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CRÓNICA

Joder, joder, joder

Con los dos protagonistas en la cocina el programa de TVE empezó a cerrarse en torno a la idea de la España esencial

Bertín Osborne y Mariano Rajoy en un momento del programa

“España es un país en el que hay muy buena gente”, dijo Bertín Osborne. Rajoy asintió: “Es verdad”. El intercambio de golpes no se quedó ahí. Desatado, Bertín soltó la estocada: le dijo a Rajoy que era la primera vez que escuchaba a un político no hablar mal de la oposición. Rajoy encajó el golpe como pudo y se dirigió tambaleándose a la cocina a abrir la empanada y ponerse a beber vino. “Rajoy está saliendo airoso”, escribí en Twitter en ese momento, y el Partido Popular le dio a “me gusta”. Ya estábamos todos.

Con los dos protagonistas en la cocina el programa empezó a cerrarse en torno a la idea de la España esencial, esa que lleva fraguándose en casa de Bertín y de millones de españoles para decidir elecciones a su antojo según los tics cercanos de sus candidatos. Hombres cocinando como algo semidivertido y loco, reprochándose su torpeza mientras advierten que sus mujeres les van a llamar paquetes por no saber cocer mejillones. La conversación suavemente masculina que mantenían echados como sultanes en un sofá y en la que Bertín avisa de que las fechas importantes de la relación "las mujeres no las olvidan" .

El espectáculo fue un ejercicio de naturalidad, el mayor que ha hecho hasta ahora un candidato. La voz en off de Bertín, como la de Primitivo en El precio justo, anunció que Rajoy había dejado una vida cómoda de registrador (sin estrenar, más bien) para salvarnos las almas. Después se dejó paso a la charleta, que giró en torno al gran asunto de dos españoles a punto de conocerse: los sitios en los que han estado. Esa base sólida sirvió para trenzar una empatía difícil de erradicar: la de las casualidades. Bertín, cuando descubría que había estado en el mismo pueblo que había visitado Rajoy, se rompía en carcajadas. Inclinaba el cuerpo hacia atrás, sorprendido de tamaña locura, y luego lo volcaba hacia adelante como si le fuese a dar un bocado al presidente.

Los lugares, los restaurantes, las gentes. Las increíbles coincidencias de la vida. Cuando Rajoy dijo que en un paseo de tres alcaldes uno había pinchado (“no voy a decir el nombre”), se echó en falta añadir que son cosas que “solo pasan en España”. Para cauterizar sus asombros Bertín usó la expresión “joder, joder, joder”, que no abandonó en toda la noche pues por momentos parecía tener delante a Monty Python. Era tal la sorpresa que mostraba cuando Rajoy le decía, con los ojos como platos, que hubo buen tiempo el 28 de diciembre, que si en ese momento aterrizasen marcianos en el jardín Bertín se los hubiese quitado de en medio al grito de “iros a la mierda, que hubo solazo en diciembre”.

En la tuya o en la mía tiene un nombre alentador; la broma suave, pícara, destinada a enganchar al gran electorado. Todo lo que sucedió ayer en casa de Bertín Osborne tenía ese sentido práctico. Incluso el pase obsesivo de las fotos familiares de Rajoy que estaban por todo el salón y que Bertín no sacará en 40 años. Esa casa es el verdadero termómetro electoral del país. Solo hay que saber dónde está la risa de Bertín para saber dónde está España: en “las pelotas las tengo yo” (carcajada). O en el detalle de avisar de que empezaban las preguntas personales dos minutos después de interesarse cuatro veces por la muerte del hermano de Rajoy, como si aquello estuviese en el programa electoral.

De ahí que a esa atmósfera, la atmósfera alejada de élites y gurús, la que cosecha burlas en redes sociales y miles de votos fuera, se acercase también Pedro Sánchez y quieran acercarse todos a ser entrañables y despistados. Que Rajoy terminase delante de un futbolín preguntándole a Bertín si quería presentarse a alcalde de Jerez no sorprende más que el hecho de que Bertín dijese que ya estuvo a punto de hacerlo; ni de que, de haberlo hecho, hubiese ganado de calle con sus propias siglas bertinescas. Anticipo del "joder, joder, joder" que escucharemos en los recuentos del 20-D.

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