Los 5.000 muertos sin sepultura de Gambia
Familiares y colectivos de la sociedad civil luchan por mantener viva la memoria de las personas que desaparecieron en la ruta migratoria hacia Canarias, de la que este país africano se ha convertido en principal punto de salida


Fue una Nochevieja de pesadilla. Yankuba Jaiteh, de 26 años, no la olvidará jamás. Iba en un cayuco que zarpó de Jinak (Gambia), con unas 250 personas a bordo, bajo el resplandor lejano de los fuegos artificiales de Banjul y que, una media hora después, chocaba contra un banco de arena. “Volcamos. La gasolina, mezclada con agua, nos abrasaba la piel. Sacamos nuestros teléfonos y empezamos a pedir ayuda. Pero tardaron horas en llegar, muchas mujeres y niños fallecieron ahogados”, asegura. En total sobrevivieron 94 personas que trataban de llegar a Canarias. El mar vomitó decenas de cadáveres, otros desaparecieron para siempre. En los últimos siete años, decenas de tragedias como esta han sobrecogido a Gambia, que se ha convertido en el principal punto de salida de cayucos hacia las islas españolas.
En Gunjur, al oeste de Gambia, Mohamed cava una fosa séptica al calor del mediodía. Su hermano mayor, Lamine Dramé, se fue el 14 de octubre de 2023 en una barcaza que salió de Kartong. “Recuerdo que era un día de mucho viento y tormentas”, dice mientras sujeta la pala, “fue la última vez que tuve noticias de él”. A la semana empezaron a inquietarse y al mes recibió la información de que su cayuco había naufragado a través de Migrants Situation, un grupo de Facebook. Lamine dejaba tras de sí dos mujeres y cinco hijos y Mohamed se convertía en el cabeza de familia.
A pocos cientos de metros, Bintou Jatta recuerda como si fuera ayer el día que su hijo Ousmane Diabang, de 33 años, le preguntó por su salud, cerró con llave la puerta de su habitación y se fue para siempre. “Trabajaba como barbero y albañil y hacía fotos en bodas. Era ambicioso y cuidaba de su familia, pero teníamos muchos problemas de dinero”, explica Bintou. Fue el 8 de noviembre de 2021. En el mismo cayuco viajaban los primos Lamine y Abdulie Jatta. “Lamine estaba obsesionado con Europa, tenía el sueño de construir su propia casa y tener su familia, pero con los medios que tenemos era imposible”, asegura su padre, Ibrahima. “Durante semanas pensamos que podían estar capturados o en algún lugar sin teléfono, pero al final acabamos por aceptar la realidad”, añade.

Cada tarde, a la sombra de un aguacatero, Sana Touré, Ibrahima Manjang y el resto de jugadores del Solar Enterprise Fútbol Club se reúnen para tomar el té. Sin embargo, Lamine, Abdulie, Ousmane y Bouba ya no están. A ellos también se los tragó el mar en 2021. “Todos los años organizamos un partido en su memoria, no queremos que se les olvide. Sus familias necesitan mucho apoyo, pero no tienen nada”, asegura Touré. “En este país no hay oportunidades para los jóvenes, no podemos culparlos por haberlo intentado. Si al menos existieran posibilidades de viajar legalmente a Europa los chicos no tendrían que jugarse la vida”.
La sombra de estos naufragios pesa como una losa en el pueblo. Omar Manjang es el representante de los jóvenes y el impulsor de la asociación Gunjur Missing Migrants Family. Sentado en la cafetería de la estación de transportes, saca tres folios impresos con fotos en color. “Son algunos de los 80 jóvenes desaparecidos solo aquí. Todavía hay gente de la comunidad que piensa que pueden estar vivos. Nosotros tratamos de decirles que no cojan el backway (como se conoce en Gambia a la emigración irregular), hacemos emisiones de radio y sensibilización, pero es muy difícil. Los jóvenes ven en los cayucos una oportunidad y una salida de su situación miserable” comenta. A Manjang le gustaría que las familias recibieran apoyo psicosocial y algún tipo de ayuda, pero tan solo les queda un enorme vacío.

