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El musculado activista se evaporó

Miembros del 15-M sevillano afirman que tuvieron a un policía infiltrado durante ocho meses

Manifestantes en el día de la huelga general del 29 de marzo, día en el que Luis se integró entre los que tenían la estrategia de bloque negro: vestimenta negra, capuchas y pancarta negra.
Manifestantes en el día de la huelga general del 29 de marzo, día en el que Luis se integró entre los que tenían la estrategia de bloque negro: vestimenta negra, capuchas y pancarta negra.

M. se quedó con la mosca detrás de la oreja. La primera vez que le presentaron a Luis en Las Setas, el epicentro del 15-M sevillano, tuvo la sensación de que le conocía. Fue a finales de octubre del año pasado:

—Oye, yo te conozco...

— No.

—¿No te conozco del Antique?

“Se veía que era un chaval que venía con las lecciones aprendidas”, dice María, activista del 15-M

—No.

Tan tajante fue la respuesta de Luis, y tan cambiado estaba de aspecto que M. optó por pensar que se había equivocado. Pero lo cierto es que ese chico que ahora lucía vaquero negro, riñonera negra, botas de montaña y pañuelo palestino poco tenía que ver con aquel camarero guaperas que conoció en la discoteca sevillana Antique. Recordaba a un Luis con camisa blanca y pajarita desfilando con la bandeja entre la gente guapa de la zona VIP de la exclusiva sala de fiestas. M. tiene 25 años y es licenciada en publicidad. Por aquel entonces, hace más de cinco años, trabajaba algunas noches como azafata para una marca. Luis le contó que en sus planes estaba irse a Ávila. Se estaba preparando para ser policía.

Esta es la historia de un presunto policía presuntamente infiltrado en el 15-M al que sus compañeros, presuntamente, consiguieron desenmascarar.

Luis se los ganó a todos. Si había que quedarse a un desahucio toda la noche, él se quedaba; si había que sellar una cerradura con la pistola de silicona, se proponía voluntario; si había que gritar bien alto y fuerte “Policía asesina”, allí estaba él, siempre dispuesto. Cariñoso, afable, comprometido, se metía a la gente en el bolsillo cada vez que renunciaba a las cañas de después de la asamblea para ir a cuidar de su abuela enferma. ¿Quién iba a imaginar que pudiera tratarse de un topo?

Elena recuerda perfectamente la primera vez que le vio. Fue a finales de octubre de 2011, en el Mercado ocupado de la Encarnación. Sentada en una terraza, señala las ruinas de aquel mercado derribado (el pasado 24 de enero) que durante tres meses fue uno de los centros neurálgicos del 15-M en Sevilla. “Llamaba la atención: era guapo, alto y se le veía muy buena gente”, cuenta Elena, estudiante de Derecho de 21 años. “No creo que el 15-M sea un movimiento en el que se tenga que infiltrar un policía si se vela por la seguridad ciudadana. ¡Cómo si nosotros fuéramos los malos! Nos están criminalizando por luchar por nuestros derechos”.

Luis empezó a acudir a las asambleas que se celebraban en ese viejo mercado de suelos verdes y se integró en la comisión de Acción. En cuanto intimaba un poco con alguien, contaba su historia completa. Era de Sevilla, pero en los últimos años había estado en Barcelona, estudiando Magisterio de Educación Física; de ahí su musculatura. Trabajaba en piscinas municipales pero nunca sabía dónde le tocaba estar al día siguiente, cada mañana le llamaban para asignarle un turno. A Elena le contó que había cumplido dos meses de trabajo comunitario tras un juicio por robo: un amigo suyo, al que ayudó a pintar una casa, robó y les pillaron.

En noviembre se apuntó al encuentro estatal que el 15-M celebraba en la localidad sevillana de Marinaleda. No tardó en integrarse en el grupo de Okupación. Ese fin de semana también viajaba en el grupo Fidel: “Siempre se declaró anarquista, pero no tenía un discurso político sólido”, explica este sevillano de 32 años que trabaja para una fundación.

