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El síndrome del búnker

Ensimismado y aislado, Pedro Sánchez descuidó la conspiración convencido de que terminaría en La Moncloa

El líder del PSOE, Pedro Sánchez, en el Congreso. En vídeo, la presidenta del Comité Federal del PSOE. Quality

Pedro Sánchez ha terminado rehén en su propio búnker, malogrado por un amotinamiento al que no concedió la menor importancia ni siquiera cuando la operación de los críticos había adquirido una corpulencia inequívoca, embarazosa.

Lo demuestra la seguridad y el ensimismamiento que el todavía secretario general de PSOE demostraba en la mañana del martes. Confortado por su guardia de corpus en una terapia de grupo, Sánchez oponía a los “conspiradores” la convicción de una jugada maestra: delatarlos en el comité federal del sábado y exponerlos al escarnio de las bases cuando se produjera el congreso de octubre.

La prueba de contraste no se restringía a un órdago, sino a la seguridad de ganarlo, valiéndose del argumento del fervor plebiscitario. La beligerancia del no contra Rajoy identificó a Sánchez con la militancia, pero le hizo descuidar el sigilo del “sabotaje” de palacio. Por eso los críticos tenían que derribarlo en septiembre, más aún cuando el noveno mes del año es tan propicio a los golpes y a las revoluciones —Francia, Portugal, Cuba...— que hasta engendrado un sustantivo de la subversión: el septembrismo.

No se previno Sánchez de la autogestión, ni concedió excesiva importancia al detonante en que iba a convertirse el desastre electoral del pasado domingo. Le habían organizado un aquelarre sus barones. Y habían celebrado la derrota no por frivolidad ni despecho, sino porque le atribuían el valor de derrocar al secretario general.

Tan lejos de la realidad y de la aritmética estaba Sánchez que su maximalismo no concedía lugar a los contratiempos. Pensaba que nadie iba a presentar una candidatura a la secretaria general antes del límite de 13 de octubre. Y que la ausencia de rivales le concedía plena autoridad para avanzar en las negociaciones, de tal manera que el líder socialista se confiaba a dos escenarios insólitamente confortables: o lograba la coronación en La Moncloa con la ayuda de Podemos y Ciudadanos, o competía el 18 de diciembre para devolver al PSOE el umbral psicológico de los cien diputados.

El planteamiento articulado es ilustrativo de la realidad paralela que Sánchez se había construido, llegando a asimilar sus propias maniobras de distracción. En lugar de remediar el incendio declarado en Ferraz, se concedía a elucubraciones de horizonte sobre el porvenir de la izquierda y sobre la indigestión de la herencia recibida. Lo hizo en la entrevista de la Cadena SER a Pepa Bueno, sustrayéndose a la responsabilidad de su propio cargo en cuanto, según él, la crisis del PSOE no provenía de su gestión sino de la irrupción de Podemos y del problema existencial de la socialdemocracia.

Miraba lejos Sánchez, no miraba cerca. La misma emisora en donde había expuesto su desafío a los conspiradores, le sorprendía ayer con la amonestación patriarcal de Felipe González. Decía sentirse engañado y utilizado el expresidente del Gobierno, consciente al mismo tiempo de que las declaraciones iban a convertirse en el estímulo implícito o explícito que ha precipitado la “rebelión de los diecisiete”.

No creyó en ella Sánchez, ni pensó que se le pudieran truncar los planes, sobre todo porque no observaba en el amotinamiento la referencia imprescindible de un líder. Y, menos aún, en Susana Díaz, cuya pretensión de sustituirlo exigía el beneplácito de los militantes y el riesgo consecuente de regresar a Sevilla desautorizada por ellos.

Nunca termina de llegar el momento de la presidenta de la Junta, pero se ha urdido estos días de “septembrismo” un plan de desembarco que sobrepasa la coyuntura incendiara y que traslada la verdadera sucesión a la primavera de 2017. Aspiraría entonces a la secretaría general en una suerte de triunvirato en el que podían alojarse tanto Javier Fernández, presidente de Asturias, como Eduardo Madina, muñidor de las tramas que han ido socavando la credibilidad de Sánchez en su propia deriva menguante: seis derrotas electorales consecutivas.

Las de Galicia y Euskadi, tan lejos de Madrid, le han procurado más daño que ninguna otra porque han retratado al socialismo en un papel gregario, decadente, y porque han servido de motivación definitiva a la coreografía de la subversión.

Ajeno a ella, Sánchez seguía con sus planes de campaña. Y pensaba acudir al plató de Pedro Piqueras la noche de ayer para abundar en la apología de la militancia, aunque también había dado órdenes de movilizarla fletando autobuses desde toda España e instalarla en los aledaños de Ferraz como expresión del fervor a su liderazgo y como argumento de intimidación a sus adversarios.

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