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Díaz Ferrán, el patrón tocado y hundido

La historia del expresidente de la patronal ejemplifica el prototipo de empresario de su época

El antiguo copropietario de Marsans defendió que sus problemas empezaron en Argentina

Díaz Ferrán, increpado por trabajadores de Marsans tras un acto celebrado en enero de 2010.
Díaz Ferrán, increpado por trabajadores de Marsans tras un acto celebrado en enero de 2010.

Esta es la historia de un hombre que estuvo a punto de tocar las estrellas y acabó estrellado. Llegó a alcanzar lo que había soñado desde que, con 12 años, hacía de cobrador en los autobuses de su padre, un gallego emigrado a Madrid en busca de prosperidad. De aquel negocio familiar de líneas interurbanas pasó a dominar un imperio turístico y a entrar en la lista de los más ricos del país. Lo tenía todo: una vivienda de lujo en Madrid; otra de veraneo en Mallorca, donde navegaba en yate privado; una finca en Toledo, El Alamín, a la que acudía los fines de semana y, en temporada, organizaba cacerías de relumbrón, a alguna de las cuales acudió el Rey; se codeaba con la élite política de la derecha madrileña y, quizá por esas buenas relaciones, escaló peldaños hasta presidir la gran patronal CEOE… Fue un producto de su época, un ejemplar típico de la cepa hispana que, tras el ascenso a los cielos, ha ido a dar con sus huesos en el calabozo.

En el penúltimo episodio de su caída, Gerardo Díaz Ferrán (DF) ha sido arrestado a punto de cumplir los 70 años por alzamiento de bienes y blanqueo dentro del caso Marsans. Además, tiene todo su patrimonio embargado tras haber avalado con su esposa los créditos del grupo, en quiebra desde 2010, y no le queda nada del emporio empresarial que creó junto a su socio de toda la vida, Gonzalo Pascual, fallecido el pasado junio.

De su última aparición pública, cuando acudió a declarar a la Audiencia en marzo, queda una imagen de DF más delgado, pero seguía manteniendo un pulcro color de caramelo pese a abandonar el tren de vida de cuando dirigía la patronal. El embargo le impidió salir el pasado verano de vacaciones. Su casa ha sido adquirida en subasta por una entidad financiera y tuvo que vivir en ella como inquilino. También se subastó El Alamín, que compró hace 13 años cuando estaba en la cresta de la ola y su patrimonio no dejaba de engordar.

Sus pretendido idilio con Zapatero se rompió tras su rechazo a apoyar la reforma laboral en 2009

Durante una charla celebrada en un hotel madrileño cercano a la sede de la organización que presidió entre junio de 2007 y diciembre de 2010 antes de su paso por la Audiencia, DF comentó que, en la caída, ha descubierto amigos de verdad, que le han ayudado, y otros, los menos, que le han fallado. No quiso dar nombres y aseguró estar tranquilo, confiado en que la justicia le dé al final la razón en los procesos abiertos. “Puedo demostrar que el dinero [de los clientes] era para pagar las deudas de Marsans y que no hubo apropiación indebida”, sostuvo durante una conversación en la que a veces se le empañaron los ojos. Más aún: tenía puesta la esperanza en que la Corte de Arbitraje Internacional (CIADI), organismo dependiente del Banco Mundial, obligue al Gobierno argentino a indemnizarle por la nacionalización de Aerolíneas Argentinas. De ser así, le reportaría más de 1.200 millones de dólares (unos 900 millones de euros). La resolución no se espera hasta dentro de un año, como pronto. “Sería suficiente para pagar las deudas [se les reclaman 420 millones] y empezar de nuevo”, se anima. ¿Valor o terquedad? “Simplemente, que soy empresario”.

