Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El SOS de las mujeres indígenas

Ellas cargan el peso de los cuidados y los remedios en sus comunidades, y siguen sin estar presentes en la toma de decisiones y el diseño de estrategias públicas contra la pandemia

La lideresa indígena peruana Yaquemilsa Matiashi.
La lideresa indígena peruana Yaquemilsa Matiashi.AKUAIPA (EL PAÍS)

Hay quienes señalan que la igualdad de las mujeres en los sistemas de organización interna de muchos pueblos indígenas era bastante más desarrollada que en aquellos que actualmente se promueven en otras sociedades progresistas y modernas. Antes de la colonización en América y otros continentes, el desarrollo de civilizaciones complementarias formaba parte de la cultura y riqueza de los pueblos originarios en los que dicha mezcla era la respuesta natural a la necesidad de sobrevivir.

El problema, quizá, surgió más tarde, cuando la occidentalización no aprobó estos sistemas donde las mujeres tenían un rol más protagónico que alcanzaba diversos ámbitos políticos y sociales, dada la dominación de la cultura de la sumisión y del patriarcado. Así, arrasaron con todo lo que se encontraron en los procesos de colonización genocida. Destruir el papel de la mujer y acabar con cualquier tendencia de lo que hoy apuntamos como feminista fue una de las grandes prioridades de colonos y misioneros, como apuntaba la ONG Survival International en uno de sus trabajos, Heroínas Indígenas, el pasado día Internacional de la Mujer.

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En 2020, las mujeres indígenas de América Latina y del Caribe se enfrentan a grandes problemas sociales, económicos, estructurales y de propia supervivencia como consecuencia de una triple subordinación, totalmente asumida por la sociedad y con la complicidad activa de las propias organizaciones en muchos casos: por género, por su condición étnica y por la clase a la que pertenecen (pobres o muy pobres). Según explica la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en un informe publicado en 2017, los grandes problemas que enfrentan las indígenas tienen que ver con la discriminación estructural (incluso dentro de sus propios pueblos) y el sufrimiento de violencia sistemática y generalizada en todos los ámbitos de su vida.

Una violencia física, sexual, psicológica y espiritual que busca anular de manera permanente a las mujeres, perpetuada con la impunidad y dificultad para acceder a los diferentes sistemas de justicia para denunciar las violaciones de derechos humanos que sufren de manera permanente. La discriminación se produce tanto en los sistemas judiciales propios como estatales, basados en la subyugación de la mujer frente al patriarcado dominante y en la perpetuación de la situación de las diferencias que “deben” sufrir por ser mujeres, indígenas y pobres. Esta visión dificulta el acceso a derechos económicos, sociales y culturales ―dados los altísimos índices de analfabetismo―, e imposibilita el paso al mercado laboral o a los sistemas de salud y seguridad social, así como les niega permanentemente su rol como protectoras de la cultura y el conocimiento ancestral de los pueblos indígenas.

Las mujeres indígenas son, actualmente, las personas que mayor poder de incidencia tienen en el traslado de mensajes sobre la prevención de la propagación de la pandemia dentro de sus comunidades.

En la actualidad podríamos añadir un problema más: la pandemia. El coronavirus está dejando a las mujeres “tocadas y hundidas”. Las indígenas son responsables de los cuidados de la familia y de los remedios ancestrales. El cuidado se realiza en el hogar, con plantas medicinales que solo ellas conocen y que se convierten en medicinas contra las afecciones más comunes. Son, por ende, encargadas de salvaguardar los territorios, fuente de subsistencia y fuente de recursos de curación. Ellas son la unión más evidente entre biodiversidad y humanidad. Y, además, ejercen de comunicadoras y diseminadoras de todas estas prácticas que se trasladan de generación en generación. Son, actualmente, las personas que mayor poder de incidencia tienen en el traslado de mensajes sobre la prevención de la propagación de la pandemia dentro de sus comunidades.

La digitalización ha hecho que las nuevas tecnologías sean claves para la lucha contra la covid-19, que millones de campañas sobre la prevención contra los contagios que nos invaden hayan inundado las redes desde el pasado marzo. ¿Cómo llegan estos mensajes a todas las que viven en territorios prácticamente incomunicados? No llegan. Es verdad que las lideresas sociales con acceso a las nuevas tecnologías están realizando conferencias online, defendiendo la protección de sus derechos, de sus vidas, a través del respeto de sus elementos, de sus prácticas tradicionales, de sus actividades económicas y promoviendo una justicia real para ellas. Pero la realidad es que en las comunidades en general, pocas tienen acceso a dispositivos electrónicos.

