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El Rey y Puigdemont coincidirán el jueves en un acto en Girona

Felipe VI y el presidente catalán se verán en uno de los momentos más tensos del ‘procés’

Forcadell, Puigdemont, Junqueras, Felipe VI y Sáenz de Santamaría en el Mobile World. Ampliar foto
Forcadell, Puigdemont, Junqueras, Felipe VI y Sáenz de Santamaría en el Mobile World.

Han coincidido en el Auditori Palau de Congressos de la ciudad muchas veces con motivo de los Premios Princesa de Girona, como sucederá el día 29, según han confirmado fuentes de la Generalitat a EL PAÍS. Con Carles Puigdemont como alcalde de Girona y como presidente del Gobierno catalán. Con Felipe de Borbón como príncipe y como rey. Y aunque la cordialidad ha presidido estos encuentros, nunca han sido fáciles.

Por una parte, Girona es la ciudad con mayor sentimiento independentista de Cataluña. De sus 25 concejales, 18 lo son y su alcaldesa, Marta Madrenas (PDeCAT), que también acudirá al acto de entrega de los premios con el Rey, forma parte de la ejecutiva de la Associació de Municipis per la Independència y presume de que la ciudad es “pal de paller [piedra angular] del camino hacia la República catalana”.

Por la otra, y aunque el conflicto ya estaba muy desarrollado cuando Felipe VI llegó al trono y Puigdemont al Palau de la Generalitat, uno es el símbolo del Estado y el otro representa el impulso desagregador del Estado, conocido como procés, iniciado en 2010 cuando el Tribunal Constitucional tumbó varios artículos del Estatut aprobado por el Parlamento catalán ante el recurso del PP.

Sin embargo, ahora este cruce, que se producirá en el acto de entrega de los galardones, ocurre en un momento de máxima tensión entre la Generalitat y el Gobierno central. En la recta final del desenlace del pulso por el referéndum independentista, que el propio Puigdemont anunció para el póximo 1 de octubre con la pregunta: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de República?”.

El Rey y Puigdemont confluyen en Girona en un contexto a punto de entrar en ignición. Con la Operación Diálogo auspiciada por el Gobierno para evitar el choque de trenes que “no ha llevado a ningún lugar”, según la conclusión del Instituto Elcano, cuya presidencia de honor ostenta Felipe VI. Con Artur Mas y los exconsejeros Francesc Homs, Irene Rigau y Joana Ortega condenados por desobediencia al haber permitido el referéndum de 2014. Con el asedio de la Fiscalía General del Estado a la Generalitat para impedir otra consulta ilegal en Cataluña. Y sin más salida para la Generalitat que la pendiente del tobogán hacia un intensivo 11 de septiembre cuya presión se ha previsto que estalle el 1 de octubre.

Tras el desencuentro entre La Zarzuela y la Generalitat en enero de 2016 por la negativa a recibir a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, para realizar de forma presencial la comunicación de la investidura de Puigdemont, el Rey optó por enfriar la inflamación. El perfil bajo se impuso con el eco de fondo del discurso que Felipe VI había pronunciado el 13 de noviembre de 2015 interviniendo directamente en la crisis un día después de que el Tribunal Constitucional suspendiera la declaración independentista aprobada por el Parlamento catalán: “La Constitución prevalecerá, que nadie lo dude”.

Desde entonces las visitas del Rey a Cataluña disminuyeron casi a la mitad y sus intervenciones eludieron la fricción, mientras que Puigdemont se ha mantenido reivindicativo en los escasos actos en los que han concurrido con posibilidad de discurso. Este año Felipe VI solo ha estado en Cataluña en dos ocasiones, aunque una de ellas, con tres actos, transmitía sensaciones de desembarco. El discurso que el Rey pronunció el año pasado en Girona, unos días después de las elecciones generales, estaba afectado por este perfil bajo respecto a la cuestión catalana. ¿La soslayará ahora con una aplastante presión ambiental que puede llevar a la convocatoria del referéndum o a la declaración unilateral de independencia en el Parlament?

La situación actual, con todos los puentes volados entre el Gobierno central y la Generalitat (y sin mucho margen de maniobra para evitar el rumbo de colisión), compone un escenario de emergencia en el que la figura del Rey cobra una relevancia extraordinaria, como acaso en otras circunstancias excepcionales muy diferentes le ocurriera a su padre, Juan Carlos I, el 23 de febrero de 1981.

Fracaso político

La mayoría de los españoles, según Metroscopia, considera que el Gobierno no ha sabido manejar de forma adecuada esta crisis (el 96% en Cataluña y el 77% en el resto de España). Ese fracaso político para resolver la tensión territorial entre el Gobierno central y la Generalitat sitúa a Felipe VI en una posición ineludible, en facultad de sus atribuciones constitucionales.

Aunque su función arbitral y moderadora del funcionamiento regular de las instituciones parece restringida a su caracter permanente frente a las contingencias electorales, entre el Gobierno central y la Generalitat de Cataluña existe una crisis cuya gravedad se intensifica y pone el foco sobre el Rey, que es la instancia que nuclea la unidad del Estado.

Los Premios Princesa de Girona, de cuya fundación el presidente catalán es vicepresidente, son el marco propicio para un discurso del jefe del Estado impregnado de la realidad de un problema que la política no ha resuelto y cuyas consecuencias pueden ser sombrías para España. Si el encuentro entre el Rey y Puigdemont no constituye una oportunidad en el límite para el diálogo, al menos puede servir para constatar que ya no hay vuelta atrás.

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