Españolidad en crisis
Los lectores y las lectoras escriben sobre lo que significa ser español, la precariedad que sufren los jóvenes, las deficiencias de la Atención Primaria, y el pasado día de Sant Jordi

Tengo la nacionalidad en crisis. Mientras se escucha, se ensalza y se rebate “la prioridad nacional”, yo ya no sé si seré español. Tal vez sea porque mi tez se vuelve aceituna al tercer rayo de sol y avisa que ancestros andalusíes haberlos, haylos. La verdad, medir la “españolidad” me parece muy difícil. Si es por el idioma, tengo un compañero made in Zhejiang que tiene un C2 en castellano. Creo que si me tocara pasar esa prueba, aunque sea juntaletras, catearía. Tres cuartos de lo mismo me pasa si me asomo al patio de luces y escucho la videollamada de mi vecino con su hijo militar. A mí, eso de “garantizar la soberanía e independencia de España” no me ha llamado nunca. Al vástago de una familia de origen ecuatoriano, sí. Luego, bajo a la carnicería halal de la esquina de casa y el carnicero le ha traído tortas cenceñas para que haga gazpacho a una vecina de siempre. La vecina le promete un tupper, él le ha regalado un poco de kalinti. Mezclarse. Cuidarse. Esforzarse. Valores de una nacionalidad que se teje y se crea en lo cotidiano. Esa nacionalidad de la que no tengo dudas. Tal vez, al final, lo que esté en crisis no sea mi españolidad.
J. David Pérez. Madrid
Persiguiendo al Conejo Blanco
Hace unos días, en un curso del Ayuntamiento, teníamos que leer una carta a nuestro yo dentro de 10 años. No me apetecía nada el ejercicio, ahora que soy un cuarentón que ya le he dado la vuelta al jamón. Pensaba que eran más adaptados a los jóvenes, cuando aún todo está por venir. Los que empezamos a estar talluditos solo queremos estabilidad. Al escribir no salían sueños, solo miedos. Una compañera, mucho más joven, leyó su carta desde un presente sin horizonte: sin poder emanciparse, sin estabilidad. Entonces se me escapó en voz alta un pensamiento intrusivo: quizá nuestra generación podía comprar casas porque no pagábamos 500 euros por ver a Bad Bunny. Antes de que el conejo abandonase la madriguera, ya me había arrepentido. Y entendí algo peor: ya hablo como ellos. Los números llevaban tiempo avisando. He cambiado de tribu. Por suerte, mi espíritu, más sabio, susurró: hombre, si no tienen planes para el futuro, al menos que bailen en el presente.
Sergio Franco Zamora. Madrid
La salud en peligro
El otro día fui al centro de salud de mi barrio y me dijeron que volviera en dos semanas. No tiene sentido que cuando estés enfermo te den cita tan tarde que tengas que automedicarte, seguir el consejo de la farmacia, o incluso acudir al hospital. Hemos normalizado que un derecho, como es el de la salud, pase a ser un privilegio. ¿Para que existen los centros de salud entonces?
Javier Soto Ruiz. Valencia
Sant Jordi
Adoro que se celebre este día, repleto de libros y rosas al rededor de toda España. Pero no deja de chirriarme el concepto de que nos regalen una rosa, algo bonito y propio del amor romántico, y nosotras les regalemos a ellos libros. Ellos la inteligencia y nosotras la belleza. En mi casa, si yo leo más, mi novio me regala un libro y yo una rosa a él. Las tradiciones muestran una historia única. Si las podemos cambiar servirán de ejemplo para que se las cuestione una sociedad futura.
Marta Pérez de las Bacas Sánchez. Madrid


























































