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Caso Gürtel

Madrid Vice

Crespo se devaluó ayer a personaje muy secundario, pero tiene un apasionante pasado de justiciero contra el narco en Galicia

Crespo, a su llegada a la Audiencia Nacional.
Crespo, a su llegada a la Audiencia Nacional.

El abogado de Pablo Crespo es Miguel Durán, que es ciego, y con esto ni una broma, claro. Pero es que ayer era su cliente el que no veía, o no quería ver. Toda la sesión de ayer del juicio Gürtel giró sobre lo visto y no visto. El propio Durán intervino varias veces para recordar las dificultades que afronta por su condición, aunque subrayó que como muestra de buena voluntad no ha hecho uso de todas sus prerrogativas, como que le traduzcan todo en idioma de invidentes, pero que podría hacerlo. Dentro del tema, la jornada también versó sobre lo virtual y lo real, porque en un conflicto muy familiar para los periodistas hubo una gran pelea entre el papel y lo digital. Crespo aseguraba que no era capaz de comprender lo que se veía en la pantalla, y pedía la versión de papel. Y eso que tenía delante un plasma gigante donde en cualquier bar se vería un fuera de juego dudoso desde el fondo de la barra. También el juez fue inflexible: “¡Estamos con la política de papel cero!”. Pero Crespo parecía chapado a la antigua y se negaba. El magistrado le esperó y cuando en un par de ocasiones Crespo tuvo papeles en sus manos se los pidió para comparar, y le advirtió con retintín que venía a ser lo mismo.

El lunes, en su primer día de declaración, Crespo también dijo que escribía todo porque tenía muy mala memoria, pero ayer resulta que no recordaba ni siquiera haber escrito nada, y si se lo enseñaban no le sonaba. Estaba atrapado en un bucle de olvido. Y eso que en algunos papeles estaba todo bien apuntado. Por ejemplo, en uno sobre las posibilidades de negocio con adjudicaciones de plantas depuradoras en ciudades de Castilla y León ponía lo siguiente: “Burgos (somos oposición)”. Pero no supo recordar a qué se refería.

Lo que pasa es que Crespo y su letrado se pusieron ayer con pico y pala a cavar una trinchera allí mismo, a defenderse con todo lo que pillaban. Crespo, para quien piden 85 años de cárcel, ha sido descrito como número dos de la trama Gürtel, pero esto no le hace justicia. Ayer fue un número uno de la resistencia pasiva, aunque es cierto que lo logró a base de infravalorarse: no era ni número dos, ni siquiera secundario o segundón, es que si hay que creerle el pobre no se enteraba de nada. Según la acusación era gerente de las empresas de Correa, “que no era mi jefe, sino sobre todo y antes que nada amigo”. Hasta le llevaba las inversiones de su madre en Caja Madrid. Pero Correa no tuvo la delicadeza de contarle que tenía una Caja B que daba gloria verla, casi más grande que la “A”. Encima le puenteaba descaradamente con otro empleado, el contable José Luis Izquierdo, que era quien apuntaba los movimientos en B. Aunque tampoco debía ver mucho, eran solo apuntes de oídas. Según declaró Crespo el lunes, Izquierdo no tenía estudios de contabilidad y era “un puro amanuense informático”. "Una magnífica persona", aclaró ayer.

Ha tenido que ser un golpe muy duro para Crespo, venir de ser secretario de organización del PP de Galicia y que en Gürtel se organizaran por su cuenta a sus espaldas. Pero no tanto por eso, sino por su historial menos conocido: ayer desveló que durante un breve momento de su vida, año y medio, llegó a ser una especie de Don Johnson, el de Corrupción en Miami, pero en las Rías Bajas. Fue cuando trabajó en una sucursal de Caixa Galicia en Vilagarcía de Arousa. “Es una zona peculiar, era el año 93, y dos de cada tres negocios, o uno y medio, tenían relación con el contrabando de tabaco o el narcotráfico”, recordó ayer. ¿Qué hizo Crespo Johnson, mirar para otro lado?  Nada de eso, ayer contó que se confabuló con amigo, inspector de Policía, que le iba pasando información, y fue cancelando depósitos sospechosos. Hizo limpieza, fue implacable, allí veía todo. Hasta que se pasó a Corrupción en Madrid, Pozuelo y Alrededores y por lo visto ya no olía una. Se le acabó el olfato, como a los policías quemados. Suele ser entonces cuando en las películas aparecen los de Asuntos Internos.

Lo gracioso es que todo esto salió porque un letrado de la acusación popular le preguntó si tras tantos años en la banca no tenía profundos conocimientos de contabilidad: “No. Financieros sí, de contabilidad prácticamente cero”. Desde luego, menudo fichaje de Correa como gerente. Luego el mismo abogado le preguntó sobre sus conocimientos de blanqueo de capitales. Y ahí le dolió, fue entonces cuando Crespo se dejó arrastrar por la nostalgia y rememoró sus tiempos de azote de la ley en Corrupción en Arousa. Sugestionada sin duda por el relato, una de las letradas de la acusación popular llegó a preguntarle: “¿Era usted amigo de Oubiña?”. Había citado por error al conocido narcotraficante, Laureano Oubiña. Crespo alucinaba: “Querrá decir de Cuiña…”. Risas y alboroto en la sala.

Pero fuera de este jugoso prequel de la trama Gurtel, el actual personaje de Pablo Crespo se ha venido muy a menos. De hecho en Corrupción en Madrid o Madrid Vice ya ni se lo tomaban en serio: le llamaban Maxwell Smart, el Superagente 86. Y al final uno de sus mails era “lalocadechueca@”. El propio Crespo, tras sus años idealistas contra los narcos, también se ha vuelto muy escéptico. Ayer no creía en un pen drive si no se lo enseñaban, y hubo que ir a buscarlo. Luego empezó a pedir ver los papeles "fisicamente". “Ahí veo más negro que blanco”, dijo sobre un documento, frase que sería un buen resumen del caso. La culminación de este vodevil fue cuando se mostró un mensaje de Crespo que tocaba precisamente y de lleno el tema del día. Decía él mismo a otra persona: “Adjunto te remito fotocopias (aunque borrosas, son legibles)…”. En aquel entonces Crespo debía ver muy bien. De hecho cuando la fiscal empezó a leer el documento le dijo que no hacía falta. Pero es que ella replicó que lo hacía por su abogado invidente, que lo había pedido expresamente unos minutos antes.

En la sala hubo otro episodio menor sobre lo visible y lo invisible, casi de prestidigitación. Una de las acusadas, Alicia Mínguez, presunta administradora de empresas de Correa, de repente desapareció. Es la mujer que en las imágenes del banquillo retransmitidas estos días se veía siempre a la izquierda de la primera fila. El azar quiso que le tocara ahí, y aparecía siempre con la cabeza baja y la mano en la frente, tapándose el rostro. Harta de estar ahí y salir en todas las fotos ayer pidió que le dejaran sentarse más atrás. Le dieron permiso y se colocó en la tercera fila. Eligió bien: detrás del acusado más orondo, José Luis Peñas, que la eclipsa completamente, Allí está parapetada y no la verán más.

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