Un estado del alma
Huachafería es una entrada en el Diccionario Mario Vargas Llosa, quien se definía huachafo, un equivalente a cursilería, una imitación fracasada de la elegancia


Un grupo de los cómplices de entre quienes contribuimos a escribir las entradas del Diccionario Mario Vargas Llosa habitó las palabras, que contiene por orden alfabético los temas fundamentales de su obra y de su vida, fuimos convocados para presentarlo en el Instituto Cervantes, dueño de la iniciativa de su publicación.
Carlos Granés, que cerró el acto, recordó la importancia que tiene en el corpus del diccionario la palabra huachafo, por la connotación que Mario le dio, entrada que le tocó escribir a Joaquín Sabina, quien lo hizo en versos, huachafería pura; y Juan Cruz, en su turno al habla, propuso que el diccionario se llamara más bien dicciomario, que no es huachafería menor.
El mismo Mario se confiesa huachafo sin reservas: “Pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto”, dice, refiriéndose a él mismo y a Alfredo Bryce Echenique.
¿Qué es realmente la huachafería? Se podría definir como equivalente a cursilería, algo que resulta ridículo o de mal gusto, una imitación fracasada de la elegancia que se queda en lo pretencioso y termina dando vergüenza ajena. Es lo que se entendería por hortera, que comenzó por aplicarse en España a los dependientes de tiendas y mancebos de farmacia que pretendían pasar por señoritos; o naco, como se usa en México.
Esta acepción puede limitarnos al entendimiento de que huachafo y hortera, o naco, son sólo términos discriminatorios con los que desde las clases altas se busca castigar a los de abajo por sus pretensiones de parecerse a ellos, pero no es suficiente.
Huachafo pertenece a un mundo más complejo, explica Mario en el artículo de 1983 ¿Un champancito, hermanito?: hay huachafos de arriba, los que buscan a toda costa “pasar por nobles... como si eso fuera a blanquearlos un poquito”; hay huachafos de en medio, los peruanos cholos, cuya estética tiene por eje la estridencia y el sentimentalismo, la vida como una telenovela, la sensibilidad convertida en sensiblería; y huachafos de abajo, “la huachafería humilde”, la de los peruanos indios. Una triple enajenación.
En ese mismo artículo afirma que la huachafería “ve el mundo a través del lente de la emoción y la sensación mucho antes de que aparezca la razón”, y es un modelo estético en sí mismo. Y la presencia indeleble de lo huachafo en el alma nacional del Perú, lo explora en varias de sus novelas: En La tía Julia y el escribidor, las radionovelas de Pedro Camacho representan la huachafería literaria, pues tienen ese tinte de dramones sin recato, toda una “estética de lo recargado” que se reproduce en las vidas de los radioescuchas que toman como modelos a los héroe y heroínas de la trama; y en Les dedico mi silencio, Toño Azpilcueta, el gran estudioso de la música autóctona, ve en el vals criollo la gran fuerza unificadora nacional, con lo que la huachafería vendría a ser “una de las señas de identidad más profundas del Perú”.
Este límite geográfico no es tal, sin embargo. No sólo por el uso de la palabra, que se extiende a Bolivia y Ecuador, sino porque la huachafería, bajo esa definición de la emoción y el sentimiento a puertas abiertas, y el melodrama como norma de vida y conducta, es parte del universal latinoamericano. Uno de los elementos a los que Mario da más peso, el vals criollo peruano, “la expresión por excelencia de la huachafería” recargado de florituras sentimentales, tiene la misma dimensión que los corridos, que el bolero, o el tango, donde abundan tanto las alabanzas a la mujer amada como los lamentos desconsolados ante las traiciones amorosas, las lágrimas derramadas sin pudor. La intimidad paseada por las cantinas y cantada en las sinfonolas.
En este sentido, se llame como se llame, la huachafería es una enseña de identidad de América Latina. Un corroncho caribeño puede ser visto con desdén por su vestimenta y sus modales en las alturas andinas de Bogotá, pero como afirma Juan Gossain, estará orgulloso de que esa sea su identidad propia de costeño.
La palabra huachafo puede provenir del quechua, y significaría pobre o huérfano, pero tiene mejor sentido la etimología si aceptamos que se origina en fiesta, alboroto, porque revela la alegre impudicia que reina en América Latina, sobre todo si hablamos del Caribe, o lo que se parece al Caribe: la exageración como norma, la calle como escenario, la ausencia de límites, el drama como comedia, el sufrimiento expuesto sin tapujos, la intimidad puertas afuera, las canciones como crónicas sentimentales, los entierros de los artistas y boxeadores como apoteosis.
La eterna cumbiamba, el eterno batuque, la burla de lo más sagrado. La vida a paso de baile, la desgracia convertida en rimas de guarachas y merengues. El sentimiento a flor de piel. Nada se cubre y todo se descubre. El mal gusto importa un carajo.
¿Quién que es no es huachafo?


























































