Proclamación de Felipe VI

Felipe y Letizia, de cerca

La andadura de don Felipe no ha sido sencilla. Muchas veces se ha sentido solo. Distinto Ha tenido que buscar su ruta. Es obstinado y cabezota. Su estilo tiene algo de prueba-error Ella mantiene sus fuentes con el exterior; sus padres son asalariados de clase media

Doña Letizia y don Felipe, fotografiados para 'El País Semanal' en 2006, con motivo del 25 aniversario de los premios Príncipe de Asturias
Doña Letizia y don Felipe, fotografiados para 'El País Semanal' en 2006, con motivo del 25 aniversario de los premios Príncipe de AsturiasGORKA LEJARCEGI

Nunca ha querido ser un florero ni un elemento decorativo. Felipe Vi odia desde niño los viajes de balcón, la prensa rosa como fedataria pública de su trabajo y pronunciar discursos estériles escritos por otro. Su obsesión es que su trabajo sea útil para España; tenga un sentido; valga; la prestigie. Y a partir de ahí, está dispuesto a dejarse el pellejo; dar lo mejor de sí; escuchar; buscar consensos; sumar; unir. Estará donde se le necesite. Es un idealista. Su voluntad es hacerlo bien. Perfeccionando ese peculiar oficio de familia con cinco siglos de historia y poniéndolo al día. Está convencido de que la monarquía puede ser un elemento de cohesión, concordia y progreso. Que es una pieza importante dentro de la marca España. Pero también es consciente de que hay que hacerla más moderna, ética, abierta, cercana y transparente. Que él y su familia están para servir. Y si no, todo ese aparato institucional no tiene sentido.

Para empezar, intentará transformar la estructura de apoyo a la Jefatura del Estado, la Casa de Su Majestad el Rey, hoy formada exclusivamente por hombres lindantes con la jubilación y que pertenecen a las Fuerzas Armadas o a los altos cuerpos del Estado, de cara a los nuevos tiempos. La clave es que la Zarzuela deje de ser un cuartel; un coto de hombres maduros de uniforme; que se convierta en algo más parecido a la Casa Blanca que al Vaticano. Donde el protocolo y la seguridad no dominen y encorseten a la jefatura del Estado y haya un mayor espacio para el análisis, la prospectiva y el contacto con los ciudadanos. Dejando de lado la pompa y ceremonia y los tratamientos decimonónicos. Ese será su primer desafío: pulir la casa. A continuación, ganarse a los ciudadanos. Para lograrlo tendrá que desplegar el completo catálogo de gestos que domina genéticamente su familia.

Su andadura no ha sido sencilla. Muchas veces se ha sentido solo. Distinto. Condenado al silencio. Estando sin estar. Sin asumir más protagonismo del necesario. Sin tomar decisiones de calado. Cuando tuvo un mínimo margen para hacerlo demostró que sabe hacerlo; es un tipo sereno pero no tiene miedo; está dispuesto a luchar por lo que cree: se casó con una periodista plebeya y divorciada. Ante el escándalo de los más reaccionarios que nunca se lo perdonaron. Quizá hubieran preferido una aristócrata centroeuropea piadosa y pacata. Enseguida, pusieron la proa a la nueva princesa de Asturias. Que nunca se plegó a ser juzgada por el largo de su falda ni a abrir las puertas de su hogar al papel cuché. Doña Letizia lo ha pasado mal en estos diez años. Le han zurrado fuerte desde la prensa y la televisión rosa, negra y amarilla. El nivel de acoso y crítica a su imagen, actividades y estilo ha sido a veces insoportable. Fue incluso objeto de algún desaire en el interior de la maquinaria palaciega. Lo ha superado sin arrugar el gesto ni perder los papeles. Ha cumplido. Ha aprendido a controlar sus emociones. Ha adoptado un perenne perfil bajo. Ha interiorizado que su papel es secundario y siempre será así. Pero quiere ayudar. Ella también ya está preparada y lista para el futuro. En su entorno afirman que ha ganado en seguridad y será aún mejor reina que princesa.

