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El consuelo del desafortunado

Costis Mitsotakis, único vecino de Sodeto al que no tocó el Gordo de 2011, cuenta en una película cómo ha cambiado el pueblo

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Costis Mitsotakis trabaja junto al otro productor, Lars Tang Sorensen.

Solo un artista verdadero prefiere un buen guion de cine a cientos de miles de euros llovidos de la noche a la mañana. El ejemplo es el griego Costis Mitsotakis, un cineasta treintañero que hace siete años eligió la localidad oscense de Sodeto como su hogar por seguir a la mujer de la que estaba enamorado. Puede parecer que disimula su rabia por ser el único de los 250 vecinos que no compró ni una mísera participación de la lotería de Navidad que hace dos años repartió en el pueblo 120 millones de euros. Pero, acostumbrado a tomarse las cosas con filosofía —lo mismo que cuando fracasó el amorío que le había llevado hasta el pueblo—, se recuesta en la silla de su estudio de montaje mientras fuma un cigarrillo de liar y muestra el tráiler del documental que empezó a rodar aquel 22 de diciembre de 2011, cuando el Gordo tocó en Sodeto. No ha echado ni por un momento la vista atrás para arrepentirse de no haber comprado aquel número que la Asociación de Amas de Casa llevó a todas las casas menos a la suya, demasiado alejada del casco urbano. Prefiere mirar al futuro, a la película que se estrenará en febrero y narra cómo se transformó la vida en el pueblo.

Un amigo inglés le llamó aquella fría mañana de diciembre mientras Mitsotakis se desperezaba en su casa, a las afueras de la localidad. “Está pasando algo en Sodeto, no paro de oír el nombre de tu pueblo”. El director se acercó a la plaza, vio el jolgorio y regresó corriendo a por su cámara. Gracias a él, las caras desencajadas por la alegría y los vecinos regados con cava han quedado registradas para la posteridad. En ese momento, ni siquiera sabía que esas tomas iban a formar parte de un largometraje que le iba a financiar un danés. El griego ha pasado un año de su vida grabando largas charlas con 30 vecinos... Sandra García, la mujer por la que el griego llegó a Sodeto; Eduardo Campo, el que logró comprarse una granja; Carmen Lambea, el ama de casa que sintió un intuitivo escalofrío cuando el lotero de Grañén le enseñó el 58.268 y compró de inmediato el décimo que luego resultó ganador... Todos son los eslabones de una cadena que ha estrangulado la crisis en un municipio dedicado únicamente de la agricultura y que en los últimos años se había endeudado para instalar el regadío.

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Antonio Lambea pudo comprarse este tractor de 100.000 euros.

Sodeto es uno de los pueblos de colonización que Franco hizo brotar en zonas despobladas en la España de los cincuenta. Unas 70 viviendas, una iglesia y un bar componen el casco, y un puñado de casas desperdigadas lo rodea. Allí las llaman torres, pero en realidad se trata de caseríos aislados en medio de tierra cultivable. En una de ellas vive Mitsotakis, que encontró en este caserón la tranquilidad que buscaba después de un pasado de trotamundos. Es el único que vive en las afueras y por eso las amas de casa no llamaron a su puerta para venderle lotería. “Ahora se sienten un poco culpables”, afirma.

Tras la llegada de los primeros colonos procedentes sobre todo del Pirineo y de Zaragoza, los urbanistas desecharon el modelo de las torres. La alcaldesa socialista, Rosa Pons, lo resume así: “Tener las casas separadas evitaba que la gente se conociera. Así no se podía crear un pueblo, y optaron por crear un casco con hileras de casas”. El bar, que no tiene horario fijo de apertura, es el centro de reunión a las tres de la tarde. La parroquia se compone de lugareños jugando al guiñote, corrillos de agricultores y ganaderos que apuran el café antes de volver a la faena y vecinos que leen la prensa pegados al radiador. Era así antes de 2011 y sigue siendo así ahora. Nadie diría que es un pueblo millonario. Las costumbres se mantienen aunque las conversaciones sobre las hipotecas han desaparecido. Solo una cosa ha cambiado. En un tablón se ha colgado una lista para apuntarse a la comida popular que hoy, día de la lotería, se celebra en Sodeto, una cita implantada desde que tocó.

