Dejó de irle bien cuando no estuvo solo

La etapa del CDS supuso su resurrección y también su caída final

Suárez, miembros de su Gobierno y parlamentarios de UCD posan tras la aprobación de la Constitución en el Parlamento el 31 de octubre de 1978.
Suárez, miembros de su Gobierno y parlamentarios de UCD posan tras la aprobación de la Constitución en el Parlamento el 31 de octubre de 1978.marisa flórez

Rafael Escuredo, entonces presidente de la Junta de Andalucía, dijo en una comida con periodistas en el restaurante Jai Alai, quizás en 1982, que lo más importante en la política es la oportunidad. No la intención, no el fondo, no las formas…: la oportunidad; el momento en que se hace algo, ese momento y no otro, ese lugar, ese día.

El don de la oportunidad le sonrió a Adolfo Suárez en su etapa al frente de la Unión de Centro Democrático (UCD): muchos pasos certeros en el instante adecuado, aprovechando las circunstancias para culebrear entre ellas. Pero una vez hecha la obra ciclópea de encaminar a España hacia la democracia, la suerte cambió en su camino político, y el don de la oportunidad le abandonó.

UCD parecía un partido, pero se había formado como una coalición, con personalidades de muy diversas ideologías que repudiaban a la derecha heredera del franquismo y que a la vez se sentían muy lejanas de las ideas izquierdistas que daban tanta preponderancia al Estado frente a la iniciativa privada. Dirigían la organización personas muy heterogéneas: liberales, socialdemócratas, democristianos…, y sus bases de militancia casi ni existían. Por eso Suárez se propuso unirlos en una sola formación política, no sin dificultades y resistencias. Por ejemplo, uno de los barones que formaban ese conglomerado centrista le sugirió que antes de decidir la fusión deberían consultar a las bases. Y Suárez le respondió: "Pues llámalas por teléfono".

Así que el partido UCD se constituyó como tal, pero nunca funcionó con la disciplina que ahora conocemos en las organizaciones políticas o sindicales. Eso derivó en una voladura interna sin control que propició en enero de 1981 la dimisión del entonces presidente del Gobierno y la convocatoria de elecciones casi dos años después a cargo de su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo (entre medias, el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981).

Adolfo Suárez había dejado la Moncloa y luego, un año más tarde, su escaño de UCD. Eso le permitió crear sin ataduras un nuevo partido, el Centro Democrático y Social (CDS). Sus allegados explicaban entonces que quien había logrado aquella tremenda tarea de la transición con un grupo parlamentario desintegrado deseaba comprobar qué no sería capaz de conseguir con una formación que le arropase de verdad, unida en torno a él, y que cubriera el espacio centrista de la moribunda UCD.

La convocatoria anticipada de elecciones en octubre de 1982 le encuentra todavía con el partido a medio formar, casi sin militantes suficientes para completar las listas. Logra dos escaños, el suyo y el de su fiel escudero Agustín Rodríguez Sahagún (más tarde alcalde de Madrid), pero su nuevo empeño acababa de comenzar.

En apenas unos meses había pasado del palco de la plaza… a la arena. Pero a la arena del desierto, cuya travesía iba a resultar apasionante.

Cuatro años después, las elecciones generales de 1986 le dan un incremento formidable: suma ya 19 escaños. Suárez despliega su aura hasta abarcar con ella a todo el partido, y el CDS se convierte en la formación de moda que atrae a todo tipo de personalidades. El siguiente escalón en el calendario lo marcan las elecciones municipales, autonómicas y europeas de 1987 (simultáneas las tres). Sin excesiva fuerza aún en toda España, echa el resto en la lista para el Parlamento de Estrasburgo, en la que reúne a candidatos deslumbrantes: Eduardo Punset, Carmen Díez de Rivera, Federico Mayor Zaragoza, Raúl Morodo, Rafael Calvo Ortega… El exdirector de RTVE Fernando Castedo encabeza la candidatura para la Comunidad de Madrid; y Agustín Rodríguez Sahagún, exministro de Industria y de Defensa, se presenta para la alcaldía de la capital. Los resultados consolidan al CDS como tercer partido, con un 10,26% de los votos y con 7 escaños en el Parlamento europeo (29 el PSOE, 17 Alianza Popular, 3 Izquierda Unida); se hace con la presidencia de Canarias y con las alcaldías de Segovia y Ávila, y en el Ayuntamiento de Madrid tiene la llave para inclinar la balanza hacia el PSOE o AP.

