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Columna
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Ejercicios de cinismo

Solo hay un plan que pueda servir para proteger las vidas de los gazatíes y es la tregua indefinida que Netanyahu se niega a negociar

Un grupo de palestinos, junto a una casa destruida por un bombardeo israelí en Rafah, al sur de la franja de Gaza.
Un grupo de palestinos, junto a una casa destruida por un bombardeo israelí en Rafah, al sur de la franja de Gaza.IBRAHEEM ABU MUSTAFA (REUTERS)
Lluís Bassets

Antes de que el ejército israelí empiece la invasión terrestre de Rafah, Joe Biden le ha exigido a Benjamin Netanyahu un plan de evacuación creíble para el rincón de la franja de Gaza en el límite con Egipto donde malviven amontonados casi un millón y medio de ciudadanos palestinos. Si el primer ministro israelí sigue el método utilizado hasta ahora, no tardará en invadir sin hacer el menor caso a las recomendaciones de su íntimo aliado. La catástrofe que se prepara, según los buenos conocedores de la situación humanitaria, será de proporciones apocalípticas. No puede entrar un ejército entero en una zona tan densamente habitada y carente de suministros e incluso de techos donde refugiarse sin provocar una estampida e incluso una inmensa matanza.

Por buena que sea la voluntad de Biden, el plan de evacuación no existe. Solo hay un plan que pueda servir para proteger las vidas de los gazatíes y es la tregua indefinida que Netanyahu se niega a negociar. Su Gobierno extremista se ha especializado en un perverso ejercicio de cinismo, que consiste en hacer caso omiso a los consejos de Washington después de aceptarlos de palabra y de afirmar incluso con todo el aplomo que los está siguiendo. Admite la exigencia de combatir bajo las reglas del derecho internacional humanitario, garantizar los suministros básicos y la seguridad de la población y concentrarse en liberar a los rehenes y eliminar a Hamás, pero luego se dedica exactamente a lo contrario.

Si así ha sido hasta ahora, con un balance de muerte insoportable, nada permite deducir que Rafah no será vaciada, su población diezmada y al final expulsada. La vida de los palestinos, y también la de los rehenes que sobreviven en su cautiverio apenas cuenta para Netanyahu en comparación con el valor absoluto que otorga a su victoria total como única finalidad de su guerra. Nadie puede aceptar que el legítimo derecho de Israel a defenderse llegue hasta el punto de arrasar la entera franja de Gaza, convertirla en un infierno donde no se pueda vivir, y luego librarla a los colonos fundamentalistas y supremacistas para que conviertan en realidad sus proyectos expansionistas y mesiánicos.

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Son muchos los ministros, diputados e incluso militares de distinto rango que no distinguen, ni en sus palabras ni en sus acciones, entre las milicias terroristas y la entera población civil de Gaza. La sospecha creciente es que no quieren terminar solo con Hamás sino con Palestina y sus reivindicaciones nacionales, la idea de un Estado propio en Gaza y Cisjordania, la capitalidad compartida de Jerusalén y el reconocimiento al menos nominal y negociable del derecho al retorno. Este es el único e inquietante plan creíble que hay en la mesa del Consejo de Ministros presidido por Netanyahu. En vez del horizonte de vida en común entre palestinos e israelíes que reclama la comunidad internacional, la única propuesta de momento es un proyecto de guerra sin fin.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).
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