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LA BRÚJULA EUROPEA
Columna
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Frente a Putin, respuesta o derrota

Los líderes dan pasos para reforzar el apoyo militar a Ucrania. Los esfuerzos deben concretarse con urgencia. Sin ellos, el resultado no será la paz, sino una debacle

Desde la izquierda, el primer ministro polaco, Donald Tusk; el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el canciller de Alemania, Olaf Scholz, ayer en Berlín.
Desde la izquierda, el primer ministro polaco, Donald Tusk; el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el canciller de Alemania, Olaf Scholz, ayer en Berlín.HANNIBAL HANSCHKE (EFE)
Andrea Rizzi

Mientras en Rusia empezaba la farsa electoral diseñada para perpetuar a Vladímir Putin en el trono del Kremlin, los líderes de Alemania, Francia y Polonia celebraron una reunión en Berlín para enviar un mensaje de unidad en el apoyo a la agredida Ucrania. En la UE hay un amplio consenso político acerca de la necesidad de dar consistentes pasos para mejorar nuestra capacidad de respaldar a Kiev y de garantizar nuestra propia seguridad futura en un contexto que exhibe a un Kremlin resiliente y una Casa Blanca evanescente. El consenso abarca fuerzas socialdemócratas, populares o liberales —como los tres líderes del triángulo de Weimar reunidos en Berlín—. Sin embargo, significativas discrepancias y procesos farragosos complican el camino cuando las circunstancias reclaman acciones urgentes. Es probable que el resultado de la guerra se decida en lo que se haga en estos meses.

En cuanto al consenso de fondo, se ve en los hechos. Alemania, con un canciller socialdemócrata al mando, protagoniza un poderoso incremento del gasto militar y encabeza la ayuda militar a Ucrania desde el ámbito de la UE. Francia, con un presidente liberal, muestra determinación hasta el punto de negarse a descartar un posible envío de soldados a Ucrania en el futuro. La Comisión Europea, encabezada por la popular Ursula von der Leyen, empuja, entre otras cosas, una nueva estrategia industrial de Defensa; el alto representante de Exteriores y Seguridad, el socialdemócrata Josep Borrell, se halla entre lo más elocuentes y eficaces promotores de la idea de que es necesario esforzarse, y con urgencia, para apoyar a Kiev en su defensa y estar a la altura del reto trascendental que enfrentamos.

Este consenso radica alrededor de una idea ampliamente compartida: renunciar al esfuerzo militar no conduce a la paz, sino a la derrota. Así lo apuntó Macron en una entrevista televisada en Francia el jueves. El mandatario, autor de un lamentable giro a la derecha en materia migratoria, tiene en esto razón, expresando un concepto en el que coincide la gran mayoría del arco político europeo.

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Por supuesto hay partidos menores, representantes de partidos mayores y en general un segmento apreciable de la sociedad europea que sienten una comprensible reluctancia hacia la perspectiva del rearme. Pero esos ciudadanos con legítimos recelos deberían primero considerar que corresponde a los ucranios decidir su futuro, y ellos con todo derecho no quieren ceder a la agresión con un eventual pacto que, además de conceder una amputación, no daría ninguna garantía de paz futura. Y luego deberían preguntarse si les debemos dejar tirados en su resistencia y si es desde la debilidad como se puede alcanzar la paz hoy en Ucrania y garantizarla mañana en Europa cuando al otro lado no está Gandhi, sino Putin, sujeto para el cual solo la perspectiva de perder, no el respeto de los pactos, parece ser circunstancia inhibidora.

Si, con la menguante ayuda estadounidense, los europeos no reforzamos nuestro apoyo a Kiev, lo más probable es que Moscú apueste por subyugar a Ucrania —su deseo desde siempre—, no por pararse y negociar. Y si subyuga Ucrania, ¿podemos confiar en que a partir de ahí tendremos un Kremlin pacifista? Quedarse sentados y esperarlo mientras Rusia es una economía de guerra y en EE UU puede ganar Trump es asumir un gran riesgo, como mínimo. Salvo a los accionistas de empresas armamentísticas, a casi todos los demás nos disgusta tener que gastar en armas en vez de ponerlo todo en hospitales y escuelas. Pero la situación es la que es. Ucrania sufre, su resistencia se tambalea. Y, en un sector como el de la defensa, las decisiones sobre nuevos suministros o producción tardan meses —o años— en materializarse.

Mucho apunta a que los líderes entienden el sentido de urgencia. En la reunión de Berlín, Scholz señaló que hay acuerdo en usar los intereses recaudados con los activos congelados de Rusia para ayudar a Ucrania. La Comisión ha aprobado esta semana un nuevo fondo de asistencia militar para Kiev por valor de 5.000 millones, y otro de 500 para fomentar la capacidad de producción de munición.

Pero entre anuncios y hechos hay distancia. Y el consenso estratégico no disipa disensos tácticos. Hay divergencias sobre cómo recaudar el mucho dinero necesario —por ejemplo, si recurrir a una emisión de deuda común—, sobre cómo gastarlo —cuánto en armas eficaces y disponibles en el mercado, donde sea, y cuánto en producción europea que nos garantice autonomía a medio y largo plazo—, o sobre cómo ayudar a Kiev en concreto. Macron habla duro, pero Francia ha proporcionado mucha menos ayuda a Ucrania que Alemania, incluso teniendo en cuenta el diferente tamaño de PIB, y frenó la necesaria compra de material fuera de la UE. Scholz ha hecho mucho, pero sus titubeos —diciendo a menudo que no de entrada para aceptar después— y los de otros han hecho perder tiempo precioso.

Ucrania sigue defendiéndose y logra infligir daños considerables a Rusia. Pero su situación es frágil. Muy frágil. Cada semana importa. Nada asegura que la parálisis de la ayuda de EE UU se desbloquee. Si no se produce un cambio de paso, un revulsivo, el conflicto se acercará paulatinamente más a una derrota de Kiev que a una paz justa.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi
Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).
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