Una vez hecha la obra ciclópea de encaminar a España hacia la democracia, la suerte cambió en su camino político, y el don de la oportunidad le abandonó

La indefinición calculada de Suárez había dado lugar a que todos los periodistas integrados en la caravana del CDS en la campaña de 1987 se conjuraran para plantearle sucesivamente una sola pregunta durante su conferencia de prensa en Ávila, ocho días antes de la jornada de electoral: ¿A quién dará usted sus votos? La incomodidad inicial del propio Suárez ante la humorada se desvaneció cuando por fin un periodista preguntó en tono jocoso qué le parecería al dirigente centrista la idea de que los electores del CDS escribieran en su papeleta el nombre del partido al que deseaban votar y, en el renglón inferior, el nombre del partido con el que les gustaría que pactase. El buen ambiente creado siempre por Suárez con sus inmediatos -propios o ajenos- permitió aquella broma general y las risas consiguientes, pero dejaba claro que el papel del CDS empezaba a no concebirse como un proyecto autónomo.

Y es ahí donde el don de la oportunidad le empieza a fallar. De repente, el partido de centro decidirá inclinarse. Todo se fía en su seno a la contrastada intuición de Suárez, porque el debate interno apenas existe. Y el CDS se inclinó.

Suárez había pasado de encabezar el conglomerado de grupúsculos que fue UCD, pero unidos circunstancialmente en torno a un proyecto democrático, a crear un partido unido que es ya el CDS, pero cuyos dirigentes empezarán a distanciarse por culpa de una decisión clave que se iba a adoptar en junio de 1989.

El partido centrista había logrado 8 concejales en Madrid, por 24 del PSOE y 20 de AP. La elección del socialista Juan Barranco como candidato más votado se dio la vuelta dos años más tarde, cuando el partido de Suárez pactó con la derecha municipal una moción de censura que colocaba a Rodríguez Sahagún, el gran amigo de Suárez, en la alcaldía. Muchos de sus electores quedaron desconcertados con aquel pacto. Y así en las elecciones de 1989 se invirtió la triunfal tendencia del CDS, que baja en esos comicios a 14 diputados. Comienzan entonces las deserciones (otra vez las deserciones), incluida su hasta entonces fiel Carmen Díez de Rivera; y salen a la luz muchas carencias del partido: un aparato poco profesional, sobre todo en el área de Comunicación; escasas reuniones internas, problemas de financiación...

El expresidente Suárez advierte el problema. En efecto, se le percibe más a la derecha que en el centro; y da un volantazo: empieza a guiñar el ojo al PSOE, al que propone "pactos de progreso". Desea recuperar la imagen de partido centrista, pero también prevé que los socialistas perderán la mayoría absoluta y necesitarán alguien que les apoye a cambio de colocar una parte de su programa.

Eso tendría también sus contraindicaciones. Rodríguez Sahagún empieza a darse cuenta de que por ese camino acabará haciendo campaña contra sí mismo, y se distancia. Su posterior enfermedad hará el resto, porque termina abandonando también, en abril de 1991. Y lo mismo anuncian otros notables del partido, incluida Rosa Posada, expresidenta de la Asamblea de Madrid, que más tarde se pasará a Alianza Popular.

En UCD, las discrepancias estaban dentro. En el CDS, las discrepancias ya están fuera. Pero la situación no parece mucho mejor. Los disidentes afloran de nuevo a su alrededor. Suárez limita entonces su presencia en los medios de comunicación, y empieza un regreso hacia sí mismo que ya no tendría marcha atrás.

Las encuestas comienzan a reflejar la caída, que se retrata sin paliativos en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 1991 (logra solo un 3,88% de los votos). El artífice de la Transición acepta enseguida la derrota y dimite de nuevo como presidente de un partido. Dos años más tarde, un CDS descabezado se desplomará al 1,76% de los votos y registrará un rosco en su casillero de diputados. La palabra “centro” desaparece de los nombres de los partidos españoles.

El hombre que un día supo combinar la oportunidad con la audacia había errado el camino; se descentró de su ruta.

Lo explicaba bien un compañero suyo en aquella comisión ejecutiva del CDS y ministro antes en la etapa de UCD: un partido centrista siempre se contaminará con sus pactos. Y añadía: "Cuando mejor le ha ido a Suárez ha sido cuando ha estado solo".

Sobre la firma

Álex Grijelmo

Subdirector de EL PAÍS y doctor en Periodismo. Presidió la agencia Efe entre 2004 y 2012, etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades. Es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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