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Rajoy se deja ir tras el debate hasta la meta

Los populares están convencidos de que la marea de fondo es ya imbatible

Los socialistas creen que han movilizado a los abstencionistas de izquierdas

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No es Mariano Rajoy un hombre de emociones fuertes. En eso es muy distinto a Alfredo Pérez Rubalcaba, al que se le ve vibrar más con los momentos buenos y sufrir más con los malos. El líder del PP tiene otro estilo, más alejado del que es habitual en la política, tierra abonada para hombres y mujeres entusiastas y personalidades arrolladoras.

Todos sus colaboradores recuerdan que en los momentos más duros de su crisis de liderazgo y las batallas internas, él era el único que parecía aguantar el tipo. La otra cara de esa moneda llega cuando todo le sonríe. No parece dar espacio a la euforia.

Es evidente que está muy seguro no solo de su victoria, sino de su aplastante mayoría absoluta, pero no se nota. O, sobre todo, no quiere que se note.

En la particular forma de Rajoy de entender la política —y tal vez la vida— todo forma parte de un ciclo, como en la Restauración, cuando Sagasta y Cánovas se sucedían al frente del Gobierno. Él cree que todos los movimientos son lentos, y que el éxito no depende tanto de pelearlo, sino de esperar, no meter la pata, y estar en el momento justo en el lugar adecuado.

Por eso decidió quedarse en 2008, porque estaba convencido de que a la próxima le tocaba ganar al PP. Aunque ni él ni nadie pensó que las cosas se pondrían tan de cara, tan fáciles.

También se siente contento por haber evitado mojarse y dar miedo

Su ascenso en política siempre llegó así: sin lucharlo mucho, estando ahí, tratando de no equivocarse, aguardando la ocasión propicia. y demostrar que se podía confiar en él. Siempre presume de no haber pedido nunca ningún cargo. Tal vez por eso el líder del PP parecía ayer, tras el debate con Rubalcaba, más aliviado o relajado que contento. Era evidente que estaba satisfecho, y así lo transmitió a los periodistas. Y lo estaba también la noche anterior, con sus compañeros. Pero no tanto porque tuviera la sensación de haber metido una “paliza” a Rubalcaba, como le dijo Juan José Imbroda, el presidente de Melilla. Más bien porque ha superado el último escollo camino de la meta.

El líder del PP cree que el éxito depende de no cometer un error

Tanto él como su esposa, Elvira Rodríguez, que le acompañaba en el viaje a la ciudad autónoma, parecían realmente relajados —aunque agotados— después de una gran tensión de los últimos tres días en los que el líder del PP se encerró para evitar sorpresas.

Tanto Rajoy como su entorno tienen la sensación de que el debate era el único momento en el que la campaña podía sufrir realmente un giro. Y creen que no fue así. Sostienen que el líder popular aguantó los intentos de Rubalcaba por sacar al Rajoy de la anterior legislatura, el más conservador. Y sobre todo que logró evitar mojarse, dar miedo.

Rajoy está convencido de que, con cinco millones de parados, la estrategia del miedo al PP, de decirle a los españoles “que caerán sobre ellos todos los males del infierno” si llega a La Moncloa, ya está “agotada”, según sus propias palabras. Pero por si acaso es ambiguo con sus planes.

Lo que se juega el PSOE es un resultado digno que le permita reconstruir el partido

Al líder del PP no le gustan las sorpresas ni tener que improvisar —por eso está todo controlado en la campaña, sin ruedas de prensa y ni siquiera actos con preguntas de militantes o empresarios, por eso lee casi siempre que habla— y respetaba, que no temía, el debate. Superado ese puerto de montaña, a Rajoy solo le queda ahora dejarse llevar y llanear hasta la meta, esto es, en términos ciclísticos, dejar pasar el tiempo sin sobresaltos hasta el 20 de noviembre.

Es evidente que él, conocedor de sus límites, sabe que todo cambia en función de las circunstancias. Y quien antes le veía como un anticandidato que nunca ganaría, ahora le aplaude. Ayer se sinceró en Melilla: “Aquí siempre me relajo. Porque siempre me habéis apoyado. Bueno, ahora me apoyan más, pero esto es ley de vida”. Esto es, el cambio de ciclo es “ley de vida” para él. Tiene muy claro que la marea de fondo que le empuja es de tal calibre, que haga lo que haga Rubalcaba, nada cambiará su destino. Tanto ha girado el ciclo, que hasta José María Aznar salió ayer a aplaudir su actuación en el debate, aunque más bien se concentró en criticar la de Rubalcaba y pedir que dimitan todos sus asesores.

Rubalcaba sigue explicando que hay dos modelos para salir de la crisis

En el otro lado, por el contrario, lo ven muy distinto. Los socialistas están convencidos de que el debate fue muy útil para su estrategia. Aunque no lo confiesan abiertamente, es evidente que nadie piensa en serio en la posibilidad de una victoria. Remontar 17 puntos en las encuestas en dos semanas es impensable. Lo que se está jugando es un resultado digno que permita reconstruir el partido, aguantar en la oposición y esperar a la próxima oportunidad dentro de cuatro años, cuando Rajoy, como el resto de gobernantes europeos, pueda estar achicharrado por la crisis. Y sobre todo para frenar al PP, que si logra la mayoría absoluta sumado a sus autonomías, tendría con sus autonomías un poder desconocido en la España democrática.

Por eso, para obtener un resultado aceptable —en este momento, casi cualquier cosa por encima de 125 diputados, el récord desastroso de Joaquín Almunia en 2000— Rubalcaba buscó una estrategia arriesgada que consistía en preguntar y repreguntar a Rajoy para sacar su lado más oscuro con el objetivo de movilizar a los abstencionistas, recordarles que no es lo mismo que gobierne el PP o el PSOE en plena crisis.

Los socialistas están convencidos de que funcionó. Sobre todo porque los españoles pudieron comparar a ambos candidatos con claridad. Algunos en el PP admiten incluso que puede haber movilizado algo a sus abstencionistas, a riesgo de perder votos por el centro.

Rubalcaba no parecía muy preocupado por el resultado: “A mí, si ganas o pierdes, no digo que me da lo mismo, pero no es lo más importante. Lo relevante es que "hay millones de españoles” que saben que hay dos modelos para salir de la crisis. Aún así, el PSOE sigue obligado a intentar marcar la agenda cada día, a arriesgar de nuevo, y al PP le basta con dejarse llevar. ¿Se ha acabado la campaña?, le preguntaron a Rajoy. “No, hombre, dura hasta el último día”, contestó. Pero su cara decía otra cosa.