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Sin rumbo y dividido

La sensación de división del PSOE que deja la destitución de Tomás Gómez hunde sus raíces en los años previos a la era Zapatero

Pedro Sánchez y Tomás Gómez en el 34º Congreso Federal Extraordinario del PSOE.
Pedro Sánchez y Tomás Gómez en el 34º Congreso Federal Extraordinario del PSOE.

Es algo que España no se puede permitir, decía la presidenta de la Junta de Andalucía en los días previos al último congreso celebrado por su partido: que el PSOE no tenga rumbo y que siga dividido, la doble herencia del futuro secretario general de los dos años que, en opinión de Susana Díaz, no habían sido buenos para su partido. Mentiríamos, añadió, si dijéramos que no ha habido enfrentamientos y divisiones en el partido, mentira inútil pues bien a la vista estaban desde que Felipe González y Alfonso Guerra protagonizaron, en la década de 1990, la primera escisión en la cima, solo a medias liquidada con la renuncia de ambos a repetir mandatos, hasta que Alfredo Pérez Rubalcaba ocupó la secretaria general en un congreso caracterizado por la división en dos mitades de un partido incapaz de curar las heridas de su última e inapelable derrota.

No se trataba únicamente de divisiones; contaba también, y de qué manera, la falta de rumbo: el partido y su política habían quedado desdibujados y carentes de anclajes sólidos a partir de aquella noche de mayo de 2010 en la que naufragó el segundo proyecto de gobierno puesto en marcha por el PSOE desde su llegada al poder en 1982. El primero, presidido por Felipe González, había agotado su impulso y su contenido en la bautizada como dulce derrota de 1996, cumpliendo el sino que parecía condenar a la socialdemocracia a la desaparición de la escena europea ante el auge de un neoliberalismo autoritario, de origen angloamericano, personificado aquí por José María Aznar. La agonía final de este primer ciclo de la socialdemocracia española había ocurrido también en medio de enfrentamientos y divisiones, provocadas esta vez, no por una escisión en la cima sino por la introducción de elecciones primarias para optar a la presidencia del gobierno, que contra las previsiones de Ferraz, dieron el triunfo al aspirante Josep Borrell, frente al secretario general, Joaquín Almunia. El resultado de esos cuatro años erráticos (1996-2000) fue, en lo político, una pérdida de rumbo, y en lo orgánico, el desplazamiento de poder de la comisión ejecutiva hacia los barones territoriales, que invistieron al secretario general como candidato a la presidencia del gobierno a pesar de su derrota en elecciones primarias.

Se inició así una potencial línea de fractura entre la ejecutiva federal en declive y las ejecutivas territoriales en auge, hasta que un diputado todavía en agraz, José Luis Rodríguez Zapatero, saltó de la primacía entre pares a jefe de fila de un grupo congregado bajo el marbete de Nueva Vía para entrar en la pelea por el trono vacante. Más por fortuna que por virtud, Zapatero logró alzarse con el santo y la limosna en un congreso que se hará célebre por la confluencia en su persona, que había recibido las bendiciones de Pasqual Maragall, de un número suficiente, pero ni uno más, de votos procedentes de la facción liderada por Alfonso Guerra, cosas de la política. Situado por encima de la confusión, sin deudas con ninguna de las dos grandes facciones que venían protagonizando las luchas internas, Zapatero se presentó como alguien a quien el pasado no condicionaba "para nada" y que en lugar de dedicarse a "repasar lo ocurrido" pretendía "liderar la modernidad". España podía prescindir de lo que el nuevo secretario, que había presumido de haber hablado cuatro veces con González, definió como "mitología del felipismo", porque eso, en política, era malo.

