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Tribuna
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Motosierras: libertad con ira

La ultraderecha que está atrayendo en todo el mundo el voto de los enfadados y los desencantados destaca por un ataque a la racionalidad política que mezcla el insulto arrogante y el victimismo histriónico

Tribuna Gallardo 30/11/23
NICOLÁS AZNÁREZ

Uno de los rasgos con los que cabe representar el discurso político/mediático de las últimas décadas, repetido en la bibliografía desde los años sesenta, es la desideologización. Las ideologías siguen presentes en nuestra vida política con enorme fuerza, y la ola internacional reaccionaria en la que vivimos solo puede describirse como movimiento ideológico. Sin embargo, cabe pensar que discursivamente se trata de algo parecido a “una ideología sin ideas”, porque, salvo en algunos momentos del discurso parlamentario, las palabras que utiliza el discurso político actual ya no se refieren a los grandes conceptos de la política sino que reemplazan esa esfera temática por otros asuntos.

Por ejemplo, las retóricas populistas nos han acostumbrado a que el protagonismo discursivo lo tengan los líderes. “El mensaje es el político”, decía Manuel Castells en un texto de 2008. Otro de los grandes temas que se magnifica para reemplazar el logos discursivo es la alusión emocional, con un estilo manierista y banalizado, que tiende a instalar los discursos en el ámbito de la sensiblería o, más frecuentemente, del insulto y la difamación. La conducta de los políticos se sigue filtrando por el eje axiológico de lo que está bien o mal, pero también esta moral se banaliza. Los temas anecdóticos y las relaciones de los representantes políticos entre sí inundan el discurso público; el horror vacui de la esfera comunicativa se rellena con textos sobre los propios discursos.

Esta autorreferencialidad de un lenguaje que habla sobre sí mismo obedece en gran medida al imperio del periodismo de declaraciones. Cualquier declaración —de unos políticos en campaña permanente, pero que aceptan pocas preguntas—, puede convertirse en aparente noticia, con independencia de su veracidad o su contexto. Los encuadres sensacionalistas, que persiguen el espectáculo detrás de cada presunta novedad, facilitan además que tales declaraciones se reproduzcan en cadenas de entropía que desfiguran hasta la caricatura aquello que fue dicho; y cuanto más extemporánea resulta una declaración, más éxito tiene. Los medios en los que trabajan verdaderos profesionales del periodismo compiten con una miríada de falsos medios gratuitos que nadie lee en acceso directo, cuyo papel es inventar esta realidad paralela —política, histórica, mediática— para su difusión en redes y circuitos cerrados de mensajería. En definitiva, mientras la acción política se sigue desplegando sin la debida atención mediática, el discurso presta atención a otros temas con función sustitutiva, vicaria.

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Y cuando lo que reemplaza el discurso ideológico buscando adhesiones no es ya una cara sino una motosierra, cabe plantearse si las hipérboles que venimos encadenando desde los inicios de esta emergencia populista no están ya al borde del colapso. La motosierra no busca la playa bajo los adoquines, como decían los sesentayochistas, sino que parece —solo lo parece— querer romper absolutamente todo. La energía que alimenta su motor es, como sabemos, el desencanto y la ira de unos ciudadanos que se sienten abandonados por sus gobiernos; que se sienten “extraños en su propia tierra”, según señalaba Hochschild en su magnífico libro sobre la era Trump (Capitán Swing, 2020).

Porque, efectivamente, los movimientos y partidos de ultraderecha que en todo el mundo están atrayendo el voto de estos ciudadanos airados y decepcionados utilizan el discurso como herramienta fundamental. Entre sus estrategias retóricas destaca, por ejemplo, la agresividad desinhibida en la que se envuelven los mensajes. Frente al discurso de pretensión inclusiva que se fue gestando al calor de los movimientos progresistas de los 60, las retóricas reaccionarias son exhibicionistas en su capacidad de agresión y en el desafío a los estándares de la racionalidad (y de la cortesía) política. De ahí que a los insultos no les suceda la disculpa sino la jactancia altanera o, en ocasiones, el victimismo histriónico.

Estas retóricas desinhibidas triunfan porque se disfrazan de rebeldía, ofrecen al electorado la representación —no la realidad— de una respuesta radical. Asumiendo el triángulo discursivo populista, que distingue entre el líder, el pueblo, y “los culpables”, la agresividad retórica resulta lo suficientemente ambigua como para que el votante se ciña sobre todo al eje narrativo víctima/culpable, sin considerar la verosimilitud argumentativa de las propuestas, ni los efectos en su propia vida. Así, cuando Milei declara su intención de “volar por los aires” el Banco Central, la metáfora hiperbólica boicotea cualquier discurso subsiguiente sobre las consecuencias; y cuando su asesor Carlos Rodríguez anuncia que “hay que sufrir”, el verbo impersonal permite que cada destinatario imagine a su gusto los sujetos del sufrimiento. La realidad del programa político y sus consecuencias se pierden en las múltiples rendijas de la desinformación.

Otra estrategia retórica muy rentable es la que consiste en apropiarse de los términos y conceptos típicos del discurso progresista. Un antecedente clásico de estas prácticas es el modo en que Ronald Reagan utilizó las expresiones y descripciones de los discursos de Martin Luther King (muy especialmente del “I have a dream”) para pretender convencer a la ciudadanía de que la igualdad de oportunidades reivindicada por el líder afroamericano ya era real, y asignar por tanto la consecución de logros concretos al esfuerzo individual en lugar de al gobierno. Nos hemos acostumbrado a que los líderes conservadores reivindiquen políticas supuestamente orientadas a la libertad, o a que las élites privilegiadas reclamen igualdad en sus manifestaciones, pero utilizan tales conceptos con acepciones muy específicas. Se reivindica, por ejemplo, como libertad de expresión, el insulto y la calumnia, del mismo modo que Xi Jinping, Putin y otros reivindican como democráticos sus correspondientes sistemas políticos. George Orwell señalaba la función anestesiante de estos términos desprovistos de su significado.

Las grandes palabras de la ideología resultan desmesuradas cuando se aplican a realidades que no corresponden, y su efecto discursivo es, como casi siempre ocurre en la hipérbole, el fin del diálogo. También Milei ha repetido durante toda su campaña el recurso a la libertad en su reiterado eslogan, “¡Viva la libertad, carajo!”. Sin duda, la frase resulta más comunicativa por la expresividad del exabrupto añadido que por la referencialidad de la palabra “libertad”. Ese añadido emocional invade y fagocita todo el acto de habla. Y en la imagen la motosierra nos subraya, enfáticamente, que se trata de una libertad con ira; siempre —y solo—, a la contra.

El fenómeno es global, Países Bajos representa el siguiente paso. Y con cada nueva victoria electoral de estos extremismos discursivos se pone de manifiesto el gigantesco agujero —de palabra y de acción política—, en que se encuentran las democracias, y el modo en que la desinformación lo rellena en todas sus variantes. Por eso no cabe asumir la explicación determinista que aparecía estos días en algunos medios, según la cual los votantes del Brexit, de Trump o Milei son personas “con menores habilidades cognitivas”; esta explicación no es solo insultante, sino frívola y, sobre todo, elusiva. Porque la sensibilidad ante la desinformación puede y debe ser atajada desde la responsabilidad de los Estados, tanto en lo que atañe al derecho a la educación como al derecho a la información. La que Bronner llama “democracia de los crédulos” no es producto de la capacidad mental de los individuos, sino de la gestión educativa y comunicativa —ambas— de los gobiernos. Y por eso estas victorias interpelan, nos interpelan, a todos.

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