Doña Letizia ha aportado frescura, cercanía y normalidad a la vida de Don Felipe y, en la medida en que la han dejado, al funcionamiento de la Corona. Y tiene mucho que decir. Para empezar, va a ser decisiva en la formación de sus hijas (la mayor estará llamada un día a ser reina de España); y también en la vida diaria, en la intrahistoria y la letra pequeña de la institución. Tiene una gran ventaja frente a su marido: conoce el sistema educativo público, la sanidad universal, el mercado laboral, la olla a presión de la universidad y pagar una hipoteca cada mes; sabe qué pasa ahí fuera; mantiene sus fuentes con el exterior; su padre y su madre son dos asalariados de clase media; es vitalista y directa; preguntona y batalladora; si pone en marcha todo su potencial, será clave en el desarrollo de la monarquía del siglo XXI. Letizia es la ventana de don Felipe a la calle; un soplo de aire fresco que traspasó los 80 kilómetros de muros históricos que circundan el monte del Pardo, propiedad de la Corona (aunque hoy adscrito a Patrimonio Nacional) desde hace seis siglos. En nadie confía tanto don Felipe como en ella. Sabe que tiene criterio y decisión. Y que su lealtad a la nación es absoluta. Porque ella es una hija del pueblo.

Ese será su primer desafío: pulir la casa. A continuación, ganarse a los ciudadanos

Felipe de Borbón ha trabajado estos años sin libro de instrucciones. Buscando su espacio. Luchando por convertirse en un símbolo de la Nación y, al tiempo, en un ciudadano corriente, un hombre, un padre de familia, alguien que disfruta profundamente de las cosas pequeñas de la vida. Tiene los pies en la tierra. No está en la inopia. Pronto supo que la experiencia de sus antepasados no valía, que la institución a la que pertenece no se había puesto al día como las otras coronas europeas tras la II Guerra mundial, que no había tradición monárquica en España y que el estilo y el momento histórico de su padre iban a ser muy distintos al suyo. Y que él estaba obligado a trazar su camino. No tenía a quien preguntar. Ni siquiera a su abuelo, que vivió toda su vida en el exilio. Ni a sus primos griegos, cuyo padre, el rey Constantino, hermano de doña Sofía, fue expulsado con toda su familia de Grecia en 1967, un año antes de que naciera don Felipe; ni a su padre, preso en sus años de formación de los caprichos de Franco; ni a su madre, que vivió toda su infancia en el exilio. Tampoco había un master para aprender a ser rey más allá de observar a su padre y pasar esa experiencia por el tamiz de su inefable sentido común. En sus momentos de duda, y los hubo, no desperdició ni un minuto en compadecerse y darle vueltas. No enredó. Es demasiado honrado. Y quiere demasiado a su padre. Prefirió tomarse las cosas con calma. Intentando no correr más rápido que la historia. Y, mientras tanto, prepararse lo mejor posible intelectual y humanamente para cuando llegara su hora. Aunque estuviera muy distante en el tiempo. Su turno le ha llegado a los 46 años.

En realidad, su camino empezó desde la misma pila bautismal, en torno a la cual se reunieron por primera vez en décadas su familia en el exilio (su bisabuela, la reina Victoria Eugenia, y su abuelo, don Juan de Borbón) con el dictador Francisco Franco, en Madrid el 8 de febrero de 1968. Un año más tarde don Juan Carlos era proclamado sucesor. El niño había llegado con un pan bajo el brazo. Don Juan Carlos se haría tras la muerte de Franco con el control de la dictadura que demolería automáticamente desde dentro.

