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Del paraíso al infierno real

El idilio entre Palma y la familia real se enfría tras las imputaciones de Urdangarin y la Infanta

Los Príncipes de Asturias, los Reyes, la infanta Elena, la infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarin, en el Club Náutico de Palma de Mallorca en agosto de 2011.
Los Príncipes de Asturias, los Reyes, la infanta Elena, la infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarin, en el Club Náutico de Palma de Mallorca en agosto de 2011. GETTY IMAGES

"Cristina está imputada".

Javier Sanz, el amabilísimo presidente del Real Club Náutico de Palma y director de la Copa del Rey de Vela, abrió un palmo la boca al escucharle estas tres palabras a esta reportera el pasado miércoles a las dos de la tarde. Hasta su bronceado de lobo de mar palideció de súbito. Acabábamos de mantener una entrevista sobre los supuestos efectos de los penúltimos acontecimientos en la familia real —la imputación de Iñaki Urdangarin, el episodio de Botsuana y el caso Corinna, la menguante presencia de los Reyes y los Príncipes— en la imagen de Mallorca. Sanz se había esmerado en agradecer la implicación de los Reyes y sus hijos con la isla. "Lo de Iñaki ha molestado, pero la familia sigue comprometida", había dicho, desplegando una especie de cordón sanitario entre el yerno poco ejemplar y el resto. ¿Y si imputan a Cristina? "Eso es una hipótesis que me va a permitir no valorar", despejaba si se intentaba penetrar en el área.

Quizá fue por esa exquisita diplomacia por lo que minutos después, informado de las novedades, Sanz, recuperado el color, solo se atrevía a decir: "Esto no es bueno. Esto no es bueno para nadie". Mientras, tal vez pensaba en qué Borbones asistirán, o no, a la Copa de este verano, una de las grandes citas de la vida social y económica de la isla y cuyo éxito, en gran parte, depende de esas presencias. El cordón se ha roto. La infección ha llegado a la célula.

Sanz, un ejecutivo asturiano, llegó a Palma hace 30 años en busca de su particular paraíso. Sol, mar, discreción, exclusividad. Para entonces, los Reyes y sus hijos ya veraneaban en Marivent, el palacio propiedad de Baleares y de Patrimonio Nacional cedido a mediados de los setenta a los entonces Príncipes de España para favorecer sus veraneos en la isla. Don Juan Carlos heredó su amor al mar de su padre, don Juan, que navegaba en su yate, Giralda. Y doña Sofía es griega, mediterránea pura. Mallorca se convirtió en el paraíso particular de una familia que parecía feliz. Daba gusto verlos posar tan morenos y lustrosos en la escalinata del palacio en la llegada y la despedida de las vacaciones.

Eran los años dorados del idilio entre los Borbón y la isla. El Rey regateaba a bordo de los varios Bribones que botó casi para eso su amigo Josep Cusí. Cristina bregaba en el Azur de Puig, patrocinador histórico de la prueba. Felipe, en el Aifos. Sofía y Elena acudían a animarlos y juntos entregaban los premios a los ganadores. Aparentemente, lo pasaban en grande. El Rey, con su corte de verano, amigos de la burguesía local y la de Madrid que incluso compraron barco y casa para alternar con Su Majestad y, de paso, aprovechar las oportunidades de negocio con la selecta concurrencia. La Reina, con su hermana Irene y su hermano Constantino, exrey de Grecia residente en Londres, que se instalaba con sus cinco hijos en Marivent. Los chicos —Elena, Cristina y Felipe— divirtiéndose con sus primos y sus pandillas de verano. Allí disfrutó Cristina de sus primeras juergas y escarceos amorosos antes de conocer a Urdangarin, el hombre junto al que —y, según sostienen muchos, por el que— atraviesa hoy el peor momento de su vida.

