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Un costalero sevillano en la Castilla desierta

Una pareja andaluza son los únicos habitantes de un pueblo de Segovia al que llegaron hace un año en busca de trabajo

“Pueblos buscando habitantes”. Son las tres palabras que Rafael Sánchez tecleó desde la barriada sevillana de Su Eminencia y que dieron un vuelco a su vida. Eso fue hace poco más de un año, cuando él y su novia andaban desesperados, cuando no tenían casi para comer y corrían el serio riesgo de acabar desahuciados. Dos meses después, la vida les sonreía. Tenían casa, trabajo y un pueblo entero para ellos solos. Eso sí, a cientos de kilómetros de su adorada Esperanza de Triana y en un pueblo sin bar, ni ultramarinos ni vecinos. El joven matrimonio sevillano y su recién nacida Leonor son los únicos habitantes de Castiltierra, un pueblo de Segovia del que hace años emigraron todos sus habitantes y que quedó vacío como los cientos de pueblos españoles que mueren en silencio. Contener la sangría demográfica no es asunto fácil. Incluso historias de éxito como la de Sánchez (30) y su mujer Ana Romalde (26) ilustran las dificultades inherentes de las repoblaciones.

“Nos fuimos comiendo los ahorros. Llegó un momento en que ya no podíamos pagar el piso. O buscábamos una alternativa o cada uno tenía que volver a casa de sus padres”. Sánchez había trabajado durante seis años en la Guardia Real hasta que un día recibió la fatídica llamada por la que le anunciaron que le dejaban en la calle. No se quedó parado. Se sacó el título de carretillero, de soldador de estructuras, de manipulador de alimentos, todo lo que fuera gratis. Nada funcionó.

Un día, en la televisión, vio un programa de gente que se iba a repoblar pueblos de Galicia y se animó a intentarlo. Pasó dos meses pegado a Internet, peinando la Red pueblo por pueblo hasta que por fin dio con la fundación Abrazar la Tierra, que les ofreció una salida. “Nos dijeron que no nos garantizaban un trabajo, pero sí que podían ofrecernos una casa barata -150 euros al mes- y ayuda para encontrar trabajo. Era eso o nos comían las moscas”. Hicieron las maletas y emigraron a los campos castellanos.

Trigo, cebada, girasoles una ermita recoleta y una antigua necrópolis visigoda enterrada les dieron la bienvenida. Nada más llegar se instalaron en una bonita casa del pueblo de cuatro habitaciones recién reformada, propiedad del Ayuntamiento. “Todo el mundo se volcó con nosotros”, recuerda Sánchez. Un trabajador social iba con ellos a hacer la compra y se la pagaba. Entraron de inmediato en la bolsa de empleo de la comarca y a la semana, Romalde había encontrado trabajo cuidando a una persona mayor en un pueblo cercano. Sánchez tuvo que esperar hasta enero, cuando le contrataron de camarero y desde entonces no ha parado. Ahora trabaja en los bomberos de Sepúlveda. La pareja acaba de tener una hija, Leonor, una tercera vecina para Castiltierra. “Una de nuestras penas era no poder tener un hijo porque no podíamos darle de comer”. Como tantas otras penurias, esa también forma ya parte del pasado de los repobladores.

Una salida desesperada

A. C.

Corría el año 2004 cuando la Fundación abraza la Tierra puso en pie un proyecto por media España para conectar a pueblos que necesitasen pobladores con gente que buscase un cambio de vida. Recibieron financiación europea y se pusieron manos a la obra. Lo primero que hicieron fue definir el perfil que debería tener el poblador: emprendedor y a ser posible con experiencia en el mundo rural. “Es un cambio drástico y no es tan fácil. Hay gente que se adapta bien, pero otros no. Cuando nos cuentan lo que quieren, a muchos directamente les decimos que no vengan”, explica María del Mar Martín, presidenta de la fundación Abraza la Tierra. En estos 15 años, la fundación ha llevado al campo a cerca de 1.000 personas en toda España, unas 200 personas en esta zona de Segovia.

Las cifras resultan casi anecdóticas ante la magnitud del declive rural, que avanza sin freno. En esta comarca la llegada de inmigrantes la pasada década supuso un balón de oxígeno, pero para los estándares europeos este es un desierto poblacional, con seis habitantes por kilómetro cuadrado, según los datos que maneja Martín. Puede que la emigración a las grandes urbes se haya frenado, pero los que quedan se van muriendo. “La mayor parte de los pueblos de esta comarca están condenados a desaparecer”.

El perfil del repoblador no ha prevalecido en parte porque el terremoto financiero de la crisis convirtió la repoblación en una salida desesperada. “Aquí llama gente contando que le han echado de su casa y que si tenemos un pueblo para irse a vivir. Nosotros creemos que las huidas y las emergencias están condenadas al fracaso. Hay que tener claro que se quiere esta forma de vida”.

