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“Palpas la vena, sale sangre y tienes miedo a pincharte, pero es tu trabajo”

Manuel Torres, enfermero, relata el día a día en la habitación de Teresa Romero

Zona del Hospital Carlos III donde está ingresada la enfermera infectada de ébola, Teresa Romero.
Zona del Hospital Carlos III donde está ingresada la enfermera infectada de ébola, Teresa Romero. EL PAÍS

A las ocho menos cuarto de la mañana, cada día desde el pasado lunes, un grupo de médicos, enfermeros y auxiliares desoye el ruego de sus familiares para “que vaya otro”, aparca el propio miedo y entra en el hospital Carlos III para intentar salvar la vida a Teresa Romero, la primera contagiada por ébola fuera de África. Manuel Torres, uno de ellos, explica que desde el pasado lunes han tenido “algunas bajas” en el equipo de personas que ceden a la presión familiar; pero también altas de profesionales que se suman para ayudar. Empezaron siendo nueve y ahora son 12. Torres, enfermero, relata a EL PAÍS cómo es el día a día en esa habitación en la que Romero lucha contra el virus y el equipo que la atiende contra el estrés que puede llevarles a cometer un error fatal.

“Lo primero que hacemos al llegar es leer el parte del paciente, con los datos de cómo ha pasado la noche, el tratamiento que ha seguido...”. Antes de ver a Romero se colocan el traje de protección en una estrecha esclusa. “A la habitación solemos entrar de dos en dos. Normalmente, un enfermero y un auxiliar, o un enfermero y un médico. Los médicos entran menos. Yo, ayer [por el jueves] entré dos veces, una hora y cuarenta y cinco minutos en total”.

No pueden estar mucho más tiempo con el traje de protección puesto porque da muchísimo calor. “Te pones a cincuenta grados. Entre el calor, la tensión y los nervios, cada vez que me quito el traje peso dos kilos menos”, asegura Torres. Uno de los momentos de mayor estrés es cuando cada día alguien del equipo extrae sangre a Teresa Romero. “Tenemos que hacerlo con el traje de protección puesto, es decir, con tres guantes. Palpas la vena, pinchas, sale sangre, estás en contacto con los fluidos y tienes miedo a pincharte... pero es tu trabajo. Estás a 50 grados, sudando dentro del traje, pero necesitas sangre fría para hacer las cosas bien”, explica Torres. “También la aseamos, le tocamos la frente, le damos ánimos. Hacemos lo mismo que Teresa hizo por los misioneros repatriados, nuestro trabajo”, insiste.

Una máquina monitoriza todas las constantes de Romero y muestra en una pantalla “la frecuencia respiratoria, cardiaca, la saturación de oxígeno, la tensión arterial...”. No hay que llevarle ya la comida porque la auxiliar infectada, de 44 años, es alimentada con suero, igual que los dos misioneros españoles repatriados por el virus.

Hasta que empeoró, tras sufrir un fallo respiratorio el jueves, Teresa llamaba por teléfono a su familia para distraerse, consultaba internet a través de su móvil y hablaba con el personal médico. Ahora el teléfono está apagado y es sobre todo el equipo el que le habla, tratando de animarla. “Ella habría hecho lo mismo por nosotros”, afirma Torres.

El equipo se va a casa al final de cada jornada agotado física y mentalmente; pensando en el momento en que tocaron la sangre de Romero con tres capas de guante; repasando paso a paso el momento en que se quitaban el traje mientras un compañero les iba cantando por un micrófono lo que tenían que hacer. Tardan 40 minutos en quitárselo, que son diez minutos más del tiempo de formación que recibieron para aprender a vivir en ese traje y a desprenderse de él sin contaminarse. El estrés es tan grande y tan peligroso en este caso que desde el miércoles todo el equipo recibe terapia psicológica en grupo. “Yo llevo 38 años en esto, y empecé con pacientes de sida”, explica Torres, que ya atendió al primer misionero repatriado por ébola, Miguel Pajares. Pero no es fácil actuar con “sangre fría” cuando uno está “desesperado” por quitarse un traje a 50 grados.

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