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Columna
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¿Cómo se paga romper un país?

Como en un viejo conflicto familiar, llega el momento en que se puede volver a hablar de la cena. La franja divisoria es más fría que el territorio común

Muñecos de Carles Puigdemont y Pedro Sánchez en una manifestación contra la amnistía, el pasado 10 de marzo en Barcelona.
Muñecos de Carles Puigdemont y Pedro Sánchez en una manifestación contra la amnistía, el pasado 10 de marzo en Barcelona.Albert Garcia
Berna González Harbour

¿Cuánto cuesta romper un país? ¿Cómo se paga? ¿Cómo se castiga la tensión, la inestabilidad, la división, la desprotección que sintieron tantos catalanes ajenos a los planes de separación que adoptaron sus gobernantes sin consenso? ¿Cómo se penaliza el dolor que sentimos los españoles que, sin necesidad de ser franquistas ni patrioteros, queremos a nuestro país? ¿Los que sentimos orgullo de serlo?

La respuesta es resbaladiza porque no se encuentra solo en la ley y porque atañe a sentimientos y emociones. Ni siquiera el Código Penal tuvo la verdad absoluta, a la vista de cómo fiscales y jueces discreparon sobre si aquello era rebelión o sedición, palabras que parecían de los tiempos de Alatriste. Tribunales de países europeos también discreparon seriamente cuando las acusaciones que llegaban de España no encajaban en sus tipos penales. Por eso los huidos se libraron de la extradición. Más tarde las leyes se cambiaron y si eso sirvió o no sirvió ya no importa, porque la amnistía y las urnas están a punto de dejar todo eso atrás.

Ahora ha pasado el tiempo. Pasó la ruptura. Pasaron los juicios. Pasaron los cambios legales. Pasó la cárcel. Hasta la escapada está a punto de pertenecer al pasado. Y quienes lideraron todo eso también. Adiós. Y, sin embargo, la pregunta sigue en el aire: ¿Cómo se paga romper un país? ¿Cuánto cuesta el daño causado?

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Y es que la respuesta, decimos, también pertenece al terreno de la piel. La ley y los tribunales no bastan. Como en un viejo conflicto familiar, se huele el momento en que un enfado se va amortiguando y se puede volver a hablar de la cena. Se siente ya que la franja divisoria es más fría e incómoda que el territorio común.

Quienes tenemos la suerte de no ser jueces, sino solo votantes, acaso empezamos a tenerlo claro. Que la factura debe quedar atrás, que los tribunales penalizan, pero no solucionan, y que hemos de seguir adelante. Que a veces estrangularíamos a nuestros hijos, padres o cuñados si nos hacen daño, claro. Pero que nunca lo haremos porque hay que hacer eso: seguir adelante. Que a veces contemplamos la herida aún abierta, sí, pero que ya no es tiempo de seguir hurgando en ella.

Hoy, cuando vemos cicatrizarse las cosas en las urnas, sorprende y choca ver a quienes siguen buscando el pus. Dejémoslo estar. No somos medievales, no vamos a las mazmorras, aquí no latigamos a nadie y, además, atentos: no solo los catalanes están cansados; también nosotros, los que lo sufrimos desde otros lados del mapa. Y además porque, por primera vez, se oye hablar de unir y no de dividir. Bravo por eso.

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Sobre la firma

Berna González Harbour
Presenta ¿Qué estás leyendo?, el podcast de libros de EL PAÍS. Escribe en Cultura y en Babelia. Es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora en varias áreas. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.
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