En 2009 se acabó la financiación de la fundación y desde entonces sobreviven como pueden. “Por mucho que nos empeñemos, tenemos todo en contra. Tiene que haber más medios”. Están convencidos de que las llamadas masivas que han hecho algunos pueblos no funcionan, porque despiertan unas expectativas que luego no se cumplen. Piensan que el trabajo tiene que ser poco a poco y sobre todo que tienen que producirse cambios estructurales. “Hay un consenso político. Todo el mundo tiene claro que hay que frenar la despoblación, pero luego no se hace nada. En muchas zonas no hay Internet y a los jóvenes se les pide inversiones gigantescas para poderse dedicar a la agricultura. Las ayudas mientras, van a los grandes terratenientes. Hay mucho por hacer”, cree Martín. 

Castiltierra está a hora y media de Madrid en coche. Muchos de los vecinos que emigraron en los sesenta conservan sus casas y vienen a pasar los veranos y algún que otro fin de semana. Son las doce de una mañana de un miércoles de agosto y temporada alta de veraneantes, pero aún así las calles están vacías. Apenas una mujer, que sale corriendo con un regalo en la mano para la pequeña Leonor. “Los vecinos vienen y nos regalan de todo”, dice Sánchez, que rebosa agradecimiento. De otra casa, en los márgenes del pueblo aparece Constantino Gutiérrez, de 82 años fue uno de los últimos en emigrar hace medio siglo, cuando en el pueblo vivían unas cien personas. Cuando se le pregunta por el forastero dice que “todo el mundo tiene derecho a buscar trabajo donde sea. Yo lo único que pido es que se porte bien”.

Aquí los inviernos son largos, fríos y oscuros. A las seis de la tarde, el termómetro desciende y la gente se encierra en sus casas. Los pueblos se apagan y reviven con el primer rayo de sol. La pareja sevillana no lo lleva mal. Solo flaqueó el día que este costalero vio al Rey por Internet tocar el palio de un paso de su cofradía. “No poder vivir ese momento con la hermandad, es duro”. Aún así, le recomienda a la gente que luche, porque él se considera la prueba viviente de que hay oportunidades ahí fuera. ¿Volver a Sevilla? “De vacaciones”.

Queremos acoger a gente. Esto se está quedando vacío", dice un alcalde

Rafael Fernández, es desde hace 28 años el alcalde de Fresno de Cantespino, el municipio al que pertenecen Castiltierra y otros seis pueblos y ha sido testigo de la despoblación paulatina de su comarca. Esta zona de Segovia forma parte de la llamada Serranía Celtibérica, a la que Francisco Burillo, profesor de la Universidad de Zaragoza llama la Laponia del Sur de Europa. Ocupa el doble de la superficie de Bélgica y presenta un panorama desolador en provincias como Teruel, Cuenca o Guadalajara.

Fernández, el alcalde, es además partícipe de la respiración asistida que brinda a los forasteros ofreciéndoles casa a buen precio, locales de reunión y en general todo tipo de apoyo. “Queremos acoger a gente. Esto se está quedando vacío”. En Fresno, hay otras cuatro familias de pobladores. En total, suman 12 niños nuevos que corretean y se balancean en los columpios inyectando vida al pueblo. “El problema es que algunas veces aciertas y otras no. Al que viene no se le hace un examen. Hay gente que viene y se cree que aquí atamos a los perros con longanizas”. Destaca además los problemas de adaptación. “Los que vienen no enganchan con la gente de aquí. Algunos se creen los dueños de un sitio al que acaban de llegar y eso genera problemas. Muchos terminan yéndose”. Piensa también que los repobladores deberían venir a montar negocios, no a buscar trabajo. Además, dice, cuatro familias son apenas una gota en un desierto poblacional. “La repoblación no es la panacea”.

En el caso de los sevillanos, junto a tantas luces, también empieza a asomar alguna que otra sombra en esta bucólica fábula de repoblación. Porque el encaje con calzador de forasteros con gente que ha nacido y crecido en un pueblo que sienten como suyo, aunque a no vivan en él es forzosamente complicado. El conflicto surgido con un pastor del pueblo de al lado a cuenta del paso de las ovejas por el pueblo amenaza con llegar a mayores. Además, los perros de Sánchez, se quejan algunos, les atemorizan. Por lo demás, las relaciones son relativamente cordiales. Los que tienen casa en el pueblo agradecen que durante el invierno haya alguien que espante a los bandidos y proteja el pueblo de incendios u otras catástrofes.

Agosto es el mes de mayor roce entre forasteros y nativos. Es el mes-burbuja, en el que los pueblos de la comarca reviven con la llegada de los de fuera. En septiembre, con el inicio del curso escolar se cierra el telón. Los veraneantes vuelven en caravana a sus urbes y los pueblos se vacían.

 

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