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Los obispos siempre en la queja

Muchos católicos rechazan que se enseñe que los niños sin bautizar van al infierno porque Adán comió una manzana

El empeño de los obispos por imponer al Gobierno de turno la creación de una asignatura alternativa “fuerte” a sus clases confesionales (y no el recreo o el dichoso “parchís” que decía el ex presidente José María Aznar), rompe a la baja sus previsiones. Muchos padres empiezan a pedir para sus hijos clases sobre “Valores cívicos”. Por muy fervientes católicos que sean, rechazan que se enseñe en las aulas que los niños sin bautizar van al infierno porque Adán comió una manzana por culpa de la pérfida Eva. Primer pecado original.

El Estado (sus diferentes Administraciones) gasta cada año en torno a 700 millones de euros en pagar los salarios de unos 22.000 profesores de catolicismo, que la jerarquía eclesiástica considera sus catequistas. Pese a ello, los prelados no están contentos. Peor aún: están muy enfadados. “Se está aporreando a la Iglesia católica”, decía hace una semana el director de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, José Miguel García. En su opinión, se pretende impedir que su confesión “pueda dar testimonio público y educar libremente dentro de la fe a aquellos que quieran acogerse a esa experiencia y concepción de vida”. De la misma opinión es el portavoz oficial del episcopado, Gil Tamayo, del Opus Dei.

Enfrente, se alzan las lamentaciones de gran parte de los partidos políticos, incluido el PP, unos porque consideran que las pretensiones del episcopado pisotean el principio constitucional de la aconfesionalidad o laicidad del Estado, y el Gobierno del PP porque parece cansado de las exigencias siempre crecientes de los prelados, nunca satisfechos. El ministro de Educación, José Ignacio Wert, lo ha escenificado rechazando el primer borrador de currículo de la asignatura religiosa y, sobre todo, omitiendo su firma en la Orden ministerial (que esta vez se llama Disposición) que lo publica en el BOE.

Tampoco están satisfechos numerosos grupos católicos, entre otros las llamadas Iglesias de Base, el Foro de Curas y la Asociación de Teólogos Juan XXIII. “La educación en la fe religiosa pertenece a otro lugar y a otros protagonistas: los templos, las sinagogas, las mezquitas, etc. Si hoy pervive es porque los acuerdos con la Santa Sede blindan para nuestra Iglesia ese dominio ideológico de las conciencias”, le han dicho en carta abierta al presidente Rajoy.

Empeñándose en apelar a los llamados Acuerdos de 1976 y 1979 con el Estado vaticano (en realidad, reformas cosméticas del siniestro Concordato franquista de 1953), los obispos no solo sobreactúan como súbditos extranjeros, sino que refrendan la impresión entre sus fieles de querer abundar en sus privilegios poniendo como escudo un convenio internacional. El resultado es desastroso. Crece el analfabetismo religioso de la juventud y también la secularización de la sociedad entera. “Más de la mitad de los jóvenes no saben quién es Jesucristo”, reconoce el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, responsable de la Pastoral de Juventud. En su diócesis, muchos centros no ofrecen clases de religión por falta de alumnos. Para todo el País Vasco, con datos del Gobierno vasco para el curso 2015-2016, este es el resumen oficial: han pedido clase de catolicismo, 12.955 alumnos; de protestantismo, 67; de judaísmo, ninguno; del islam, 201; y de la asignatura alternativa “Valores cívicos”, 22.126 escolares.

 

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