Gambia es un pequeño país de menos de tres millones de habitantes y unos 70 kilómetros de costa atlántica. Los cayucos comenzaron a salir de aquí en 2006, pero Senegal y Mauritania habían sido hasta ahora los lugares de mayor intensidad migratoria. Sin embargo, el endurecimiento de los controles en estos dos países desde hace dos años, que han provocado un descenso de las llegadas a Canarias de 46.800 personas en 2024 a 17.500 en 2025, ha orientado buena parte de la presión sobre Gambia, de donde salen en la actualidad prácticamente todos los cayucos rumbo al archipiélago español. Tras el devastador naufragio de Nochevieja en Jinak, en el norte del país, la mayor parte de los viajes se organiza en el sur, en las playas de Tanji, Gunjur y Kartong, e incluso río arriba, cada vez más lejos.
Los jóvenes ven en los cayucos una oportunidad y una salida de su situación miserable
El teléfono móvil de Ebrimah Dramé, un joven gambiano de 29 años que vivió en sus carnes las penurias de la ruta migratoria libia, no duerme jamás. Tiene más de 10.000 mensajes sin responder en sus 27 grupos de Whatsapp, en los que unas 54.000 personas interactúan para preguntar por sus familiares y amigos desaparecidos en la ruta migratoria o para dar información de salidas y llegadas de cayucos, que él va luego volcando en su grupo de Facebook, Migrants Situation. Fuerzas de seguridad, efectivos de rescate, servicios de inteligencia, migrantes y hasta las personas que organizan los viajes siguen sus publicaciones. Pero se siente solo. “Y enfadado y frustrado y exhausto. Los naufragios se suceden, uno tras otro, hay más de 5.000 desaparecidos en los últimos siete años pero nadie se preocupa. Canalizo todo el dolor y rabia de esas muertes y nada cambia”, comenta.
No todos los migrantes son gambianos. En las playas se puede ver a grupos de malienses, guineanos, senegaleses o nigerianos que están a la espera de la primera oportunidad. Decenas son detenidos cada semana, pero muchos se cuelan entre las rendijas del sistema. Para Gambia la emigración es un fenómeno lleno de aristas. Los 140.000 gambianos que viven en el exterior según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) aportan un 20% del Producto Interior Bruto (PIB) del país a través de unas remesas que mantienen a familias enteras.
Los 140.000 gambianos que viven en el exterior según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) aportan un 20% del Producto Interior Bruto (PIB) del país a través de unas remesas que mantienen a familias enteras
Adama, senegalés y patrón de cayuco, conoce bien el negocio. Sentado a la sombra de una casuarina y sin perder de vista sus redes de pesca que yacen sobre la arena de Tanji, explica los detalles. “Con dos motores de 60 caballos y 9.000 litros de combustible, un cayuco con 150 o 200 personas puede llegar a El Hierro en poco más de una semana”, dice. Sin embargo, muchas cosas pueden salir mal: motores que se averían, combustible mal calculado, que la embarcación zozobre, que el GPS se estropee. “El mayor riesgo, lo que representa un verdadero peligro, es la cantidad de personas a bordo”, añade. El pasado 29 de marzo cuatro embarcaciones con más de 600 personas en total zarparon de Gunjur, Kartong y Tanji, una de ellas a escasos 200 metros de un puesto de control migratorio de la Marina gambiana. Dos lograron llegar a El Hierro, pero de las otras dos aún no había noticias dos semanas después.

El control migratorio está a cargo del Departamento de Inmigración de Gambia (GID), una estructura gubernamental que cuenta con agentes especializados, así como de la Marina, que cubre la vigilancia marítima. España colabora con las autoridades en este control migratorio gracias a la presencia de dos policías nacionales, que forman parte de un despliegue europeo, y siete guardias civiles, una embarcación semirrígida y un todoterreno. Además, el Gobierno español donó a la Marina gambiana una patrullera. Pese a todo, es el despliegue más pequeño de los tres países de salida de cayucos: en Mauritania hay 43 efectivos españoles mientras que en Senegal unos 40, además de seis patrulleras, un helicóptero y 27 vehículos.
Adrian Corish, responsable del Centro de Asesoramiento sobre la Migración Africana (AMAC), acaba de firmar un acuerdo con el Gobierno gambiano para fortalecer la recogida de datos, incluso mediante ADN, que permitan la elaboración de estadísticas oficiales fiables para la implementación de políticas públicas de apoyo a las familias de los desaparecidos. “Nadie sabe cuántos han muerto ni quiénes son realmente y se trata de un derecho básico. Sus vidas tienen que importar. Las familias no llegan a cerrar la herida, viven en el duelo constante”, asegura Corish, quien también ha elaborado una guía de buenas prácticas para que los profesores puedan alertar de los peligros del backway en las escuelas, entre otras acciones.
Aboubacar Badji abre los brazos con un gesto de resignación y señala su vieja máquina de coser en un pequeño local que da a una calle de Gunjur. “Este es mi taller. Llevo 15 años aquí metido y no me da para comprar un terreno o construir algo mío. Todo lo que gano es para alimentar a mi mujer y mis cuatro hijos”, explica. En 2014 su joven aprendiz Bintou se fue a España. “Ella manda dinero a su familia, los sostiene desde allá. Los migrantes son triunfadores pero a mí me miran como un fracasado. En esta sociedad si no tienes dinero no vales nada. Eso hace que te vuelvas loco”, añade. En 2024 se fue en cayuco, pero a los ocho días estaba de vuelta tras vivir el horror a bordo. “Los senegaleses que conducían la barca empezaron a matar a los gambianos, nos acusaban de brujería. Cuando ya estábamos en aguas de Marruecos decidieron volver por miedo a que los delatáramos”, concluye, “sé de gente que pide visados pero esa vía es imposible, al final pierden su dinero”.
En un descampado de Gunjur rodeado de palmeras, baobabs y ceibas emergen paredes de bloques y cemento. Es el esqueleto de un centro de formación para jóvenes financiado por la propia comunidad, una respuesta a la pregunta de “¿y qué podemos hacer nosotros para frenar esta sangría?”. Impulsado por la Asociación para el Desarrollo de Gunjur, las obras comenzaron en 2023 y se quedaron a medias por falta de financiación. “Mediante recogida de fondos y contribuciones individuales logramos reunir unos cinco millones de dalasis (unos 60.000 euros), pero aún nos faltan otros diez millones (unos 120.000 euros)”, asegura Omar Dabo, responsable del proyecto. “Aquí se impartirá informática, carpinteria y construcción, pero también habrá conciertos y sala de conferencias que atraigan a los jóvenes”.
En 2017, Gambia saltó a las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo. El dictador Yahya Jammeh, que había estado 21 años en el poder, era derrotado en las urnas y depuesto sin necesidad de disparar un solo tiro. Hoy, casi una década después, muchos jóvenes se sienten frustrados porque la democracia no les ha traído empleo y bienestar. Mohamed Kande, de 24 años, lo tiene claro. “La única forma de parar el backway es dar oportunidades a los jóvenes”. El sueldo de Famara Senghor, maestro, no llega ni a los 100 euros al mes. “Deberían facilitar visados”, tercia. Ambos sobrevivieron a la tragedia de Jinak. “Gambia siempre ha sido la Smiling Coast (Costa de las Sonrisas) para los turistas, pero ahora es la Crying Coast (Costa de las lágrimas)”, remata Yankuba.


























































