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Peleas de vecindario

Eliminada la competencia familiar, el enemigo está en el espacio ideológico

En la Transición hizo fortuna una frase de Martín Villa sobre el carácter fratricida de la política: “Cuerpo a tierra que vienen los míos”. Buen conocedor de las miserias de la política, el “invisible” Rajoy ha declarado al Financial Times que “no tiene un sucesor natural”. Y ha añadido: “A veces no es malo no tener un sucesor natural”.

¿Natural? ¿Que participa de la naturaleza del presidente? ¿Que es espontáneo y no afectado?, lo que sería contradictorio con la definición anterior. ¿O que tiene relación de vasallaje con aquel al que ha de suceder? Con toda probabilidad, lo que quiere decir el presidente es más prosaico: la mejor manera de permanecer en el poder, es neutralizar a las figuras del entorno, impidiendo que crezcan.

Eliminada la competencia familiar, el enemigo está en el vecindario ideológico. Es una consecuencia del fin del bipartidismo. Cuando el juego era a dos, todo pasaba por la confrontación simple entre Gobierno y oposición. Una campaña electoral era la culminación de la pelea de desgaste entre el PP y el PSOE para mover unos cuantos electores de un lado a otro y cambiar la mayoría. Los demás partidos eran figurantes, su única expectativa era sacar tajada en los pactos si ninguno de los grandes conseguía la mayoría absoluta.

Ahora la pelea se ha trasladado al interior de cada bloque ideológico. A pesar de los juramentos de transversalidad, a pesar de que hemos oído una y mil veces que hablar de derecha e izquierda es antiguo, lo único que ha cambiado es que esta elección no es tanto una confrontación derecha/izquierda, como una disputa por la hegemonía en el seno de la derecha y en el seno de la izquierda. Y después, Dios proveerá.

Si el PP quiere ganar votos tiene que arrancarlos a Ciudadanos. Y si el PSOE quiere recuperar el terreno perdido tendrá que pelear con Pablo Iglesias para que la fuga a la izquierda no continúe. Por supuesto, el PP mantendrá la agresividad ritual contra Podemos, reconociéndole como enemigo oficial, para reforzar el voto del miedo, pero, sobre todo, para que el PSOE le llegue arrodillado a la hora de la gran coalición y no pueda escapar de ella.

Pero la furia del PP se concentrará contra Albert Rivera, porque el futuro de Rajoy depende de los votos que pueda quitarle. Y como hemos visto estos meses para el PP, el presidente es lo único importante. En el multipartidismo el enemigo está al lado. Y si el PSOE insiste en tener un pie en cada bando, corre el riesgo de no poder elegir de qué lado cae.

Esta campaña transcurrirá en la psicopatología de las pequeñas diferencias: como más nos parecemos, más nos detestamos. Promesa de ruido más que de ideas.

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