Para ello, la Audiencia Nacional tendrá que absolver a los dos socios de las acusaciones del fiscal, que les imputa “haberse apropiado indebidamente de las cantidades entregadas por los clientes para la adquisición de billetes” por valor de 4,4 millones de euros. Estos fondos son los que, según la Fiscalía, habrían sido desviados a una cuenta de Suiza en los que habría depositados 4,9 millones con la intermediación de Ángel de Cabo, quien compró Marsans por 600 millones tras declararse en quiebra. Este dinero en Suiza sería el que ha acabado precipitando su arresto. Además, los delitos de los que se le acusan en el caso Marsans, con 4.706 afectados, están tipificados con hasta seis años de cárcel. Asimismo, en la Audiencia Nacional (en este caso, el juez Eloy Velasco) tiene pendiente otra querella por impago impuesta por proveedores de renombre (AC, Meliá, Orizonia y Pullmantur) y arrastra un proceso por delito fiscal en la compra de Aerolíneas Argentinas en 2001. Para rematar, están imputados en otra causa en los juzgados de instrucción de Madrid por una denuncia en la que antiguos socios les reclaman 10 millones.

La maraña de casos y procesos responde bastante bien a la estructura de su grupo. Posiblemente llevados por el ansia de crecer, los socios G y G —iniciales de Gerardo y Gonzalo, que les gustaba utilizar— trazaron un entramado de empresas en el que, pese a conocerse por Marsans, no existía una cabecera holding. Todas se cruzan con todas y la red de participaciones es ininteligible. “Era una gran chapuza. Pensaron que era como llevar un autobús y mezclaron las cuentas del conglomerado de empresas, tenían contabilidades cruzadas, tiraban de la caja para todo y, encima, la segunda generación no respondió”, sostiene un observador cercano que resume en tres las claves de su caída: falta de rigor en la gestión, exigencias bancarias y segunda generación dividida. Un excolaborador añade una cuarta: creer que la patronal le iba a servir de escudo para salvar su imperio.

Aunque insiste en que nunca lo sintió así, las dificultades particulares le afectaron en la patronal. En una entrevista con EL PAÍS el 21 de septiembre de 2008, cuando acababa de cumplir un año en ella, contestaba: “Mi papel como empresario no me resta independencia, sé distinguir perfectamente entre mis empresas y mi labor en la patronal”.

Como si fuera una maldición, tiempo después tuvo que recurrir a aquella frase casi a diario, debido precisamente a la creciente incidencia de sus negocios en la labor al frente de la CEOE, a cuyo sillón se aferraba como una tabla de salvación a medida que empezaban a asomar a la luz pública asuntos turbios de sus empresas. Para colmo, le tocó vivir una crisis económica de envergadura en medio de una crispación política sin precedentes. Un cóctel explosivo que no facilitó la tarea, mientras se producía una creciente oposición interna que ponía en duda su continuidad como patrón de patronos. Al final, ni él ni su guardia pretoriana (Joan Gaspart, Jesús Terciado, Arturo Fernández…) pudieron mitigar el clamor para que dimitiera. “No dimití, adelanté las elecciones y no me presenté”, explica ahora.

Pensaba que su cargo en la patronal era un blindaje, pero amplificó sus problemas

DF llegó a la patronal con el cartel de hombre llano, abierto, tenaz y hábil negociador. Había presidido la patronal madrileña CEIM y la Cámara de Comercio de Madrid, además de ser vicepresidente de la CEOE. Cuevas preparó su nombramiento. Le nominó entre los 11 vicepresidentes tras cambiar los estatutos y ganó una votación entre ellos por nueve a dos frente al dirigente andaluz Santiago Herrero. Los nuevos aires con que refrescó la patronal, quizá anquilosada después de 23 años de reinado de Cuevas, le granjearon la complicidad del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero —alentado además por las buenas referencias de Miguel Sebastián, que le había ayudado en el conflicto argentino—, y de los sindicatos, que entendían que era “comprensivo y sabía interpretar las coyunturas políticas, quizá mejor que Cuevas”.

Todo se fue al garete en una cena el 22 de julio de 2009 en La Moncloa en la que DF radicalizó su postura negándose a firmar la reforma que le planteaba Zapatero y exigiendo un despido más barato. En el “tenaz y abierto” dirigente patronal se había posado la larga mano de la derecha, de la que luego diría que había entendido las exigencias de la patronal, y el peso de los incipientes problemas de su grupo empresarial, sobre todo en Argentina. Él sostiene que no se radicalizó, que lo que pasó fue que el Gobierno socialista remitió un proyecto de reforma que no valía. La famosa cena marcó un antes y un después. Entonces, la figura de DF entró en barrena.

