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¿Democracia directa?

A Pedro Sánchez le basta y sobra con el mantra del "Gobierno de cambio" para vender su producto

Javier Fernández, junto a Pedro Sánchez. Ampliar foto
Javier Fernández, junto a Pedro Sánchez. Reuters

En los últimos años viene afirmándose una corriente dirigida a sustituir el componente de democracia representativa en la vida partidaria por formas de democracia directa que ofrecen en apariencia la ventaja de que se da una intervención efectiva de los militantes en los procesos de adopción de decisiones. Lo expresó ya Rousseau con claridad en el Contrato Social: el pueblo no tiene garantía alguna de que su voluntad será aplicada por los representantes que él mismo elige, por lo cual debe adoptar él mismo esas decisiones sin mediación alguna que las deforme o ignore.

Esta objeción mantiene su validez, salvo en los casos en que no exista para el pueblo, o para el colectivo en cuestión, una información plural y suficiente sobre aquello que va a elegir. A mediados del siglo XIX, Napoleón III asentó su poder personal sobre una serie de plebiscitos en los cuales la pregunta propuesta desde el poder no encontraba oposición alguna que pudiera ser transmitida a los electores, de manera que tenía garantizado un triunfo aplastante. Y la receta será aplicada una y otra vez desde entonces, siempre asentada sobre la falacia de que esa proximidad entre gobernante y electores supone, como afirma el vocabulario reciente del PSOE, una forma "superior de democracia interna".

Por medio del uso controlado de la red, imitando al Movimiento 5 Estrellas en Italia, con el monopolio de la propuesta en manos del líder, está fórmula ha operado a la perfección en Podemos para asegurar la aprobación de toda iniciativa de Pablo Iglesias. La asimetría es total y la posibilidad de ver ganadora una oposición, nula, pero la ilusión del voto generalizado cumple su función legitimadora.

La lección ha sido aprendida desde febrero por Pedro Sánchez para evitar incómodos debates en los órganos de dirección. A pesar de que el artículo 36 de los estatutos asigna al Comité Federal la función de decidir las alianzas, le puso ante el hecho consumado de una consulta irregular a la militancia sobre una confusa alianza, en realidad un cheque en blanco para sus decisiones personales. Ahora apunta otra vez a lo mismo: un Comité Federal desprestigiado por el caos que él mismo provocó el sábado debiera ceder la decisión al supuesto "verdadero protagonista", los militantes. Ignora adrede que democracia es isonomía (participación), pero también isegoría (información y libre expresión). "La democracia requiere pública discusión e intercambio de razonamientos", advierte Amartya Sen. Y esto falta por entero en el diseño de poder personal de Sánchez. Con el mantra del "Gobierno de cambio" le basta y sobra para vender su producto.

Del mismo modo que el Congreso pierde sentido si es precedido por las primarias. Una vez elegido el candidato, aquel pierde su función de establecimiento deliberativo de la estrategia política y se convierte en cámara de registro de las decisiones del líder. Se ha comprobado en el propio PSOE.

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