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Un público más vigilante que entregado

El militante irreductible se repliega y a los partidos nuevos se les examina con severidad

Público asistente a un mitin de Ciudadanos en Almería, el 6 de marzo. Ampliar foto
Público asistente a un mitin de Ciudadanos en Almería, el 6 de marzo.

“Cuando tengo entre mis manos la bandera de Andalucía, y la última vez fue el 8 de febrero en Londres, me acuerdo de las historias que mi padre me contaba sobre las abuelas que las cosían y las metían en cajones con alcanfor, y las amarraban a un palo y las sacaban a la calle en la época del franquismo”. Teresa Rodríguez, candidata de Podemos, sale abrigada en la noche a dar un mitin, chaqueta roja y fular verde, con la bandera andaluza colgada del atril. El acto es en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, y se interrumpe cada poco con gritos de “Sí se puede”, el lema del partido.

Son unas siglas nuevas con unos candidatos nuevos. También hay público nuevo: muchos jóvenes que dicen pertenecer a la generación del desencanto y que hasta ahora no se habían arrimado a la política, como Martín, de 19 años. Y también viejo, militante, que es el que más asusta a las formaciones tradicionales, pues suelen proceder de estas. Pero, sobre todo, Podemos despierta expectación, curioseo: hay interés por verlos en directo. Juan Beltrán, un granadino presente en las escaleras de la explanada del Palacio de Congreso el lunes, dice que tanto para votarlos como para no votarlos “hay que conocerlos de primera mano”. “De la prensa no nos fiamos”, sentencia al teléfono.

Martín de la Herrán, el candidato de UpyD, acaba de dar el campanazo en el debate a siete de Canal Sur. Levantó la voz, derrochó energía y repartió notas de transparencia aprovechando que los magenta tienen un 9 en Transparencia Internacional. A Agustín Rivera, de El Confidencial, le dijo esto: “En un pueblo gobernado por el PSOE había un señor al fondo de la sala donde teníamos un acto apuntando la gente que venía para luego pasarle la lista al alcalde. Nos lo dijo, no me lo invento. Ese caciquismo socialista, con su aparato, con esa vigilancia de los apoderados que fichan quién vota y a quién vota… Todo eso pasa en Andalucía”.

La sensación es que la crisis y el agotamiento del crédito en los políticos ha provocado un repliegue

UPyD organiza actos se diría que casi a contramano, a los que acude poca gente, de forma muy artesanal. Reúne sobre todo a simpatizantes de zona urbana, su pequeño nicho en Andalucía, y de hecho el candidato, a pesar de ser de Jerez, echa casi todo el tiempo en Málaga, donde UPyD tiene más fuerza. Sus ataques, casi de forma obsesiva, se dirigen a Ciudadanos. Ese ticket que pertenecía a ellos, el de las familias reunidas, el de los rebotados del bipartidismo que huyen de Podemos, se lo ha llevado Ciudadanos; se lo ha llevado Rivera, que es el que arrastra. Se fue a Almería a iniciar la campaña con su candidato, Juan Marín, y dejó en la puerta sin poder entrar a 100 personas.

En el PP se ha instalado en una suerte de burbuja de ilusión en la que se asienta la campaña, y eso contagia a los asistentes a sus mítines, que creen no sólo que espantarán el batacazo sino que hay opciones de gobernar la Junta. Se está viendo a mucha gente joven, más de la que se esperaba, y también mujeres, un acicate para el candidato, que se ha hecho rodear de ellas y ha anunciado que habrá más que hombres en su Gobierno. Los asistentes cumplen, llenan, pero el PP no se arriesga al pinchazo; se cuida de grandes esfuerzos asociados a su infraestructura. El miércoles organizó un desayuno con Soraya Sáenz de Santamaría al que acudieron 200 personas y cerró el día en Moguer, en un teatro en el que cabían 150, como informa Javier Casqueiro. En Génova, la burbuja de la victoria no se cree, pero en el partido dicen que peor sería hacer campaña bajo el peso de una segura derrota. Las campañas, dicen en la sede, consisten en crear burbujas de euforia y sumar cuanta más gente mejor.

Hay un público más vigilante, más desconfiado y más proclive a la sospecha  que el viejo militante irreducible

La caravana de Susana Díaz va topándose con las gentes socialistas de Andalucía, que son como el campo y el mar, consustanciales al paisaje. Tiene predicamento en el rural, como el PP en otras comunidades en las que se ha sostenido casi a través de los siglos, y eso se va notando en los actos de la presidenta, también en sus mítines. Se ha instalado esa atmósfera de acompañamiento que se produce en torno a los partidos que llevan mucho tiempo en el poder: que la gente va a sus mítines con ánimo religioso, cumpliendo su fe y esperando cualquier cosa, la primera de todas, que se les vea. Desde el partido se hace notar la variedad, pero también la presencia del votante indeciso y curioso, que es al que, finalmente, pretenden dirigirse los mítines.

“Hay ganas de escucharla, de ver lo que dice, de conocer sus planes”, cuentan en el PSOE. Díaz es la líder con más presencia de líder y atrae a un perfil de simpatizante con el que entabla rápido confianza. Con ella, principalmente a causa de su cargo, ocurre lo que no pasa tanto con otros: le paran para plantearles sus problemas, le proponen ayudas concretas. Ese tipo de liderazgo local, de madre de dragones, tiene especial efecto en mujeres de su generación. Los azares han jugado a su favor: el embarazo de Susana Díaz provoca, de inicio, una corriente de empatía, y en esta campaña la están llenando de regalos y de consejos.

Se les votará, a unos y otros, pero no tanto como gesto de euforia sino más bien como aval de confianza

Antonio Maíllo en Sanlúcar de Barrameda, bajo una temperatura de verano, se sube al atril y dice: “Andalucía es nuestra casa y no nos van a desalojar. Andalucía es nuestra tierra y no nos van a echar de ella. Andalucía es nuestra escuela y vamos a seguir aprendiendo de sus valores”. El candidato reúne el bien más preciado de IU, su militante de tierra, su suelo cultural casi mítico, también un cierto comunismo que permanece aferrado a su partido y le proporciona una fuerza que no suele tener en el resto de España. En Sanlúcar se reúnen militantes históricos, mayores, a los que Maíllo besa, abraza y aplaude. Es “la gente”, como insiste Cayo Lara. El de IU es el público más propenso al “dejadme llorar horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares” nerudiano, y de hecho el propio Lara pide “esperanzas y seguridades” que evocan por momentos al “dadme el silencio, el agua, la esperanza” del Nobel chileno. La poesía, sin embargo, incluso la poesía andaluza, la ha reservado IU para asaltar Madrid con Luis García Montero.

La sensación, evocada por quienes siguen la campaña y los propios equipos electorales, es que la crisis y el agotamiento del crédito en los políticos ha provocado un repliegue incluso en los militantes más entregados. Hay un público más vigilante, más desconfiado y más proclive a la sospecha que el viejo militante irreducible dispuesto a poner las manos sobre el fuego y disculpar pecados veniales. Esto sucede no sólo en los partidos tradicionales sino también en los nuevos, a los que se escucha con atención y se examina con más severidad de la acostumbrada. Se les votará, a unos y otros, pero no tanto como gesto de euforia sino más bien como aval de confianza. Un voto crítico, más elaborado, más pensado. Por eso en los actos se escucha más, y se grita menos.

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