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La Paca calla y el fiscal destapa los códigos del clan de la droga

La matriarca del hampa de Mallorca no contesta a preguntas en el macrojuicio

Francisca Cortés Picazo, conocida como " la Paca" , en Palma de Mallorca el 14 de enero.
Francisca Cortés Picazo, conocida como " la Paca" , en Palma de Mallorca el 14 de enero. EFE

En su turno, en el día H por su interrogatorio ante el tribunal que debe decidir sobre la pena de 19,5 años de cárcel que le pide el fiscal, no se escuchó la voz de la casi siempre locuaz matriarca de la droga de Mallorca Francisca Cortés, La Paca. El fiscal relató decenas y decenas de preguntas que quedaron sin respuesta. La mujer ahora tiene 57 años y lleva presa media vida, con media docena de condenas de cárcel desde su adolescencia de delincuente común en ambientes marginales. Su organización familiar llegó a esconder más de seis millones de euros bajo tierra en su barrio del asentamiento gitano de Son Banya de Palma. El negocio criminal generó pugnas, impagos de partidas y traiciones, con un tiroteo.

La Paca, dicharachera aun esposada, ejerce su autoridad sobre gran parte del banquillo. El primer día de la vista mandó callar a los reos. "Respetad la sala", clamó ante el barullo por los primeros reproches. Son medio centenar de acusados, miembros de seis clanes de Palma y Barcelona. Un sector está aislado del resto de imputados. Están abiertas las heridas y el rencor por una muerte reciente.

El presidente del tribunal, Diego Gómez-Reino, advirtió a los bandos que no admitiría voces ni interrupciones. La policía separa con un cordón humano a El Farru, condenado por matar a tiros a La Parrala, sobrina de la Paca. El asesino y su grupo y los parientes de la víctima son juzgados en la misma causa. En teoría todos estaban relacionados en la misma actividad y se relacionaban en la narcotelaraña.

Francisca Cortés, La Paca, exhibe una melena bicolor, blanca y caoba: las raíces que se extienden de su pelo natural y la cola de caballo que recuerda el color del último tinte un año atrás. Ahora callar es una actitud estratégica de la defensa que intenta anular la validez de la causa, por supuestos pinchazos telefónicos injustificados y ante la suma de dos causas en una, con hechos ya juzgados.

En su estrategia para eludir las escuchas judiciales. En sus negociaciones con el clan barcelonés, los narcos de Palma se comunicaban a través de móviles blancos, no fichados por la policía y la Guardia Civil. Según el fiscal antidroga Adrián Salazar, se transferían en código de letras, en mensajes cifrados, los nuevos números de los teléfonos limpios que usaban.

En un un interrogatorio a un supuesto testaferro del clan que vendió cochazos Hummer, Tuareg y BMW a El Ico, uno de los hijos de La Paca, el interlocutor citó al "señor Farruquito, el famoso bailaor". El artista quería comprar un coche y hasta fueron a Sevilla a mostrárselo. Y cuando Farruquito actuó en Mallorca, el Ico, un hombre de gatillo fácil, usó una limusina blanca enorme para ir a la actuación. En otra ocasión, probó un Ferrari rojo.

El fiscal reseñó además que en los diálogos de los pinchazos se evidenció el manejo de metáforas y palabras engañosas. Así, la heroína era “la niña” y la entrega era “el día del bautizo”. Además, al reclamar catas previas a los pagos finales sobre la calidad de la droga se hablaba de la sustancia como “la pared”, “la pintura” y “los bultos”.

Una supuesta narco del clan de la Paca tenía en su casa 155.000 euros en efectivos y 113 joyas de oro. La mujer dijo que efectuaba las declaraciones de impuestos de autónoma de la tienda de comestible “de todo” lo que regenta allí.

En el banquillo están el hermano de La Paca; Juan, El Moreno, y sus hijos Francisco, El Ico, y Manuela, La Guapi. Un rol distinto juegan el clan barcelonés de los Jodorowich. La fiscalía representada por Adrián Salazar y Julio Cano solicita para los acusados 690 años de prisión y 29,4 millones de multa por tráfico de cocaína, heroína y hachís entre Barcelona, Mallorca e Ibiza. Las defensas argumentan la nulidad de la causa y desdeñan las pruebas aportadas. “Solo hay una huella del dedo índice en una bolsa de plástico en un paquete”, dijo el letrado el primer día.