LA CARA DE LA NOTICIA

Irene Montero, el plan B de Podemos

La controvertida política se consolida como alternativa al 'pablismo' al cumplir los 30 años

Costhanzo

Más que la compañera sentimental de Pablo Iglesias, Irene Montero (Madrid, 1988) es la heredera al trono de Podemos. La cuestión es cuándo se producirá el traspaso de poderes. Y no por motivos emocionales y personales, sino por razones políticas. El deterioro de Iglesias en el liderazgo de la formación morada consolida la credibilidad y reputación de Montero en la inercia del “empoderamiento feminista”, aunque es verdad que el jefe de filas aprovechó el debate del 14 de marzo sobre las pensiones para matizar la jerarquía y postergar las especulaciones regicidas. Iglesias, por si dudas hubiera, era el one. Y no iba a desaprovechar el argumento hipersensible de los jubilados cabreados, más aún siendo protagonistas de unas movilizaciones multitudinarias que devolvían a Podemos la nostalgia de la calle, del megáfono y de la indignación.

Fue el movimiento 15-M la epifanía de Montero, el estímulo providencial a un activismo que empezó a naturalizar desde que cumplió los 16 años. Había decidido militar entonces en las Juventudes del Partido Comunista, oriunda ella del cinturón obrero de la M-30, hija única de un matrimonio currante, lectora precoz de Gramsci y estudiante de sobresaliente en el colegio Siglo XXI.

Es la contrafigura absoluta de Rajoy: otro género, otra edad, otra cultura. Quizá su rival en próximas elecciones

El centro lo erigió en los años sesenta un grupo de padres no ya refractario a la dictadura franquista, sino sensible a un modelo anticapitalista, abierto, laico, popular que renegaba de los principios jerárquicos y competitivos de la educación tradicional. Estaba decantada Montero hacia la rebeldía y la insumisión, independientemente de la remota defunción del caudillo y de la caída del muro de Berlín: se desmoronaba el comunismo un año después de haber nacido la portavoz de Podemos. Y quien dice portavoz dice portavoza, un desliz verbal que Irene Montero, castiza, chuleta, recicló en debate nacional sobre la discriminación del lenguaje. Y sobre la ubicuidad del machismo. Demostró entonces más habilidad e instinto político de los que ha acreditado en la propuesta de referéndum sobre la prisión permanente revisable. Aludió a ella el pasado 13 de marzo con más improvisación que criterio. Y se vio forzada a rectificarla y rectificarse. Resulta que la cultura asamblearia de Podemos discrimina las zonas de excepción de los derechos humanos y excluye la madurez de la sociedad respecto a su cualificación de los debates calientes .

Ya se ocuparon de hacérselo pesar sus rivales. Fuera de Podemos, y más todavía dentro de Podemos, pues la figura de Irene Montero desarrolla adhe­siones explícitas y aversiones implícitas desde el trauma a la candidez que supuso hace un año el congreso de Vistalegre. Fue entonces cuando la militancia la elevó a la máxima jerarquía de Podemos y cuando se produjo la derrota del errejonismo. Se dividía la gran familia morada. Se rompía el buen rollo de la pandilla. E Irene Montero, revestida de poder, transustanciada en Lady Macbeth, era más partidaria de llevar la purga al extremo que propensa a dejar supervivientes. Incluida en el gran caldero del sacrificio la mujer que había diseñado la arquitectura del proyecto político: Carolina Bescansa.

Pueden entenderse los recelos con que observan a Montero los diputados que han sido degradados a los asientos de la retaguardia. La describen como implacable, dura, despiadada, osada, rencorosa. Y le reconocen su abnegación, su perseverancia, su perfeccionismo, cualidades estas últimas que la número dos vincula a su condición de hija única y que redondean su transformación en animal político.

La mutación le sorprende con 30 años recién cumplidos y recubierta de atribuciones. Montero es la portavoz de Podemos en el Congreso, pero además es la vocal del partido en la diputación permanente, en la comisión constitucional, en la comisión de Interior y en la comisión de control de los gastos reservados. Queda así remunerada la actividad parlamentaria con un sueldo de 6.441 euros. Tres veces más del que establece el código ético de Podemos, aunque el propio régimen de la formación invita a sus cuadros a la donación de las cantidades excedentes en el compromiso de la ejemplaridad y de la solidaridad.

El movimiento 15-M fue su epifanía, el estímulo a un activismo que empezó a naturalizar a los 13 años

El Congreso de los Diputados, al cabo, ha proporcionado a Montero su actividad profesional más estable. Una diputada muy precoz (tenía 27 años). Y una militancia en Podemos que se remonta al año 2014, cuando Iglesias la reclutó después de haberse curtido en la Plataforma Afectados por la Hipoteca (PAH) y de haber expuesto sus facultades mediáticas en La tuerka.

Fueron las maneras en que pudo canalizar la indignación del movimiento 15-M y de conducir la aversión al sistema, aunque Montero no proviene de la casta de Políticas, sino de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma. Vivió en Chile una temporada. Aprendió a cocinar lentejas. Y aprendió menos a convivir con la soledad. Le tiene miedo Montero.

Lo confesaba en una entrevista a la revista Fashion & Arts, poco ortodoxa y bastante elocuente respecto a la idea del rencor —“soy capaz de perdonar, pero de olvidar, no”— y respecto a los gustos personales. Su película favorita la rodó José Luis Cuerda (Amanece que no es poco), sus canciones predilectas las canta Manel, y sus momentos de ocio coinciden con el triángulo de cualquier urbanita: Spotify, Netflix y HBO, aunque Montero también dedica tiempo a la lectura y razones de mitificación a García Márquez, José Luis Sampedro y Gioconda Belli, cuya Mujer habitada aloja una rebelión contra el machismo dominante en tiempos de Somoza.

Quizá le han faltado a Montero gigantes o molinos de mayor tamaño que Rajoy en términos de épica y de coyuntura histórica. Ella misma es la contrafigura absoluta del líder popular —otro género, otra época, otra cultura, otra edad—, su némesis y acaso su rival en futuras elecciones. Dependerá de Iglesias y de su sensibilidad a la abdicación, especialmente si los comicios de 2019 —europeas, autonómicas, municipales— resultan adversos y exigen el remedio de un estímulo providencial, ahora que Montero se postula como remedio al heteropatriarcado.

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