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El momento más difícil del PSOE desde la Transición

De las luchas entre socialistas liberales y clásicos se ha pasado al ensimismamiento orgánico

Crisis en el PSOE de Pedro Sanchez Ampliar foto
De izquierda a derecha, Javier Solana, Nicolás Redondo, Enrique Múgica y Felipe González, en un congreso del partido socialista en mayo de 1979.

Hay por lo menos dos diferencias claras entre las guerras del PSOE en el pasado y la que se libra ahora en torno a la continuidad o no de Pedro Sánchez. La primera es que nunca los conflictos anteriores desembocaron en una fractura pública de tal envergadura y en la evidencia de que la batalla es claramente táctica, partidista; y la segunda, que pocas veces los contendientes han trabajado tan poco los materiales ideológicos que deben dar causa a las luchas, hasta el punto de que el único instrumento utilitario del combate en curso consiste en definir quiénes están en el “bando” de la abstención frente la investidura de Mariano Rajoy y quiénes defienden el no, según el decir del cuestionado Pedro Sánchez.

Resumidos en tan estrechos límites los debates sobre la crisis general de la socialdemocracia o la irrupción en su espacio de Podemos y sus confluencias, cuando se lanza la mirada al pasado se ve que muchas de las guerras sin cuartel dentro del PSOE obedecieron, obviamente, a luchas por el poder interno, a veces barriobajeras, donde las ambiciones personales se cruzaron con los verdaderos debates. Sin embargo, lo que resumían o traducían eran batallas políticas de bastante mayor alcance para la ciudadanía.

En 1979, el PSOE perdió las segundas elecciones generales a manos de la UCD de Adolfo Suárez. Ya se había producido la transición a la democracia y estaba promulgada la Constitución, con su corolario de primeras críticas por las excesivas cesiones que se habrían hecho durante su elaboración. Hubo un movimiento de rearme ideológico entre militantes del PSOE, que en el 27 Congreso, celebrado en 1976, se había definido como un partido de identidad marxista. Esas posiciones chocaron con las del secretario general, Felipe González, en el 28 Congreso: el líder defendió el abandono del marxismo, pero fue derrotado.

En lugar de quedarse al frente de una organización que quería virar a la izquierda, González renunció a continuar en el cargo. En los cuatro meses siguientes de debates, en los que el PSOE quedó regido por una comisión gestora, cristalizó una contradicción: la gran mayoría de la militancia quería que González fuera el secretario general —muy apoyado entonces por dirigentes como Alfonso Guerra o Nicolás Redondo—. La contraofensiva desembocó en un congreso extraordinario donde González resultó reelegido con amplia mayoría y los críticos no alcanzaron el 10% de los votos. Aquella batalla reforzó la autoridad política de González y fue bien acogida por otros sectores sociales, que en 1982 prestaron a los socialistas los votos suficientes como para reunir la famosa mayoría absoluta de los 202 diputados, jamás igualada.

Años más tarde llegó otra gran batalla. El Gobierno centrista de Leopoldo Calvo Sotelo había incorporado España a la OTAN, y el PSOE sostuvo que eso no podía ser. Felipe González cambió de criterio durante sus primeros años en el Gobierno, pero había prometido un referéndum sobre la cuestión. Lo convocó y se jugó el cargo a que la ciudadanía aceptara que España debía quedarse en la Alianza Atlántica; forzó las cosas hasta el punto de lanzar la pregunta pública de quién iba a gestionar “el no” a la OTAN, si esta era la postura triunfante. Otra vez salió con bien del traumático trance, a costa de algunos desgarros en su partido y de muchos en el seno de otros sectores de izquierda. Esa operación no pretendió tapar derrotas electorales previas: la secuencia fue la contraria, primero ganó el referéndum y luego convocó elecciones generales, en las que el PSOE retrocedió en votos y escaños, pero volvió a obtener mayoría absoluta.

Las guerras dentro del PSOE han desembocado muchas veces en la visualización de dos almas o dos sectores: los marxistas de finales de los años 70 contra los que se reclamaban “socialistas, a fuer de liberales”, encabezados por Felipe González; los que exigían más rapidez en la redistribución del crecimiento económico, en torno al entonces secretario general de la UGT, enfrentado a finales de los 80 a los ministros económicos del Gobierno y a Felipe González; o las luchas de los “renovadores” contra “los guerristas” de los años 90, que traducían la tensión entre un sector más liberal y otro más clásico dentro del espacio socialista. Hasta llegar a las tensiones entre los partidarios de José Luis Rodríguez Zapatero contra un magma de viejas guardias en el decenio pasado.

Fracasos electorales

La carrera de Pedro Sánchez como máximo responsable del PSOE no suma más que fracasos históricos. En las seis citas con las urnas en este periodo, el PSOE ha batido su récord de suelo electoral. En las elecciones andaluzas anticipadas de marzo de 2015 el PSOE ganó, se quedó sin mayoría absoluta y bajó al 35,4% (cuando había llegado hasta el 50,4% en 2004). En las municipales y autonómicas de 2015 se quedó en el 25% (el tope había sido el 43% en 1983) pero se recuperaron con pactos en autonomías como Extremadura, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Aragón y Baleares. En las generales del 20-D, el PSOE descendió a 90 escaños (22%, casi siete puntos y un millón y medio de papeletas menos que Rubalcaba en 2011) y el 26-J volvió a hundir esa marca hasta 85 diputados y 120.000 votantes menos. El suelo se ha tocado otra vez el 25-S en Galicia y Euskadi.

Romper el partido

Los participantes en todas esas batallas se armaron con materiales ideológicos y se combatieron con notable ferocidad, pero nunca dieron la sensación de que estuvieran dispuestos a romper el PSOE como instrumento político principal del espacio de la izquierda o del centroizquierda. Por crueles que fueron las diferencias y los combates partidistas entre los principales dirigentes, siempre se observó una voluntad final de coexistir o de cohabitar.

La batalla en curso tiene mucha peor pinta. Una sucesión de desastres electorales, iniciada en 2011, llevó en 2014 a improvisar la solución renovadora de unas primarias, de las que surgió un secretario general prácticamente desconocido hasta entonces fuera de reducidos círculos socialistas. La gestión de Pedro Sánchez no ha conseguido detener el continuo declive de votos socialistas en las urnas, pero es difícil reconocer los ejes o las batallas políticas claras, fuera del intento actual de resumir la división interna entre los que quieren impedir el Gobierno de Rajoy a toda costa y los sospechosos de contribuir a dejarlo en La Moncloa. Resulta notable que la gran discusión del presente sea la disquisición técnico-jurídica sobre cómo debe interpretarse el artículo 36 de los estatutos del PSOE. Y eso en un país políticamente bloqueado, que lleva cerca de 300 días sin Gobierno estatal, ha votado ya dos veces en elecciones generales y, de continuar así las cosas, puede verse abocado a hacerlo en unas terceras sin garantía de que sean decisorias.

La crisis va por barrios y se nota en muy diversos sectores políticos. Pero resulta particularmente grave cuando el partido que tiene la llave para lograr el desbloqueo político se encuentra tan ensimismado en sus asuntos internos, discutiendo qué “bando” tiene derecho a quedarse con la marca PSOE o si este partido debe ser de militantes o de votantes. Sin exageración puede afirmarse que esta fractura puede hacer cada vez más pequeño al PSOE y que corre el riesgo de inhabilitarle como principal instrumento de la izquierda. El partido socialista probablemente se encuentra en el momento más difícil de su historia desde la Transición.

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