Escuelas en Red
Coordinado por Rodrigo J. García

La educación está en juego

Es necesario renovar y reconstruir nuevos ecosistemas educativos donde resulte posible estudiar, trabajar y aprender juntos

Construyendo la instalación colgante “Cortina de Mujeres que dan color a la vida”. IES V Centenario de Sevilla.
Construyendo la instalación colgante “Cortina de Mujeres que dan color a la vida”. IES V Centenario de Sevilla.Manuel Pérez Báñez

Además de las disciplinas tradicionales, el currículo escolar necesita abordar los principales temas y problemas del mundo. La construcción social del aprendizaje trabaja la historicidad del conocimiento, su carga axiológica y su elaboración colectiva. Es lo que otorga relevancia y utilidad.

El currículo no puede organizarse en torno a “conocimientos acabados”. Las materias, las temáticas, las habilidades y procedimientos que configuran el aprendizaje escolar son constructos heredados que necesitan ser recreados con el estudio y el diálogo interpersonal. El pensamiento crítico se convierte en fundamental. La indagación, la participación en escenarios de colaboración entre docentes y estudiantes, la co-construcción... En el mejor camino y la empatía (aprender a ponernos en el lugar del otro con franqueza), en una habilidad básica a trabajar.

Todos estos ingredientes están presentes en la experiencia educativa que presentamos. Una tentativa de cambio metodológico en tiempos de pandemia. Hace de la necesidad, virtud e inocula el ‘virus’ de la innovación en una institución escolar. El proyecto se denomina Cortina de Mujeres que Dan Color a la Vida”; fue realizado en el curso 2020/21 y liderado por Manuel Pérez y Rosa Moreno, ambos pertenecientes al Departamento de Dibujo del IES V Centenario de Sevilla.

Cortina de mujeres que dan color a la vida

Con motivo de la celebración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, ambos docentes se propusieron realizar una creación artística colectiva con sus estudiantes de Educación Secundaria. Una instalación colgante que quedara expuesta de forma permanente en uno de los lucernarios del vestíbulo principal, justo enfrente de las ventanillas de la Secretaría, un lugar muy concurrido del centro.

La “cortina” de colores iba a colgar de un aro circular desde las barandillas de la segunda planta, a una altura de unos ocho metros, para caer sobre uno de los espacios centrales más transitados del instituto. Necesitaron cerca de 30 ovillos de lana de distintos tonos próximos a una gama cromática de morados y violáceos.

La realización, aparentemente sencilla, contó con algunas dificultades sobrevenidas. En el artículo anterior tuvimos ocasión de conocer el significado que para Manuel Pérez tuvo cambiar de destino docente. Se encontró en un nuevo escenario, abocado a usar formas de trabajo que anteriormente había abandonado. A este cambio sobrevenido se añadieron los inconvenientes propios de la covid-19.

Los estudiantes de cuarto de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y los de Bachillerato acudían presencialmente solo un tramo al día, que alternaban con sesiones sincrónicas en línea. Se hizo imposible, además, disponer del aula-taller específica de Dibujo. La optimización del uso de los espacios para desdobles de grupos y la necesidad de mantener la distancia física entre estudiantes, obligaba a trabajar en aulas sin los recursos adecuados.

Un lugar para pensar y aprender juntos

A pesar de todo, Manuel Pérez seguía considerando que la Educación Plástica, Visual y Audiovisual (EPVA) podía significar un revulsivo pedagógico para el centro. En las reuniones de trabajo con Rosa Moreno, su compañera del departamento, coincidieron en hacer algo distinto que les permitiera junto a sus estudiantes salirse de las pantallas, de las clases al uso y de los horarios, algo que les volviese a ilusionar, a encontrar sentido a lo que se enseña y se aprende.

Acordaron realizar un sencillo proyecto que acercase a los estudiantes a otras prácticas más deliberativas de aprendizaje, que permitiera dar visibilidad al departamento y a su concepción de la enseñanza de las artes e incorporar una nota de color en la rígida arquitectura del centro, en tiempos grises de pandemia.

La instalación colgante adoptó la forma de cascada de hilos de colores que se mantenía erguida por el peso, en su extremo, de pequeñas piezas cerámicas en forma de corazón con el nombre de mujeres de mucho significado para los estudiantes. De forma simbólica aludía a la carga, de renuncia y responsabilidad, que a lo largo de la Historia han soportado las mujeres y cómo muchos de sus sueños se habían visto rotos. Entre los corazones, había algunas piezas rotas, como recuerdo.

El hecho de usar como concepto y como título “cortina” no era casual. Uno de sus sentidos figurados en latín era precisamente el de “espacio circular” o “ruedo de oyentes en un edificio público”. Incluso en el habla popular “cortina” era sinónimo de aula. De hecho, la palabra griega αὐλή (aula) que en origen era “patio cercado”, había pasado a significar morada. Todo un mensaje para docentes y administraciones: “La educación es el lugar en el que nos reunimos para compartir conocimientos, pensar juntos, aprender juntos, y encontrarnos con lo diferente”.

Los estudiantes toman las riendas

Estaban a mediados de febrero y había que poner mucho empeño para lograr su propósito. La materia de EPVA se contempla en el currículo oficial con muy pocas horas lectivas en la semana, dos horas en el primer ciclo de la ESO y tres horas en cuarto de la ESO. En estas circunstancias fue el impulso de los estudiantes y su identificación con el proyecto los que consiguieron sacarlo adelante.

Una vez más la colaboración fue la clave. Crear un escenario de trabajo conjunto y dialogado había permitido dar sentido a la acción que, de esta manera, pasaba a ser educativa. Se había conseguido la implicación y sorprendente autogestión del alumnado.

“Me emocionaba que tomaran las riendas del montaje cuando yo creía que el proyecto se estancaba en imprevistos técnicos y logísticos” afirma Manuel Pérez. Finalmente pudo concluirse unos días después del #8M. Como dice la artista visual Yolanda Domínguez: “el 8 de marzo son todos los días”.

Más allá de un efecto artístico o visual, o por encima de ser una actividad puntual de ‘quita y pon’ para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, lo que aporta sentido es el valor del proceso de diálogo y co-construción sobre lo que consideran propio, les une, es algo común...

El montaje sorprendió a todo el mundo. La directora les felicitó y al hilo de esta tarea, expresó su intención de retomar un viejo proyecto, estancado en las aguas burocráticas de la administración. Solicitaría el Bachillerato de Artes. En la zona no había ninguno y el alumnado para cursar esta modalidad debía acudir a un centro alejado de su barrio. Manuel Pérez continúa en su empeño. Os recomendamos acceder a su siguiente proyecto: El bosque sonoro.

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