Los Príncipes con las infantas Leonor y Sofía, en Palma en 2009.
Los Príncipes con las infantas Leonor y Sofía, en Palma en 2009.Ballesteros / efe

En aquella reunión bautismal se pudo visualizar que el neófito, además de un bebé muy grande y muy rubio, “un machote”, según su padre, era un objeto de Estado. Un protagonista de la historia. Y que cada uno de los pasos que diera a partir de esa fecha iba a ser seguido y registrado minuciosamente por la opinión pública. Su educación, aficiones, amistades, estudios, amores. Hasta la asfixia. Y con escaso margen de maniobra. Hoy, intenta a toda costa que su heredera, Leonor, de ocho años, crezca con el sosiego y la intimidad que a él a veces le faltó. Su familia, su mujer, Letizia Ortiz, y sus dos hijas, son, junto a España, su gran empeño. Es lo único que le quita el sueño a un hombre que duerme como un lirón, es tranquilo hasta la pachorra y que cuando estaba en la Academia General Militar de Zaragoza se ponía media docena de despertadores para levantarse a tiempo y estar listo a la hora de la revista. No siempre lo consiguió. Tampoco evitar unos dolores de espalda desde que a los 18 años creció una cabeza en un año.

Abogado y economista; soldado, piloto y marino; regatista olímpico y buen esquiador; experto en relaciones internacionales y en la Unión Europea; la mejor agenda latinoamericana del planeta. Dos carreras, tres academias, un máster y un larguísimo aprendizaje en el día a día. Testigo de grandes momentos de la historia partiendo del 23-F. Con grandes maestros como Aurelio Menéndez, Enrique Fuentes Quintana, Cayetano López o Francisco Tomás y Valiente y también escuchando a esa gente que le fascina y a los que ha atraído a España través de su Fundación, uno de sus sueños más queridos, desde Woody Allen a Nelson Mandela o Gunter Grass. Si algo ha aprendido Felipe desde niño es a escuchar. Tomar notas, empollar y sacar partido a esas ideas y experiencias. Es un esforzado de la reflexión.

Las armas de don Juan Carlos durante su reinado han sido el olfato, la simpatía, la capacidad de seducción y la caudalosa experiencia política adquirida desde muy niño; viviendo durante toda su infancia y juventud entre adultos conservadores y católicos ultramontanos. La biografía de padre de don Felipe es la de un superviviente y, más tarde, la de un triunfador. El hombre que apostó por Adolfo Suárez, legalizó el Partido Comunista, renunció a los poderes heredados del dictador, impulsó la Constitución, frenó a los golpistas, fue el primer monarca español en dar paso en paz y normalidad a un gobierno de izquierdas con el que convivió a las mil maravillas y transmitió al mundo una imagen renovada de la España que salía del aislamiento y quería ocupar un puesto destacado en el concierto mundial; al que recibían todos los presidentes estadounidenses y besaban en la mejilla todas las coronas europeas. Don Juan Carlos era alto, rubio, arrollador; atractivo, deportista al filo de la temeridad, carismático, hablaba idiomas y tenía una broma siempre a punto. Sin embargo, también era más propicio a la melancolía que su hijo. Más de altos y bajos.

