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ANÁLISIS

Ni contigo ni sin ti

Los ciudadanos piden democracia interna pero abominan de las disputas de los partidos

El título no se refiere a la relación entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias; ni a la de este último y Alberto Garzón; ni a la de ningún otro de los que ahora se cortejan y se ultrajan a la vez. Está pensado para los partidos políticos, tan denostados como necesarios. En todas partes se los denigra, se les acusa de esto y lo otro. Y, sin embargo, ahí están, aguantando el temporal, sufriendo estoicamente el desdén de los ciudadanos y su falta de confianza, pero sin alternativa viable a la vista.

Es casi imposible no pensar en ello cuando se contemplan los conflictos que está teniendo Podemos para vertebrar a sus mareas, facciones, círculos y lo que su líder denomina las “voces plurales” que se integran bajo su marca. Son las dificultades típicas derivadas de crear una plataforma electoral sin contar con un partido propiamente dicho, de intentar combinar espontaneidad social y organización. Y la cuestión que aquí se suscita es si ambas son compatibles. Los fundadores de Podemos así lo creyeron pensando quizá en que el arrastre de su liderazgo combinado a su “leninismo amable” (Monedero) ofrecía las suficientes garantías de cohesión de lo que en principio se presentaba como un todo deshilvanado, por muy motivado y activista que fuere. El devenir de los así llamados “nuevos movimientos sociales” que aparecieron en los sesenta y setenta del siglo pasado es bien conocido. Perdieron fuelle a medida que sus objetivos fueron recogidos por los partidos institucionales, o bien se reconvirtieron en un partido convencional, como los Verdes alemanes.

Todos los líderes de Podemos son expertos en movimientos sociales y, por tanto, deben estar comenzando a sentir la presencia de estas mismas dinámicas. Ni la renovación política ni la sutura de la brecha social, por ejemplo, las sostienen ya en monopolio. Y, como buenos lectores de M. Castells que son, deben porfiar en esa tensión casi irresoluble entre movimiento y partido, que es la diferencia que hace su diferencia.

¿Qué pasa si esa tensión no puede ser reconciliada? Iglesias ya ha advertido de que “no puede haber ni facciones ni corrientes que compitan por el control”. ¿Significa eso que deben mutar hacia la más convencional forma de partido? Difícil disyuntiva, porque lo que ganan por un lado, el control y una mayor clausura sobre la organización, lo pierden por otro, la apertura externa hacia la espontaneidad social, que es la base de su atractivo.

La cuestión es si puede encontrarse esa vía media. Hay que tener en cuenta que los ciudadanos no son menos contradictorios. Por un lado se quejan de la falta de democracia interna de los partidos, pero por otro abominan de aquellos que se abren a las disputas y las confrontaciones intestinas. Pues eso, ni contigo ni sin ti.