Las divisiones continúan, si no en la cima, entre la cima y alguna que otra organización territorial

Dichas en marzo de 2000, estas cosas no dejaban de tener su gracia y atractivo. Es una reiterada malaventura de nuestros presidentes de gobierno que sus sucesores se presenten limpios de polvo y paja, como queriendo sacudirse de encima la herencia recibida. Militantes y electores habían quedado hartos de luchas intestinas y era preciso marcar un nuevo comienzo, esa tentación adánica que impide alimentar sólidas tradiciones ante la expectativa de amaneceres que cantan. Zapatero lo intentó desde su irrupción en escena y lo confirmó cuando, por un nuevo azar y sin necesidad de convocar elecciones primarias, el gobierno vino a sus manos. ¿Para continuar una política socialdemócrata? Quia; él poseía dotes de fundador y de la misma manera que puso fin a la lucha de facciones saltando por encima de ellas, pretendía superar los referentes socialdemócratas de los finiquitados treinta años gloriosos, inaugurando un republicanismo de ciudadanos que convertiría al PSOE en "vanguardia de la modernidad".

Desde una estricta paridad de género en el gobierno, pasando por la mujer embarazada revisando tropas en formación y el matrimonio entre homosexuales, hasta las conversaciones para alcanzar la paz con la organización terrorista ETA o enviar "Nación" al magma de los conceptos discutibles, de las palabras sin peso, todo era y tenía que sonar a nuevo, todo era inaugural. España, sociedad moderna, pletórica de juventud y energía, era también plural y, para colmo, rica, más que Italia, como Francia, a punto de superar a Alemania. ¿La prueba? En España, además de nuevos estatutos, de cheques bebé y de deducción de 400 euros en el IRPF, se edificaban cada año tantas viviendas como en esos tres países juntos.

Y así cabalgamos durante varios años sobre la burbuja inmobiliaria a la que se había referido por su nombre el mismísimo Zapatero en octubre de 2002 cuando expresó su gran preocupación porque "si empieza a disolverse, la repercusión puede ser muy fuerte para la economía, el sistema financiero y para las familias". A Zapatero le resultaba insólito que el gobierno del PP llevara contemplando tres años esta situación sin hacer nada para evitar el seguro desastre. Él tampoco hizo nada y la burbuja no se disolvió, estalló, como suele ocurrir con las burbujas cuando se sopla con fuerza para que sigan hinchándose. Y con el estallido desapareció la modernidad y se esfumó el republicanismo. Zapatero enmudeció: su discurso ante el Congreso mostró, para desconcierto de sus seguidores —entre ellos un buen número de escritores y artistas que le habían bailado las aguas en plataformas y demás jolgorios teatrales y desesperación de sus leales, que el fundador del nuevo socialismo se había convertido en mero transmisor de la política dictada desde Bruselas. Otra vez el PSOE sin rumbo, pero ahora, más que dividido, fragmentado, roto en pedazos.

Inteligente y astuto, su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba, no había sido nunca un líder político, que es otra cosa que un político capaz, como él lo fue al dirigir la lucha contra ETA tras la voladura del sedicente proceso de paz. Elegido secretario general enfrentado a Carme Chacón, heredera a su pesar de Zapatero, se empleó en devolver al PSOE una identidad que lo alejara de la vacua retórica posmoderna y restableciera su histórica personalidad socialdemócrata para afrontar con otras propuestas la devastación provocada por las políticas de una mal llamada austeridad —en realidad: políticas de empobrecimiento en salarios y en bienes públicos de las capas medias y medio-bajas de la sociedad— a la vez que intentaba poner remedio, con una propuesta federal, a las divisiones causadas en el partido hermano de Cataluña por la creciente deriva independentista. Pero, a pesar del sólido trabajo culminado en la Conferencia Política de 2013 y de haber rebajado las tensiones levantadas por la desgraciada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán —cuyos efectos políticos, había asegurado Zapatero, serían limitados y no irían "más allá de unas semanas"—, el PSOE salió muy malparado de las europeas y Rubalcaba hubo de tomar el camino a casa después de convocar, por vez primera en la historia del socialismo español, unas elecciones primarias para designar al nuevo secretario general que, en todo caso, tendría que ser confirmado por un congreso extraordinario.