¿Qué ha sucedido en estos dos años? Carmen Lambea, la compradora del número, lo sintetiza así: “Vivimos la crisis con más tranquilidad, ha habido faena para los albañiles y hemos pagado el regadío. Eso es lo importante”. Un par de andamios permiten intuir adónde fue a parar parte del dinero. Raro es el vecino que no aprovechó para reformar la casa, nada ostentoso, cambiar el suelo de la cocina, adecentar el corral o reformar el baño. Hubo un tiempo en el que era imposible atravesar algunas calles sembradas de andamios, cuenta la alcaldesa.

Durante dos años el pueblo ha estado plagado de andamios, casi todos han reformado su casa

El resultado de tanta construcción tiene una consecuencia directa: los jóvenes han podido quedarse en Sodeto. Soraya Arnau, de 25 años, vecina de un municipio cercano, se ha convertido en una nueva habitante del pueblo. Su novio compró una participación, y con el dinero se está construyendo una casa a la entrada del municipio. “Este pueblo ha estado dos años de obras”, afirma sentada en una estancia del museo municipal, que cuenta la historia de la colonización, y en el que trabaja junto a Sonia Pérez, una chica de 27 años parca en palabras, que rezuma humildad. Sus padres recorrieron todas las localidades cercanas a Sodeto para repartir participaciones. Y se quedaron con un puñado. Pérez, vestida con un chándal, explica que han hecho obras en casa y que ella se sacó el carné de conducir y compró un coche “para poder ir a ver a los amigos de Huesca”.

Para saber dónde han decidido invertir la mayoría de los euros basta levantar la vista y mirar los campos que circundan la localidad. Están ahí. En el tractor nuevo, en las tierras que pudo adquirir el joven a punto de marcharse desesperado ante la falta de trabajo, en la granja que se levanta donde antes no había nada. Los habitantes de Sodeto no se han dejado arrastrar por el lujo, han hecho pocas concesiones a los caprichos, apenas hay un par de coches de alta gama en la localidad y alguno se ha permitido un viaje antes impensable. Pero todos han vuelto la mirada hacia lo que les ha dado de comer durante 50 años: la tierra. Antonio Lambea, un hombre robusto que lleva dedicado toda su vida al campo, ha invertido 700.000 euros en estos dos años en modernizar su explotación. Gracias al aumento de la producción, su hijo Abel abandonó su empleo en el sector industrial en Huesca y se incorporó a la empresa familiar en Sodeto. Su mayor joya es el nuevo tractor, que cuesta 100.000 euros.

José Antonio Lasaga, Joseán, representa el espíritu del pueblo. Este joven de 27 años con llamativos ojos azules no se ha dado ningún capricho. Ninguna mañana ha dejado de levantarse para ir a trabajar. “Hay que seguir trayendo dinero a casa”, explica encogiéndose de hombros tras bajarse de su tractor. “Simplemente no soy de derrochar, no me va”.

La mayor parte de la financiación proviene de un productor danés, que leyó la historia en un periódico

Joseán compró al griego las tierras que rodean la torre. Mitsotakis le vendió el terreno, pero no la vivienda, en cuya planta superior instaló su estudio de montaje. Allí da forma a Cuando tocó, la película que la fortuna le sirvió en bandeja. En este proceso le acompaña el otro productor, Lars Tang Sorensen. Él ha traído de Dinamarca parte del medio millón de euros que cuesta llevar a la pantalla la historia del pueblo de Huesca. “Leí en un periódico la noticia, supe así de Costis y contacté con él. Fue una locura, yo trabajo en el sector de la moda, nunca me había lanzado a producir”. La mayor parte de la financiación proviene de inversores privados de su país. Sodeto también ha conseguido enamorar a este danés que se cala una gorra y luce sonrisa todo el tiempo. Establecerá aquí su residencia de verano, se acaba de empadronar y quiere aprender español. Por ahora ya hay dos palabras que pronuncia muy bien: “el Gordo”.

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