Baleares, a su vez, amortizaba el coste de mantener Marivent —1,7 millones de euros el año pasado— con el protagonismo internacional asociado a la presencia real. Mallorca se convertía durante 20 días de agosto en el centro de la vida social y política. La Casa del Rey y el Govern se ofrecían mutuamente recepciones. Las fotos del Rey, la Reina, el presidente de turno y su esposa —los González, los Aznar, los Zapatero— en la escalinata del palacio abrían los telediarios. Hordas de paparazzi se instalaban en la isla para perseguir a las personalidades de primera línea y celebridades de todo pelaje que acudían al olor de la pomada. De aquellos días datan las fotos de Lady Di, Clinton, Gorbachov y otros líderes globales posando en cuclillas en Marivent. Hoteles y restaurantes llenos, publicidad gratis, días de mar, noches de vino y rosas. Todos contentos.

Es de suponer que Sanz tuviera en cuenta ese atractivo extra para afincarse en Palma. Pero le ha dado tiempo a hacer suyos esa alergia al escándalo y ostentación que, con cierta reserva más preventiva que ofensiva, define el carácter mallorquín. También un agradecimiento genético a los favores recibidos. Por eso, en esta semana frenética que comenzó con la familia real en cuadro —la Reina, que sí pasó en Marivent la Semana Santa. Y los Príncipes con sus hijas y la infanta Elena, que fueron para la foto— posando tras la Misa de Pascua en la Catedral, y acaba con el futuro de la infanta Cristina en vilo, los isleños tienen una mezcla de sentimientos. No olvidan los servicios prestados, —los Reyes acudieron a Mallorca a veranear al día siguiente del atentado de ETA que mató a dos guardias civiles en 2010—, pero están molestos. Muy molestos. Otra cosa es pregonarlo.

Ni los Barceló ni los Escarrer —grandes hoteleros— ni el presidente José Ramón Bauzá (PP) ni la Cámara de Comercio ni otros muchos requeridos desean hablar de ello. Hasta el viernes, solo después de que el ministro Margallo hiciera lo propio con la marca España, el Gobierno balear no admitió que la imputación de la Infanta "preocupa y no beneficia a la marca Baleares". Aina Calvo, jefa de la oposición socialista en el Ayuntamiento de Palma, saluda con "preocupación pero satisfacción la constatación de que la justicia es igual para todos". Y Biel Barceló, portavoz del grupo nacionalista de izquierdas MÉS, que propuso pedir a Urdangarin dejar de usar el título de duque de Palma y propició el cambio de nombre de la Rambla de los duques, estudia volver a presentar la propuesta que llevó hace un año al Parlamento autonómico para reducir "drásticamente" la partida del mantenimiento de Marivent.

En la calle, los palmesanos expresan una mezcla de perplejidad, indignación, rabia y vergüenza ajena ante el hecho de que el nombre de Palma se asocie a las corruptelas de Urdangarin. De que fuera en el Náutico, y en el mismísimo Marivent, donde el yerno del Rey hiciera sus tejemanejes. De que la Cuesta del Imputado que da acceso al despacho del juez Castro, sea tan fotografiada como la catedral. De que fuera desde aquí, tras hacerse la foto de la Pascua del año pasado, desde donde don Juan Carlos partiera a la cacería de Botsuana. De mantener casi vacío un palacio para los Reyes y tres residencias para sus hijos, mientras el Govern recorta en prestaciones. Hartos de décadas de expolio —Cañellas, Munar, Matas— por parte de sus gobernantes, muchos isleños, en privado, empiezan a decir basta. El romance de Mallorca con la familia real ya no es tan apasionado.