María, exempleada de telemarketing en paro y miembro activo del 15-M, confirma esta impresión: “Se veía que era un chaval que venía con las lecciones aprendidas”. María sale del bloque de viviendas ocupadas en Sevilla, La Corrala, La Utopía. Lleva una bolsa negra y verde que aún conserva la mancha de silicona que le hizo Luis en una acción de sellado de una cerradura de una oficina de Cajasol. “La gente le quería”, afirma. Luis siempre acudía a las reuniones de la comisión de Acción cargado de mandarinas y de paquetes amarillos de galletas de chocolate que compraba en el chino.

Un día, hablando con Luis, María frunció el ceño. Éste le contó que había estudiado en el Instituto La Giralda. El mismo en el que había estudiado ella. “Me extrañó, no me acordaba de él”. Tenían la misma edad, habían ido al mismo curso. Luis arguyó que de pequeño era gordito y que apenas se relacionaba con los compañeros. “Eran cosas muy raras, pero podía ser”. A María le contó que estaba en busca y captura porque no se había presentado a un juicio.

En febrero, Luis ya hace sus primeros acercamientos a los colectivos anarquistas y antisistema sevillanos. Para entonces, ha estudiado algo más. D., estudiante de Derecho de 18 años y miembro de estos colectivos, recuerda una de sus brillantes intervenciones en una asamblea en la que se decidían los mensajes a incluir en un panfleto: habla en público de “disonancia cognitiva”.

Llega la huelga general del 29 de marzo y asiste a las manifestaciones integrado entre los grupos que acuden vestidos de negro, con capuchas. El 8 de mayo participa en la ocupación simbólica de un edificio de Cajasol en Pasaje Mallol. Se producen episodios de violencia al llegar la policía, seis detenidos. Por la tarde Luis acude a los juzgados a reclamar la libertad de los apresados. Se abraza a ellos cuando los liberan.

A estas alturas un rumor recorre el 15-M sevillano: Luis es policía. Dos personas ajenas al movimiento le reconocen. La información llega por dos sitios distintos. Una asegura que sabe que es policía por unos amigos comunes. La otra es una chica que le conoció en Antique.

Sentada en una terraza cercana al hospital Virgen de la Macarena, M. cuenta que cuando empezó a oír estas historias acerca de que Luis era policía, cayó en que, efectivamente, tenía que ser el camarero al que conoció. Una persona del 15-M le hace llegar a M. la identidad real de Luis. Buscando en Internet, M. se encuentra con el BOE en que se comunica la graduación del agente.

El viernes 1 de junio por la noche, tres miembros del 15-M quedan con Luis en La Alameda y le someten a un interrogatorio. Le cuentan que un ex empleado de Antique, además de M., le ha reconocido. Le piden que demuestre que es quien dice ser, que les dé algún teléfono de algún amigo de su etapa de Barcelona. Luis aduce que él llama desde el fijo de casa, que allí tiene la libreta con los teléfonos. Los tres compañeros le piden que les lleve a su casa.

De camino al domicilio, Luis se para en un bar para ir al baño. Tarda en salir. Más de siete minutos. Al poco, al llegar a la altura del Arco de la Macarena, una patrulla policial lo detiene en un control. El oficial dice que Luis está en busca y captura. “¿Lo esposamos?”, pregunta un agente. “No hace falta”, responde el oficial

Este periódico se puso en contacto con la policía nacional de Sevilla para preguntar por la persona detenida el viernes 1 de junio. Respuesta policial: “Una vez realizadas las gestiones oportunas con los juzgados, esa persona fue puesta en libertad”.

Luis nunca llevaba el DNI. Cada vez que le identificaba la policía se lo llevaban aparte. Siempre se libraba de la detención a pesar de no llevar papeles.

Sus amigos acudieron tras la detención al domicilio que figuraba en su DNI. En aquel bloque de casas no había ningún Luis con esos apellidos.

Luis se evaporó. Ninguno de sus amigos del 15-M ha vuelto a saber nada de él.