Solamente unos meses después apareció una información con pinta de ser interesada sobre que el gran patrón había incumplido el pago de un crédito de Caja Madrid, de cuyo consejo de administración era miembro desde los tiempos de la CEIM. Una bomba. Poco después, y en plena campaña navideña, un juez de Londres anunció la paralización de Air Comet, la aerolínea bandera del grupo, por el impago del alquiler de los aviones. Muchos clientes que tenían previsto volar a Latinoamérica se quedaron en tierra, y por tierra quedó la imagen de Gerardo Díaz Ferrán y Gonzalo Pascual.

DF barrunta que, tras la famosa cena, hubo manos extrañas que propiciaron el declive, pero no sabe o no quiere decir cuáles. El batacazo de Air Comet contagió de desconfianza a los proveedores de Marsans, que exigieron el prepago y originaron un agujero de tesorería. En marzo de 2010 fue intervenida Seguros Mercurio, la aseguradora del grupo; en abril, la Asociación Internacional del Transporte Aéreo (IATA) cortó a Marsans la venta de billetes y exigió un aval de 24 millones. El grupo, que había pedido el citado crédito (de 35 millones) a Caja Madrid, se vio obligado a vender activos para atender los pagos

El empresario considera la expropiación de Aerolíneas el origen de sus dificultades

DF no se arrepiente de nada. ¿Les pudo la ambición? “Todo empresario tiene que ser ambicioso, de una manera sana, que es crear riqueza. Teníamos 24.000 trabajadores, más de 40 empresas y facturábamos 5.000 millones”, contesta. Aunque añade resignado: “Es verdad que cuando facturábamos 1.000 vivíamos mejor”. Ambición o no, el caso es que el entusiasmo les había llevado, poco antes de empezar la crisis, a las últimas operaciones, cuando menos arriesgadas: la compra del 5% de SOS por casi 100 millones —quizá llevados porque Caja Madrid también compró— y un paquete de Martinsa-Fadesa por 25 millones. Pero les falló el ojo clínico, las dos suspendieron pagos. Habían reinvertido parte de los 400 millones obtenidos por la venta de Pullmantur Cruises y pedido un crédito de 25 millones a Banesto, que luego tampoco pudieron pagar en su plazo. Se justifica: “Siempre hemos reinvertido. Llevo toda la vida reinvirtiendo los beneficios, creando trabajo y riqueza… Pero el descalabro inmobiliario nos destrozó el valor de esas inversiones”.

Sin embargo, DF culpa del inicio de su ocaso al matrimonio Kirchner. Primero, por nacionalizar Aerolíneas Argentinas en 2008 por un peso, tras querer imponer que el Gobierno hiciera la valoración. Hubo un segundo pleito surgido de un acuerdo incumplido. Los socios españoles habían apalabrado la compra de 25 Airbus para renovar la flota y, para ello, habían adelantado 120 millones de dólares que el Gobierno argentino no les pagó. “Si hubieran pagado, no se habrían caído ni Air Comet ni Marsans”, se lamenta DF, y, piensa, ninguna otra pieza del complicado dominó empresarial.

El vía crucis de episodios le llevó, en septiembre de 2010, a la decisión de convocar elecciones en la patronal. Algo que, seguramente, tendría que haberse producido meses antes, cuando comenzaron a aflorar los problemas del grupo. A la vieja guardia de la patronal, acostumbrada a la tranquilidad de los tiempos de Cuevas, no le gustaba nada que El Monasterio del Cobro, entidad que se dedica a perseguir a morosos, acudiera todas las mañanas a la puerta de la sede.

“Pensaba que la patronal era un blindaje, pero fue un amplificador de sus problemas”, dice uno de los líderes de la patronal bajo la condición de anonimato. Otro directivo va más allá: “Tenía que haberse ido desde el momento en que salió lo de Caja Madrid”, un asunto en el que DF no tiene ninguna duda que se debió al apoyo dado a Esperanza Aguirre en la campaña para descabalgar a Miguel Blesa de la presidencia de la entidad. No obstante, ese directivo le disculpa: “Lo metió todo en Air Comet y lo perdió. Los avioncitos le hundieron”.

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