El idilio había empezado a enfriarse hace tiempo y por la otra parte. Algunos sitúan en 2004, año de la boda de los Príncipes, como el principio del distanciamiento. Jaime Marichalar fue, al separarse de la infanta Elena, el primero en caerse de la foto. La princesa Letizia, a la que no le entusiasma Mallorca —"se marea en el barco, no le gusta el sol fuerte, pone mala cara", revela un asiduo—, empezó a resistirse a pasar más tiempo del necesario para los actos ineludibles. El Rey, entregado a otras prioridades, empezó a reducir sus estancias y, luego, dejó de regatear por salud. La agenda de invitados cayó a mínimos. La última fue Michelle Obama, que acudió en agosto de 2011 a cumplimentar a los Reyes desde sus vacaciones en Marbella. La única que se mantiene fiel a la isla es doña Sofia. No perdona un veraneo ni una Semana Santa y no es raro verla de compras en El Corte Inglés de Jaime III algún fin de semana de invierno.

"Esto empezó a fastidiarse hace tiempo", dice un notable mallorquín que conoce a la familia. "Mientras el Rey mantuvo su vida privada dentro de la discreción, y los chicos no dieron problemas, todo fue bien. Aquí cada cual hace su vida, pero no nos gusta el escándalo y se han sobrepasado ciertos límites. Y luego está Letizia, que no quiere venir. Y eso es preocupante, porque, nos guste o no, es la futura reina", dice, dolido, este veterano compañero de cuitas de don Juan Carlos. "A mí, como palmesana, no me ofende que la princesa Letizia no quiera pasar el verano aquí. Yo tampoco querría pasar todas mis vacaciones con mis suegros y cuñados", bromea la exalcaldesa socialista Aina Calvo. "Yo, más que de pasado, hablaría de futuro", propone. "Si cada vez vienen menos, y nos cuesta lo que nos cuesta mantener Marivent, hablemos. Debatamos qué hacer. Pero con tranquilidad, libertad y, sobre todo, respeto".

La imagen del Fortuna, el espléndido yate propiedad de Patrimonio Nacional que fue sufragado por un puñado de empresarios mallorquines para el disfrute del Rey —costó 3.000 millones de pesetas de 1997, recaudadas por Gabriel Escarrer, dueño del imperio Meliá, a razón de 100 millones por barba— es un poema. En dique seco, encerrado en un hangar, espera tiempos mejores. Su suntuosa presencia, y los 20.000 euros que cuesta llenar el tanque, disuadieron ya el año pasado a la Casa del Rey de usarlo a diario. Pedro Serra, de 85 años, propietario del grupo editorial Última hora, fue uno de los que apoquinaron. "Lo volvería a hacer, si pudiera, que no puedo. Pero el agradecimiento al Rey es eterno. Otra cosa es que, aquí, con la justicia no se juega".

El abogado Miquel Capellá, expresidente de la caja Sa Nostra y asesor del quién es quién en la isla, tiene una visión opuesta. Republicano confeso, Capellá cree que asistimos al fin de una época. "En las instituciones, la liturgia es importante. En época de bonanza, se ha hecho la vista gorda. Pero en este momento de crisis moral, el afloramiento de la inmoralidad profunda de la conducta de algún miembro de esa familia es demoledor. Decía la reina madre de Inglaterra que la monarquía es un cuento de hadas. Pues bien, aquí, la liturgia se ha roto, y el cuento de hadas se ha acabado".

El Rey no regatea. El Príncipe, cada vez menos. Letizia prefiere otras playas. Elena depende del reparto de las vacaciones con su ex. Urdangarin está borrado de la faz de la Casa. El futuro de la infanta Cristina pende de un recurso. Malos tiempos para los Borbón-Grecia. "Sofía, la olla está vacía", tuvo que oír la Reina en la misa de Pascua. Y es que, aunque su tasa de paro está por debajo de la media —38.000 parados en una ciudad de 420.000 habitantes—, Palma no vive su mejor momento. Esa época en que los chicos dejaban de estudiar para ganar 3.000 euros en la construcción "o 1.500 más los ligues" de camareros, según Capellá. Algunos de aquellos chicos, hoy cuarentones, repartían el jueves currículos por hoteles y bares en espera de la avalancha. Los turistas —de nueve a 10 millones al año— vendrán, seguro. La incógnita es ¿quién dormirá este verano en Marivent?