Son muy diferentes. Don Felipe tiene un estilo más centrado, minimalista y científico; basado en la observación, la reflexión, la recogida de información y un análisis detenido de la misma hasta llegar a una toma de decisiones muy meditada. Tarde lo que tarde. No le importa. Es obstinado y cabezota. Su estilo tiene algo de prueba-error. Le da vueltas a las cosas. Nunca se precipita. Sopesa todas las posibilidades antes de tirarse a la piscina. Habría sido un buen analista estratégico o un buen oficial de estado mayor, diseccionando las ventajas e inconvenientes de una situación antes de acometerla. Durante años ha trabajado sin red. Sin aforamiento, sin un estatuto, sin una estructura propia, con un mínimo equipo y permanentemente a la sombra del Rey. No era un vicerey ni un adjunto ni un jefe de Estado bis. Rey solo hay uno. La punta de la pirámide es unipersonal. Y en ese lugar escueto de tamaño residen la jefatura del Estado, la cabeza de una institución histórica y una familia muy peculiar. Él estaba debajo del Rey pero en realidad no era nada; no era su número dos. No podía asumir unas atribuciones que la Constitución no le otorgaba. Incluso para viajar a la toma de posesión de los mandatorios latinoamericanos representando al Rey (algo que ha hecho en más de 60 ocasiones), el Gobierno tenía autorizarle mediante un decreto a medida publicado en el BOE y siempre acompañado por un ministro o secretario de Estado. Felipe estaba obligado a llenar de contenido un puesto que en principio no era más que un envase pomposo y hueco. Ha tenido tres décadas para conseguirlo. La falta de una legislación estricta sobre sus misiones le permitía también una enorme amplitud de posibilidades. Solo era necesario encontrarlas. Y ponerse manos a la obra. Lo hizo en serio a partir de 1995. Se recorrió Latinoamérica de punta a punta; visitó con intensidad casi todas las Comunidades Autónomas; se sumergió en el engranaje de la UE; aprendió a descifrar el complejo engranaje de la Administración del Estado; consiguió la confianza de sus compañeros militares; apostó por la excelencia y la reconciliación desde la Fundación Príncipe de Asturias y ha estado donde se le ha necesitado, para empezar, junto a las víctimas del terrorismo.

Desde que juró la constitución a los 18 años, ataviado con su primer chaqué y luciendo por primera vez el toisón de oro en la solapa, su empeño innato ha sido defender nuestros intereses, nuestra imagen, nuestro prestigio, nuestras empresas, nuestro idioma, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra cultura. ¿Cómo lo llevaría a cabo? Quizá sus objetivos más tangibles se traducían en dar una imagen de estabilidad institucional del país, representarle dignamente en el exterior (estableciendo relaciones especiales con Latinoamérica, Oriente Medio y sus parientes de las otras monarquías europeas y asiáticas), abrir puertas a las empresas españolas en el mundo, crear un ambiente propicio para atraer inversiones y turistas, proporcionar voz a los que no la tenían e impulsar la excelencia, la innovación la lengua y la cultura, añadiendo al vocabulario de la monarquía términos como sostenibilidad o medio ambiente. El muestrario era amplio. Era cuestión de ponerse.

No sabía muy bien cómo hacerlo. Ha buscado su camino. Un estilo sosegado que ha ido empapando poco a poco la imagen de la nueva monarquía. Nunca ha decepcionado, aunque le haya supuesto, por ejemplo, romper en público y en privado con su hermana Cristina. Felipe es un hombre de ideas, valores y principios. Y ahí no tiene sitio un comportamiento como el de Iñaki Urdangarín. Don Felipe cree en un mundo mejor y más justo. Cree en el valor de lo público. Él concibe su trabajo como un servicio público. Y ha demostrado más intuición para llevar a cabo su cometido y librarse de las réplicas del caso Noós de los que algunos auguraban.

Los Príncipes, durante un acto en Madrid tras la abdicación del Rey.
Los Príncipes, durante un acto en Madrid tras la abdicación del Rey.Uly Martín

