de la vida?

Puede que Podemos sea un partido revolucionario y rompedor, pero convence mucho más en su dimensión almibarada. Ni siquiera Méndez de Vigo hubiera sido tan cursi o redicho en el trance de notificar a la sociedad española el acontecimiento de un inminente natalicio. Irene Montero ha expuesto su doble maternidad con sensibilidad y sensiblería, y lo ha hecho en el paredón capitalista de Facebook, aunque estas observaciones garantizan al autor del artículo, servidor de ustedes, una persecución en las redes sociales y un sambenito de machista, escudo protector que se dilata hasta despojarlo de sentido cada vez que la susceptibilidad del prójimo no encuentra acomodo a argumentos más solventes.

Pablo e Irene, y viceversa, deciden cuándo puede airearse la colusión política de vida privada —Aznar y Botella— y cuando debe preservarse la propia, de tal manera que su relación de pareja se conocía implícitamente, pero se contenía públicamente a un ejercicio de insólita disciplina informativa. Y terminaba asumiéndose que no procedía hablar de nepotismo. Y concluyéndose que no existía conflicto de intereses en la evidentísima relación de poder compartido.

Semejante peculiaridad o anomalía no quiere decir que Irene Montero no haya reunido méritos suficientes para encumbrarse ni haya eludido el ortodoxo fervor plebiscitario -los militantes la colocaron donde está-, pero tanto ella como su pareja -ahora sí es ortodoxo el término- han establecido a su antojo las reglas del escrúpulo y las razones de la represalia. Cualquier alusión al vínculo sentimental aseguraba un desgaste superior al de cualquier batalla política.

La noticia de los mellizos sobreviene en un momento crucial de Podemos, hasta el extremo de haberse declarado intramuros el debate de la cuestión sucesoria, especialmente si los resultados en los comicios municipales, autonómicos y europeos de 2019 confirman el deterioro de las encuestas y la necesidad de un revulsivo. ¿Accedería Pablo Iglesias a abdicar en su pareja? ¿Se convertiría él mismo en alegoría de la conciliación y en abnegado padre?