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“Quiero trabajar en una escuela de fútbol y mandar dinero a mi familia”

Quito, uno de los 500 inmigrantes que han saltado la valla de Melilla, cuenta su historia

Quito, de 18 años, tras saltar la valla en Melilla. Ampliar foto
Quito, de 18 años, tras saltar la valla en Melilla.

Lleva cinco meses viviendo en el monte, aunque hace más de un año que vive en Nador, comenta hablando en inglés, mientras el resto de sus compañeros que están a su lado apoyados en un árbol le van apostillando en preguntas que no entiende o en respuestas que no encuentra. Quito Marcianiashi es uno de los cerca de 500 inmigrantes subsaharianos que han logrado saltar la valla de Melilla esta madrugada. Cerca de 2.000, divididos en dos puntos, lo han intentado este miércoles, según las cifras dadas por el Ministerio del Interior.

Se encuentra en la puerta del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), con un grupo de compañeros de recorrido. Vienen del asentamiento en el monte Gurugú. Es una reunión de los recién llegados, recién recibidos, recién afiliados, recién equipados. Porque todos lucen unas grandes bolsas de plástico en cuyo interior esta su kit de aseo personal y su nueva ropa. Todos al principio visten con la camiseta, el chándal y las zapatillas que les facilitan en el CETI cuando llegan, pero a los pocos días de estancia en Melilla, ya cambian su vestimenta con el atuendo que ellos consiguen.

Quito es apasionado del fútbol: "Sé jugar a fútbol. En mi país soy futbolista y quiero trabajar en una escuela de fútbol y poder mandar dinero a mi familia". Se le ilumina la cara cuando habla de su pasión por el fútbol y de sus entrenamientos. Enseguida dice los nombres de sus futbolistas preferidos: "Xavi Hernández, Samuel Eto'o... pero Xavi es el mejor", afirma con rotundidad. Y su equipo favorito es, sonríe, el "Real Madrid".

Por ahora, los inmigrantes subsaharianos se dedican a lavar coches en la calle o a llevar los carritos de la compra en las puertas de los supermercados. Esta mañana cuando llegaba era recibido por otros compañeros, "tengo amigos del monte que han conseguido entrar antes". Está seguro que encontrará trabajo, "con maquinaria, en el campo", para él lo de la crisis y el desempleo no es obstáculo.

Una llamada es lo que piden los recién llegados porque "queremos hablar con la familia para decirles que hemos llegado, que lo hemos conseguido", explica Quito. "Queremos decirle 'bosa, bosa'".

Estar en los asentamientos del monte Gurugú en Marruecos significa tener más posibilidades "de saltar la valla, porque hay otros compañeros y nos preparamos". Saltar la valla para tener éxito tiene que ser una acción coordinada porque la masa "tiene más posibilidades". Quito dice tener 18 años y comenta que es la cuarta vez que lo intenta, aunque la primera, en este mes.

¿Cómo se preparan para el momento del salto? ¿Saben el riesgo que corren de herirse incluso gravemente? Él lleva unas chanclas de goma, porque su pie está vendado y lo muestra como respuesta: "Sabes que te puedes hacer daño; mira mi pie, me lo he torcido al saltar". Tiene un vendaje simple alrededor de varios de sus dedos del pie derecho.

Quito Marcianiashi conoce a la mujer que ha conseguido saltar esta mañana: "Es una africana joven, con pelo rasta". Pero no conocen mucho de ella, o no quieren contar más, enseguida todos señalan también el pelo, indicando cómo es.

Saltar la valla es, para ellos, saltar a un mundo mejor. "Hay peligro, pero si lo conseguía sabía que iba a estar mejor que en mi país". Habla de su familia: "No estoy casado, pero tengo una madre, una hermana y un hermano pequeño", mientras con la mano señala la estatura supuesta del niño que le llegaría a la altura de la cadera.

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