El procedimiento, destinado a acumular en la cima todas las legitimidades democráticas y orgánicas posibles, dio como resultado la recomposición formal de la unidad del partido en la persona de su nuevo secretario general, Pedro Sánchez. Sin embargo, y como han puesto de relieve los pasos adelante y atrás de la presidenta de Andalucía, la insólita y fulminante destitución de un secretario general elegido en debida forma, el de Madrid, y ciertas maniobras en la semioscuridad, las divisiones continúan, si no en la cima, entre la cima y alguna que otra organización territorial. En estas condiciones, será difícil encontrar el rumbo que acabe por devolver al PSOE la confianza de su electorado y, más difícil todavía, atraer nuevos votantes. Y entonces, dividido y sin rumbo, el partido que se presentó como vertebrador de España, impulsó su integración en Europa y gobernó durante 21 de los 37 años de democracia, seguirá resbalando por la pendiente que lleva a una irreversible decadencia.

Los grandes hitos del PSOE

  • 2 de mayo de 1879. Fundación del PSOE en un encuentro celebrado en Casa Labra.
  • 8 de mayo de 1910. Pablo Iglesias consigue el primer escaño para el PSOE en las Cortes Generales.
  • 1931. El PSOE obtiene 115 escaños en las elecciones a Cortes Constituyentes
  • 1944. Primer congreso del partido en el exilio, celebrado en Toulouse. Rodolfo Llopis es elegido secretario general.
  • Octubre de 1974. Congreso de Suresnes. El PSOE elige a Felipe González como secretario general.
  • Febrero de 1977. Legalización del PSOE
  • 1979. En mayo se celebra un Congreso muy tenso por el debate sobre el marxismo como seña de identidad del partido. Se convoca otro congreso, este de carácter extraordinario, en septiembre. Triunfan las tesis de Felipe González, partidario de abandonar las tesis marxistas.
  • 1982. El PSOE gana las elecciones por mayoría absoluta y Felipe González se convierte en presidente del Gobierno, cargo que ocupó hasta 1996.
  • 1997. Un año después de perder el Gobierno, el PSOE celebra un Congreso en el que se elige a Joaquín Almunia como secretario general. Felipe González anunció que no optaría a la reelección.
  • 1998. Se convocan primarias para elegir candidato a la presidencia del Gobierno y se presentan Almunia y José Borrell, que las gana en el mes de abril. Empieza un periodo de bicefalia en el PSOE.
  • 1999. Borrell presenta su renuncia como candidato a la presidencia tras verse afectado por el caso de corrupción Aguiar-Huguet, un fraude fiscal que salpicó a excolaboradores de Borrell. Almunia fue el candidato en las elecciones generales de 2000.
  • 2000. La derrota electoral del PSOE, que obtuvo los peores resultados del periodo democrático, provoca la dimisión de Almunia. El XXXV Congreso del partido tuvo cuatro candidatos a la secretaría general: José Bono, Matilde Fernández, Rosa Díez y José Luis Rodríguez Zapatero, que ganó una reñida votación por nueve votos de diferencia con Bono.
  • 2004. El PSOE consigue la victoria en las elecciones generales y Zapatero logra la presidencia del Gobierno.
  • 2004. El PSOE consigue la victoria en las elecciones generales y Zapatero logra la presidencia del Gobierno.
  • 2011. Zapatero anuncia que no se presentará como candidato a la presidencia del Gobierno. El PSOE perdió las elecciones generales de noviembre de 2011.
  • 2012. El Congreso del PSOE elige secretario general a Alfredo Pérez Rubalcaba, que ganó frente a Carme Chacón por 22 votos de diferencia.
  • 2014. Tras los malos resultados cosechados en las elecciones europeas por el PSOE, se convoca un Congreso extraordinario en el mes de mayo que eligió a Pedro Sánchez como secretario general del partido.

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