Es un hombre tranquilo. Concienzudo como un deportista. Disciplinado como un militar. Cortés como un diplomático. Sagaz como un político. Global como un alto ejecutivo. Acostumbrado a aguardar sin denotar inquietud en su papel de heredero al trono. Adicto a la discreción desde que era niño. Muy celoso de su intimidad. Más aficionado al trabajo en equipo que al relumbrón del campeón en solitario. No tensa, no impone, jamás eleva la voz. Se toma su tiempo antes de afrontar una decisión. Rara vez pierde los nervios. Nunca dice una palabra que no deba. Atesora la legendaria memoria de los Borbones. Intenta ser amable con todo el mundo. De cerca, tiene una presencia imponente desde sus dos metros. Más de traje o uniforme que cuando adopta un estilo casual en el que parece sentirse menos cómodo. Su altura le permite otear el ambiente a vista de pájaro. A veces con una expresión ausente. La desconexión dura poco; enseguida brota la sonrisa. Es un profesional. Se debe a cada auditorio. Ha envejecido rápido. Especialmente en estos últimos años, cuando la monarquía ha pasado entre la opinión pública del notable al suspenso clamoroso. Aunque en las encuestas bisemanales de la Zarzuela siempre superó el aprobado. El pelo se le ha teñido de gris, las entradas se le han acentuado y han surgido profundas arrugas en la frente y en torno a esos ojillos azules que siempre revelan su estado de ánimo aunque él intente ocultarlo tras un halo de imperturbable buena educación. Es un tipo atractivo e impecable al que una dentadura imperfecta y una cicatriz producto de una caída infantil en monopatín que le cruza la barbilla le añaden un toque más humano; las manos, pequeñas para su estatura y delicadas, con la alianza en el anular de la derecha, y una risa directa, abierta y expansiva, son los elementos que remiten a la niñez ya casi olvidada del futuro Rey.

Felipe no tendrá poder pero tendrá influencia. La Constitución le otorga la amplísima y etérea función de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones y de ser el símbolo de la unidad y permanencia del Estado. Y eso puede ser todo o nada. De él depende. Llegará hasta donde su utilidad pública y su conducta intachable entre los ciudadanos le permitan. Tendrá que ganarse el sueldo cada día. No lo tiene fácil. Pero a los 46 años ha alcanzado el punto justo de madurez. Él, y su compañera de viaje, doña Letizia, tras rodar juntos estos últimos diez años a bordo de un vehículo que solo tiene dos asientos y donde la discreción, la reserva, la prudencia y la sensatez son algunas de las virtudes básicas. Al lado de la pareja, su estructura de apoyo directo ha sido mínima. Así se decidió cuando don Felipe regresó de su master americano en 1995, y se le dotó de una secretaría pero no de una casa. La diferencia era considerable. No habría bicefalia en la Zarzuela. No habría dos jefes, dos gabinetes ni dos encargados de comunicación ni de seguridad. Una estructura que en la Corona británica (según los cerebros grises de la Zarzuela) no había funcionado. El Príncipe tendría a su servicio a toda la maquinaria real pero en su apoyo inmediato solo contaría con media docena de administrativos, y cuatro ayudantes militares (cada uno trabaja a su lado 24 horas seguidas), a un abogado del Estado, Jaime Alfonsín, de 57 años, al frente de todo el equipo y a dos militares de completa confianza de don Felipe y doña Letizia, Emilio Tomé y Jose Manuel Zuleta, para su servicio inmediato. Ese puñado de fieles ha sido el único testigo del trabajo de los príncipes y de su ilusión por hacer las cosas bien incluso en los momentos de máxima adversidad.

El resto es su vida privada. Un hogar infranqueable construido junto a su mujer y sus dos hijas, Leonor y Sofía, de ocho y siete años. Las maratonianas sesiones de cine en versión original a la que está enganchada doña Letizia; las tapas en el Madrid viejo; los desayunos y cenas de los cuatro juntos; los experimentos gastronómicos orgánicos de la futura reina; los paseos con las niñas por el campo; los planes con matrimonios jóvenes con niños; los deberes de las dos infantas cada tarde; los cuentos en la cama antes de dormir. La preocupación por cómo será la vida de ambas; por proporcionarlas la mejor formación; que sepan y nunca olviden quienes son pero que también tengan los pies en el suelo y no vivan jamás en una burbuja. Ese es el otro gran reto de don Felipe y doña Letizia. El reto de la vida diaria de los futuros reyes de España.

Archivado En:

Te puede interesar

EmagisterCursos Recomendados

Lo más visto en...

Top 50