Estas mujeres son la prevención, como la líder indígena Yaquemilsa Matiashi. Desde enero, no ha podido volver a su comunidad, Camisea, en el Bajo Urubamba en el Perú. Salió entonces orgullosa de dar la vuelta al mundo en barco, gracias a una beca de una fundación internacional, para difundir el mensaje del cuidado de la biodiversidad, de la defensa de sus derechos y el de los pueblos indígenas. Al poco de salir, se declaró la pandemia y tuvo que refugiarse en Holanda hasta que pudo regresar a Perú. Hoy todavía no ha podido acceder a su comunidad, ya que es una de las que han adoptado medidas más radicales y no se permite el acceso a nadie que no estuviese dentro antes de la declaración de la pandemia. Su principal preocupación gira en torno a los problemas de las mujeres: las madres y cuidadoras están absolutamente agotadas y devastadas ocupándose de los cuidados de las familias y de las personas enfermas. El estrés que están soportando trae secuelas físicas, tales como la caída del cabello, problemas de insomnio, ansiedad...

La pandemia ha agudizado un problema anterior: la violencia sexual intrafamiliar. El aislamiento ha convertido sus casas en cárceles. En estos momentos las mujeres están realmente solas y su vulnerabilidad es total

La pandemia ha agudizado un problema anterior: la violencia sexual intrafamiliar. El aislamiento ha convertido sus casas en cárceles. En estos momentos las mujeres están realmente solas y su vulnerabilidad es total, con sus hijos e hijas aún más desprotegidos. Yaquemilsa se desespera en el pensamiento de la elevación del número de abusos, y aún más cuando es consciente de que los recursos a los que tenían acceso han desaparecido. No tienen acceso a los servicios básicos para la salud sexual reproductiva, ni a la justicia ni a otros elementos básicos como la venta de las artesanías, las cuales les reportan la economía que necesitan. Hablar de violencia a mujeres indígenas es citar muchos tipos de la misma.

A pesar de ello, las indígenas se han reorganizado ante la pandemia y sus estragos y siguen luchando permanentemente para no ser vistas simplemente como víctimas de violaciones de derechos humanos (que lo son), sino también como actrices orgullosas de muchos de los logros que sus pueblos consiguen en esa materia. En el caso de Yaquemilsa han formado un grupo llamado Belleza Indígena. Y no, no se refiere a las cualidades físicas de sus cuerpos. En este grupo comparten sus secretos, sus conocimientos ancestrales y sabiduría transmitida de madres a hijas con cada generación. Hablan de todos sus problemas: emocionales, violencias y enfermedades, entre otras. Esto hace que se sientan más empoderadas, más protegidas y comprendidas y, sobre todo, más fuertes. Compartir las experiencias entre ellas es otra forma de denuncia, de sentimiento compartido y de cura grupal.

Esta estrategia es una de las miles que las indígenas están desarrollando ante el contexto actual al que se enfrentan. Siguen buscando un plan B. Todo ello quizás no sería necesario si fuesen reconocidas como sujetos de pleno derecho y pudiesen participar en la toma de decisiones y en el diseño de las estrategias públicas. La CIDH señala en su último informe sobre la Situación de los derechos humanos de los pueblos indígenas y tribales de la Panamazonía, la necesidad urgente de los Estados de velar por que se garantice la participación de las mujeres en los procesos internos de toma de decisiones, a través de medios respetuosos de su derecho consuetudinario. Interesante llamada de atención no solo para los gobiernos, sino también para los sistemas internos indígenas en los que las mujeres conviven. Para ellas, una compleja realidad en la que se debaten entre la razón y el corazón: ¿cómo cambiar los componentes patriarcales que las ahogan en sus sociedades sin amenazar el camino hacia la autonomía para gobernarse a sí mismos?

Adriana Ciriza y Mikel Berraondo son expertos en Derechos Humanos y Pueblos Indígenas y Empresas de la entidad AKUAIPA Transformation.

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